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Las inundaciones dejaron más de 81.000 familias damnificadas. Cientos fueron albergadas en el Colegio Nacional de Montería. Foto: Carlos Marín Calderín.

Febrero era verano: crónica de las inundaciones en Córdoba

Más de 81.000 familias intentan entender en Córdoba cómo el agua llegó hasta donde nunca había llegado. Las lluvias desbordaron ríos, y contra la costumbre, febrero dejó de ser verano.

Por: Carlos Marín Calderín

Febrero era verano en Córdoba, decían los viejos. Las inundaciones que dejan a más de 81.100 familias afectadas (más de 225.000 personas), trajeron, por un lado, lo que traen las tragedias: sufrimiento, desesperación, muerte, y, por el otro, incredulidad al ver barrios y pueblos enteros bajo el agua, lanchas navegando por calles, neveras, lavadoras, colchones y cosechas flotando. Casas sin gente. Perros aferrados a techos mirando el fin del mundo. Abuelos con la corriente al pecho. Señoras evacuando y viendo hacia atrás cómo en minutos cayó lo que décadas llevó levantar. Imágenes de lo imposible. Pero el agua desmintió a la tradición —dicen— porque los ríos buscan su descarga natural, y porque el agua, aunque tenga memoria, no sabe cuándo es febrero.

Porque nunca llueve en este mes, José Rojas, del barrio El Níspero de Montería, se confió. Él, que a ratos habla sin tomar aire, fue ubicado en el albergue del Colegio Nacional. Allí estaba el jueves 12 de febrero. “Muchos nos confiamos porque la terraza era alta. Se nos llenó todo. En mi salón hay seis familias, somos dieciocho personas. Dormimos demasiado incómodos, nosotros somos tres y tenemos dos colchonetas de esas de gimnasio, muy chiquitas. Hoy pasó que el arroz estaba crudo. Estaba crudo. Hay muchos niños a los que apenas les dan dos galleticas y un vasito de colada. Es muy poco. En la cena, igual: dos galleticas y un vasito de colada. Tenía un gatico. Logré salvarlo. Lo regalé para no incomodar a la gente acá. Una amiga que vive en La Granja me dijo: ‘Tráemelo’, y se lo llevé. Se llama Titi”, relata.

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El Coliseo Miguel ‘Happy’ Lora, en Montería, albergó a familias damnificadas de diferentes barrios y corregimientos, mientras el agua bajaba el nivel en sus casas.

A la 1:00 de la tarde del pasado lunes 9 de febrero, Karen Lorena Ayala Guzmán se encontraba en una parcela en Morindó Central, corregimiento de Montería, cuando escuchó que una creciente se aproximaba y se regresó a la casa a asegurar sus enseres. Al cruzar una quebrada, la corriente la arrastró junto a su marido.

“Casi me lleva. Fue horrible estar debajo del agua y sentir que uno se va a morir. Mi compañero me buceó y me alzó. Perdimos cultivos de ahuyama y de yuca, era el sustento para el diario, la comida. El sustento murió. Me ha tocado duro: sobreviví a tres derrames cerebrales y después vivir esto. Fue horrible para mí. A veces pienso que es un castigo porque uno es desobediente. Pero con Dios, ¿quién se mete? Lo que él mande hay que aceptarlo”, dice.

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Karen Ayala Guzmán, residente en el corregimiento Morindó Central (Montería) fue arrastrada por la corriente. Su esposo la sacó a flote y la llevó a la orilla. Foto: Mario Burgos.

—¿En qué crees que somos desobedientes?

Karen Lorena responde de inmediato:

—La mayoría no obedecemos los mandamientos y no valoramos lo que Dios nos da. Solo por respirar uno debe agradecer.

El País de la Belleza

El porqué de las inundaciones no tiene una sola explicación. Sobre la cuenca alta del Sinú, en el Nudo de Paramillo que pocos conocen porque el narcotráfico lo impide, en esa región inhóspita y muy cercana a ninguna parte, un frente frío de origen ártico descargó lluvias nunca antes vistas —al menos no por varias generaciones— con caudales hasta 22 veces mayores al promedio previsto para esta época desde la década del sesenta, cuando empezaron los registros. Desbordó cualquier capacidad de regulación, según expertos.

Vino entonces lo que jamás falta en el País de la Belleza: enfrentamientos. Ello hace honor al refrán que dice que donde hay dos colombianos hay tres problemas: Gobierno, comunidades y técnicos discuten si la tragedia pudo evitarse o no. El presidente Gustavo Petro señaló como culpables a la crisis climática, imprevisible, claro, y al embalse de Urrá, que habría mantenido una operación por encima de niveles exigidos para la temporada, con el fin de vender más energía. Que el presidente tiene razón. No. Que al presidente le están diciendo mentiras. Nadie presenta pruebas.

