
‘Mural’, la monumental recreación de Ricardo Silva de la toma del Palacio de Justicia
En su más reciente novela, Ricardo Silva Romero añade a sus dotes de escritor su talento para el reportaje y la investigación y su pasión por el cine y la escritura de guiones. Así logra recrear los sucesos de la toma y retoma del Palacio de Justicia como si se tratara de un gigantesco fresco.
Por: Eduardo Arias
La nueva novela de Ricardo Silva Romero es una obra monumental que recrea al detalle una tragedia que duró dos días de noviembre de 1985 pero de la que, así ya hayan pasado 40 años, el país aún no se repone. Por esa razón decidió titularla Mural.
Es una novela que utiliza la tragedia como herramienta para crear una obra de arte en la que la ficción ayuda a recrear los rasgos más humanos de los protagonistas y que, además, brinda elementos muy necesarios para entender un poco mejor a los que piensan de manera diferente al lector.
Visto desde esa perspectiva Mural no es una epopeya sobre héroes y mártires sino, ante todo, un retrato de seres humanos con sus debilidades y virtudes que se ven obligados a resistir en medio de una situación extrema. Es un fresco narrativo que privilegia detalles, muchos detalles, que de una u otra forma son reveladores y determinantes para entender qué es lo que está sucediendo. El nivel de detalle del relato a veces logra la meticulosidad de un miniaturista. Detalles que describen los horrores de la guerra y el desgarro que provocan las pérdidas. Pero estos detalles también exaltan la capacidad de la compasión y la comprensión de quienes se atreven a mirarse en el espejo de nuestro propio abismo.
La sensibilidad y la humanidad propias de la pluma del escritor hacen las veces del pincel de un pintor puntillista que, al sumar esos miles de pequeños detalles, plasma el panorama completo de un momento de la historia de Colombia que cada cual vivió a su manera. Porque esta es una recreación colectiva que es la suma de cientos, de miles de fragmentos de recuerdos individuales que, al sumarse y superponerse unas con otros, permiten ese mural que ilustra de manera tan completa los sucesos de la toma y la retoma del Palacio de Justicia.
Más que una novela que reconstruye la toma y retoma del Palacio de Justicia, Mural logra convertir el horror y el dolor en un terreno fértil para exaltar la memoria y privilegiar la reflexión. La obra superpone múltiples capas de voces, escenas y recuerdos, conformando un lienzo literario donde se reflejan las heridas, la fe, la furia y la persistencia de una nación que busca comprenderse a sí misma. Una novela sobre la tragedia de Colombia y la humanidad de los colombianos.
Ya en la primera página el autor advierte: “Usted tiene enfrente un mural de nuestra guerra”. No es una crónica ni de un reportaje, sino un fresco literario. El narrador describe lo que sucede en tiempo presente, como si fuera el guía de un museo que explica o resalta cada una de las figuras y cada uno de los momentos que están plasmados en la obra. Aparecen retratados por igual guerrilleros, magistrados, militares de alto y bajo rango, el presidente y sus ministros, periodistas, quienes por casualidad pasaban por allí y familiares de quienes quedaron atrapados en medio del fuego cruzado, el humo y las llamas.
Silva también aprovecha para evocar los orígenes y antecedentes de aquel episodio de extrema violencia, que no fue más que la consecuencia de una cadena de hechos del pasado. Un episodio que también es uno de los tantos eslabones de esa cadena de violencia que en Colombia no parece tener fin.
En palabras de Silva Romero, “Mural es un homenaje a las víctimas y a la posibilidad de la humanidad. Un libro que transforma la tragedia en arte y la memoria en una forma de resistencia”.
Ricardo Silva Romero nació en Bogotá en 1975. Es autor de varias novelas, un libro de ensayos, una obra de teatro, dos colecciones de relatos, dos poemarios, una conversación escrita con Alejandro Gaviria, un par de libros sin género y la página de internet www.ricardosilvaromero.com. CAMBIO le hizo cinco preguntas sobre su libro y esto respondió.

CAMBIO: ¿Recuerda qué estaba haciendo usted cuando se enteró de la toma del Palacio de Justicia?