Campesinos y activistas del medio ambiente culpan a las intervenciones humanas en el territorio: desvíos construidos para proteger fincas y expandir la ganadería, terraplenes y jarillones que bloquearon el paso natural del agua. Técnicos afirman que la creciente fue descomunal, simplemente. No pocos expresan, resignados, que el Sinú y el San Jorge solo buscan lo que fue suyo. Una verdad incómoda porque plantea luchas históricas por la tierra, y recuerda tres palabras que en Córdoba a muchos les hace mirar para otro lado: guerrilla, paramilitarismo, narcotráfico. Tres palabras, un significado. Quizás sean cuatro: corrupción.

El novelista e investigador cordobés José Luis Garcés González opina sobre la construcción de la represa de Urrá: “Sus beneficios fueron una mentira. Primero, no controló las inundaciones. Segundo, en Córdoba se paga una de las tarifas más caras de electricidad de Colombia (para engañar dijeron que iba a ser la más barata). Tercero, se extinguió el bocachico, es decir, propiciaron el hambre.  El precio de los peces en Colombia, me dice un amigo trotamundos, es más caro que en Europa. Absurdo”.

Garcés, autor de los libretos de la telenovela Caballo viejo, rodada en Córdoba en los ochenta, considera que las inundaciones suceden por “codicia” y “ambición desmedida”, por “oídos sordos a los saberes ancestrales”. Y es pesimista y claro: “No sé si sea hora de aprender. En generalidades, la lección está dada: hay que respetar la naturaleza y vivir en armonía con ella. Somos naturaleza. Irrespetar a la naturaleza es irrespetarnos nosotros mismos”.

La vieja lección zenú

En caso de que aún sea tiempo de aprender, los libros de historia recuerdan un hecho sorprendente para estos tiempos de aniego, una palabra que aún dicen los viejos cordobeses, los de sombrero vueltiao, rula al cinto y zarapa para el almuerzo: se ha investigado que en estas sabanas de lo que hoy es el Sinú y el San Jorge, en el año 200 a. C. existió una red de camellones y canales de unos 50.000 kilómetros cuadrados que drenaba el agua y la aprovechaba para la agricultura. Se le considera la red de canales prehispánica más grande de América.

Los artífices de esta proeza fueron los indígenas de la sociedad precolombina zenú que, establecida en las riberas, llevaba así el agua hasta sus cultivos. Ellos no encerraron el río, le dieron caminos para respirar y mantener la humedad de los suelos. Sin retroexcavadoras y sin megacontratos del Estado, demostraron que el problema no es el agua, sino cómo se convive con ella. Aprovecharon con inteligencia la riqueza hídrica de la región: zapales, ojos de agua, ríos, mar, quebradas, humedales, caños, ciénagas. Ayer, ellos entendieron; hoy, la discusión se llena de culpables.

“Mami, no te preocupes, son cosas de la vida”

Lidys Payares Argumedo, residente en El Vidrial, corregimiento de Montería, se refugia en el albergue del Colegio Nacional con seis hijos y un nieto de brazos. “Vivimos a la orilla de un canal —dice—. Perdí todo. La casita donde vivía está hundida. El agua me daba a la cintura. Lloro porque cuando salga de aquí, ¿para dónde cojo? Yo no trabajo, mi marido sí. Él se quedó allá, en el agua, cuidando la finca donde trabaja. Los patrones lo dejaron, sigue trabajando. Empezar de cero otra vez”.

Luis Alberto Nisperuza Ramos tiene una preocupación: no puede avisarle a su familia en Urabá que está bien —digamos que está vivo— porque perdió su celular en la inundación, en el barrio La Vid de Montería. Él es desplazado por la violencia porque en la población donde vivió de niño con su familia, Nueve Piedras (Necoclí, Antioquia), se enfrentaban las Farc y las AUC, y tuvieron que huir. “Un día se enfrentaron y oí a una señora decir: ‘¡Está cortando bajito’, o sea, la bala que pasaba. Se escuchaban las bombas, temblaba la tierra”, recuerda.

Al hablar, las palabras de Luis, como el agua, se le vienen encima. “Soy mototaxista. Nunca estudié. En la parcela teníamos gallinas, marranos, yuca, plátano, maíz y una madera que había comprado en cuatro millones de pesos para hacer la casa. La parcela se llama El Berlín, detrás de Villa Petro. Yo decía: ‘El agua no llega acá’, y a las seis ya la teníamos; a las siete me daba a la cintura. El agua me dio al pecho, venía con fuerza. Apenas saqué al perro, a mi mujer y dos ventiladores en la moto, pero otra moto golpeó un ventilador y lo descabezó”.

—¿Qué sigue para ti?

—Mi esperanza es regresar. O lo que diga el presidente. Retomar el trabajo. En la moto, en un día me hago 60.000, 70.000 pesos libres, bajo el sol, con lluvia no se puede trabajar. Ahora toca conseguir colchones, camas. Es duro, pero uno empieza desde cero otra vez, con moral.

—¿Tienes fe?

—Está intacta. Mi mujer y yo hemos llorado. Pero yo le digo: ‘Mami, no te preocupes, son cosas de la vida. Hay que seguir adelante.

¿Por tu casa ha bajado el nivel del agua?

—Sí. Pero ahora vienen las enfermedades.

—¿Tenían más animales?

—Un gato.

—¿Y qué le pasó?

—Se murió.

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Doña Eduviges Méndez, residente en el barrio El Poblado, en Montería, perdió todos los enseres de su hogar. Afirma que la inundación causó en ella un fuerte impacto emocional. Foto: Mario Burgos.

Eduviges Méndez, de 62, ha vivido en el barrio El Poblado de Montería desde su fundación, hace 26 años. El llanto le impide responder las preguntas. Baja la mirada. Dice no con la cabeza. Pero su no no es a las preguntas. Es un no al recuerdo reciente. Algo sí se le entiende entre el llanto silencioso: “Yo no saqué nada. El Señor me ha fortalecido, no importa lo que se haya perdido. Las cosas pasan por algo”.

En el albergue del Coliseo Miguel ‘Happy’ Lora, el viernes 13 de febrero al mediodía, había cientos de familias alrededor de colchonetas y hamacas. La ropa se secaba en las barandas y muchos almorzaban lo que parecía ser una comida digna gracias a la solidaridad de los colombianos y a las ayudas de los gobiernos. Los niños jugaban con balones, y los adultos, casi todos, miraban como mira la gente que espera algo, buscando, a veces, la respuesta en el rostro de quien los observa. Su actitud, claro, es la de quien sabe que está de paso, pero que desconoce hasta cuándo.

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Preocupación y angustia se veía en las caras de los damnificados, quienes perdieron casas, enseres, animales y cultivos.

Una mujer está acostada en una de las gradas con el brazo en la cara. Quizás para no dejarse ver por el que mira, a quien vio mirándola. O tal vez —muy probablemente— para no ver porque lo visto ya es suficiente. Aquí se percibe desesperanza y pérdida, justo en el escenario que lleva el nombre de un campeón mundial de boxeo que para esta región y el país representa lo contrario. Tristeza y gloria juntas.

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Una mujer descansa en las gradas del Coliseo Miguel ‘Happy’ Lora. Este lugar fue la casa de cientos de personas varias semanas, entre ellas niños y adultos mayores.

San Pelayo bajo el agua

La mañana del sábado 14 de febrero es agitada a las afueras de la Alcaldía de San Pelayo. Funcionarios, Ejército y ciudadanos toman decisiones porque los 12 corregimientos de este municipio están inundados y se han afectado unas 3.500 familias, 18.000 personas, según las cifras reportadas hasta ese día. El secretario de Planeación e Infraestructura, Edgardo Hernández Otero, ordena evacuaciones, hace llamadas, monitorea los albergues, gestiona alimentos. Varias personas le hablan a la vez.

“Nunca se había presentado un evento así, menos en verano. Febrero es verano. Lo más duro ha sido decirle a la gente: ‘Evacúa. Sal de tu casa’. Pero la gente se aferra: ‘Mi gallina, mi cerdo, mi perro, mi conejo’. Perdieron casi todo, sobre todo en Caño Viejo y en La Madera; hay viviendas en el suelo. Se han perdido aproximadamente 28.000 hectáreas de pasto, algodón, fríjol, yuca, ñame, plátano, hortalizas, ají, maracuyá, represas piscícolas. Somos 85-90 % rural. Entre esas 28.000 están incluidas unas 10.000 o 15.000 de ganadería”, dice el secretario.

Hernández explica que la situación aquí se agrava porque los inunda no solo el río, que cruza por al lado —o mejor, San Pelayo es el que está al lado del río—, sino también las crecientes de monte y el desborde de los caños Bugre y La Caimanera, que forman parte del complejo cenagoso de San Bernardo del Viento, donde nació Juan Gossaín y en donde el Sinú deja de ser río y se convierte en mar. “Es zona de amortiguamiento. Es lo mismo que le pasó a Montería en su margen izquierda: el río buscando su descarga natural”, dice.