Ricardo Silva Romero: Está en mi Mural: eran los días de los exámenes finales del colegio, y estaba estudiando para el de historia. Había que aprenderse el “si no aprovecháis estos momentos de efervescencia y de calor, si no aprovecháis esta ocasión única y feliz, mañana seréis tratados como insurgentes” de las horas de la Independencia. La noticia de la toma no solo estaba en los noticieros de televisión, y en las emisoras tan populares de esos tiempos, sino en manos de mis papás. Mi mamá tenía adentro de la pesadilla del Palacio de Justicia a un hermano, que había conocido unos 20 años antes, cuando los dos eran muy jóvenes, pero que era uno de sus mejores amigos: hablaban todos los domingos a la misma hora. Y entonces llegó pronto a la casa a hablar con él, con el magistrado auxiliar Lisandro Romero, que estaba atrapado en el edificio, y también con los amigos –los mentores– que había hecho en su paso por el Consejo de Estado: quería mucho a consejeros como Humberto Mora o Enrique Low, por ejemplo. No estudié mucho esa tarde porque estábamos pendientes de quiénes lograban salir vivos de semejante horror. Seguí minuto a minuto esa locura.
CAMBIO: ¿Desde cuándo tuvo la idea de escribir este libro y cuánto tiempo le costó desarrollarla?
R.S.R.: Tanto en Historia oficial del amor como en Cómo perderlo todo hay capítulos sobre esos dos días de noviembre de 1985 –y a veces, en estos años, pensé que podía ser un buen tema de novela–, pero solo hasta finales del año pasado, cuando un par de amigos me preguntaron el mismo día cuándo iba a escribir un libro sobre las tomas del palacio, se me destrabó algo por dentro. De un día a otro, tenía que sentarme a hacer ese mural hasta que lo terminara, y tenía a favor, durante la escritura, los archivos, los testimonios y las crónicas que había reunido con el paso de los años.
CAMBIO: Si su mural no fuera escrito sino una obra gráfica, ¿cómo sería? ¿Como un mural de Pedro Nel Gómez, como un telón de Beatriz González, como el Guernica de Picasso? ¿O algún otro?
R.S.R.: Creo que la portada es la respuesta. Creo que sería –querría ser– un cuadro flamenco del siglo XVI, abarcador, obsesivo, como una compilación de lo humano en todas sus acepciones, pintado por El Bosco o por Brueghel el viejo. También querría ser Guernica: también esa es su vocación, claro, una suma de caras de dolor, una catarsis, un duelo.
CAMBIO: Usted ha tenido una relación familiar muy cercana con la rama judicial. ¿De qué manera lo afectó este episodio?
R.S.R.: No solo murieron muchos de los compañeros de mi mamá en el Consejo de Estado y en la Corte Suprema de Justicia, sino que, como decía antes, ella perdió un hermano que había ganado con los años, y que resultó ser el segundo hermano que le mataban en la vida. Toda esa gente maravillosa del palacio, consejeros y magistrados eminentes que venían de lejos y se partieron el alma para llegar a esos cargos, eran personajes de mi infancia. Gente muy seria que era muy cercana al mismo tiempo. Y entonces me sentí muy bien retratándolos como los profesores y los miembros de familia que fueron: que son.
CAMBIO: Desde su punto de vista, ¿qué lecciones aprendidas y no aprendidas dejó este episodio?
R S.R.: Creo que, por el lado de las lecciones aprendidas, confirmó la fortaleza a prueba de horrores de una cultura de la paz que dio lugar a los acuerdos que se firmaron desde el gobierno de Barco hasta el de Santos. Pero que, por el lado de las lecciones no atendidas, estamos de nuevo en una era de fanáticos y vivimos de nuevo entre el fuego cruzado de unos liderazgos delirantes que se juegan nuestras vidas por sus “relatos”, por sus “narrativas”, como se la jugaron los guerrilleros que estaban allí “salvando al pueblo” o los soldados que aparecieron luego para “salvar a la patria”. Pensar que los médicos son ricos privilegiados o que los diplomáticos son aristócratas rancios, como lo ha dicho la plana mayor de este Gobierno, no solo es de una violencia ridícula que empieza en la necesidad de negar cualquier logro ajeno –y en la necesidad de fabricar enemigos para justificar esa violencia–, sino que es muy, pero muy parecido a desconocer que los magistrados de 1985 eran personas que se habían hecho a sí mismas.
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