—¿Están recibiendo ayudas?

—Ha habido mucha solidaridad, de gente del municipio y de afuera. También han venido influencers, no está mal, uno entiende lo del like, pero han ido directamente a las comunidades y se nos han generado desórdenes porque no se apoyan en la administración y duplican las entregas en un mismo lugar. Es duro ver también fincas inundadas. Una finca-hotel con piscina y habitaciones: la mitad bajo el agua. Y lo más duro: fue en verano. Las comunidades se preparan para el invierno. Esto nos tomó por sorpresa.

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La solidaridad de los colombianos se hizo sentir. En el Complejo Cultural María Varilla, en San Pelayo (Córdoba), miles de personas damnificadas recibieron alimentos, ropa y elementos para niños y adultos.

—¿Por qué pasó esto, secretario?

Vi un video en el que unos ancianos decían que al río no hay que atacarlo, sino entenderlo. Hay un mapa indígena que muestra cuencas, vertientes, canales, descargues y amortiguamientos del río. ¡Qué hicimos? Tapar todo eso: urbanizaciones, planificar sin entender el río. Lo atacamos: ‘tapémoslo aquí, desviémoslo allá’. No se le puede imponer. Los planes de Dios son perfectos y el río tiene su cauce natural. La naturaleza es sabia.

Un recorrido en moto por algunos sectores no inundados de los corregimientos de Carrillo y La Madera deja ver el impacto: aguas quietas en patios solos, aguas cubriendo sabanas, antes verdes y ahora de color pardo; aguas visitantes, silenciosas e incómodas.

“Uno se aferra porque uno cree que el agua no va a llegar a un nivel tan alto”, dice Norma López, docente y residente en La Madera. Ella está de visita en el albergue para animales del centro de San Pelayo. Allí, por su cuenta, amantes de los animales y veterinarios se reunieron para recibir perros y gatos que la tragedia dejó sin hogar, o que necesitan uno de paso.

Norma juega con Molly y Lucky, dos de sus perros. Otros dos, Jonás y Princesa, están en una casa donde la recibieron. “Vengo a acompañarlos en la mañana, a estar con ellos. Mi hermana viene en las tardes. Separarme de ellos ha sido doloroso, a ellos también les afecta. Tienen ansiedad”, dice.

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Norma López es docente y su casa en La Madera, corregimiento de San Pelayo, se inundó. Alcanzó a evacuar con sus perros Molly y Lucky, a los que acompañó todos los días en un albergue mientras la emergencia los mantuvo lejos de casa.

—¿Siempre se inundan en tu sector?

—Sí. Siempre se nos inundaba el patio. ¿Pero esto de entrar a nuestras habitaciones y de arrasar con todo? No. Llamé a un amigo y nos fue a rescatar. Salimos a las 3:00 de la madrugada.

—¿Qué son tus perros para ti?

—Mi familia. Dije: “Salgo, pero con mis perritos”.

—¿Hay más personas afectadas en tu familia?

—Mi padre. Tiene Alzheimer y no sabía lo que estaba pasando.

La rabia de Eldrin

Quien sí cree saber lo que está pasando es Eldrin Imitola Gómez, que se presenta como vendedor de repuestos y motores, cambalachero y pescador. La mañana del sábado 14 de febrero está en una lancha sobre el Sinú en el punto conocido como La Majagua (San Pelayo). Eldrin habla duro, tiene rabia porque junto al grupo ambientalista ‘El Bugre somos todos’ viene diciendo desde hace años cómo evitar las inundaciones y las autoridades no prestan atención. Él, de sus propios recursos y rodeado de amigos, evacuó familias y rescató perros de la corriente.  No acepta a funcionarios públicos en su embarcación, y menos a políticos.

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El ambientalista Eldrin Imitola Gómez responsabiliza de las inundaciones a la Hidroeléctrica de Urrá y a la clase política de la región. Él y un grupo de amigos ayudó a evacuar familias en el Bajo Sinú y a rescatar animales.

“El balance es crítico —dice—. Puede venir una hambruna porque la tierra necesita tiempo para recuperarse. Este terraplén en el que estamos debería estar de lado y lado, desde Tierralta hasta la desembocadura. ¿Por qué no existe? Por la clase política dominante. Plata sí hay, pero no la invierten en lo que se merece Córdoba”.

—¿Cuál sería una de las soluciones que evitaría las inundaciones?

—Si el Bugre estuviera drenado, el 50 por ciento de estas aguas hubiera ido directo a la Ciénaga (la Ciénaga Grande de Lorica) a lo largo de 55 kilómetros: Cereté, San Pelayo, Cotorra, Chimá, Lorica. Pero está colmatado, con cuatro o cinco metros de sedimentación. Yo tengo una lancha evacuando gente, nadie nos paga, no queremos plata. Urrá manda casi 2000 millones anuales para municipios ribereños. ¿Dónde están esas inversiones?

—Por eso tu rabia…

El 50 por ciento aquí es agua y el otro 50 por ciento son lágrimas. Es duro. Aquí hay mosquitos grandes que parecen drones. La gente está llorando. Esto es falla humana.

—¿De quién?

Urrá tenía el estado del tiempo, debió soltar agua antes. Pero como venía el verano, necesitaba generar luz para todo el mundo, menos para los cereteanos y cordobeses. Tenía la presa demasiado llena y no había dónde resistir.

—Dicen que pudo ser peor.

—El hombre dañó el ciclo hidráulico: latifundistas, barrancas, se dañó el desagüe. Antes el río le ‘prestaba’ a la ciénaga y la ciénaga le devolvía. Nos salvó que la ciénaga estaba sin agua. Si hubiera tenido agua, usted no estaría aquí hablando conmigo. Me entristece ver políticos prometiendo “Cuando sea alcalde…”; y ganan, y dicen: “No hay plata”.

—Te han traído problemas estas luchas?

—Yo lo sé resolver. Aprendí lo bueno y lo malo. En lo malo soy mejor. Hay que parársele a la vida. Soy de los pocos en Cereté que no se deja sobornar con dinero público. Conozco la necesidad. Eso enseña a ser templado. A las comunidades les digo: ¡no se dejen joder! Esa plata es de ustedes. Si no fuera de ustedes, ¿para qué la reparten ahora para que voten por ellos?

“Petro ofendió a Dios”

Amira Dollys Cárcamo Wilches no tiene rabia. Todo lo contrario: está contenta. Es cartagenera y muy expresiva, obvio. El agua la sorprendió en la vereda Caño Viejo Valparaíso (San Pelayo), donde vive con cuatro hijos y su esposo. Ahora está en el albergue del Complejo Cultural María Varilla, en San Pelayo.

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A pesar de haberlo perdido todo en su casa de la vereda Caño Viejo Valparaíso (San Pelayo), Amira Dollys Cárcamo Wilches muestra una actitud positiva en el albergue del Complejo Cultural María Varilla.

El agua se llevó el puente —recuerda—. No queríamos mostrar la preocupación para que los niños no la vieran. Pedíamos a Dios que tomara el control. A las 3:00 de la madrugada sentimos el chorrito de agua. Me bloqueé. Dije ‘¿Qué hago?’. No teníamos luz. Respiré. Atravesamos una finca con el agua a la rodilla y luego a la cintura. Se perdieron los animalitos, se perdió el computador de los niños, la ropa; soy estilista, se perdió mi material de trabajo. Me entristecí más cuando mi esposo volvió y me dijo: ‘Nena, se cayó todo’”.

—A pesar de eso, se te ve una actitud positiva. ¿Por qué?

—Porque tengo esperanza. Si uno se pone a llorar todo el tiempo no sale adelante. Estoy contenta porque al albergue no ha dejado de llegar alimentación. Nos ingresaron a un sistema y nos han dado cosas de aseo personal, ropa, colchoneta, almohada, sábana, agua, tres comidas. Además, llega gente con sopa, chocolate, pan, café, sándwich, pañales. Hay médico general, enfermeras 24/7. Un pastor nos trajo un abanico, leche para la niña. Mi esposo no tenía casi ropa, solo dos pantalonetas y ni un jean. Ahora tiene un canasto lleno.

¿Tienes una explicación para esta emergencia?

—Dicen que Urrá. También pienso que el presidente Petro ofendió a Dios con las palabras que dijo. De Dios nadie se puede burlar.

—¿Te refieres a que el presidente dijo que Jesús hizo el amor con María Magdalena?

—Es correcto. Y mira, él es de acá (de Córdoba). Tiene que medir las palabras. ¿Las consecuencias las pagan quiénes? Niños que nada tienen que ver con eso. Mira lo que le pasó al del Titanic: “Ni Dios puede hundir este barco”.

—Si tuvieras la oportunidad de hablar con Dios sobre esta emergencia, ¿qué le dirías?

—Que no se tarde.

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