
Última semana de ‘Tania y La Bestia’ en el Teatro Petra: el precio de tirar la piedra en un país de monstruos
Queda una semana para que culmine la temporada de ‘Tania y La Bestia’ en el Teatro Petra. Les contamos por qué ir a verla es darse de frente contra un monólogo visceral e inolvidable que da vida a 14 personajes.

Salí de Tania y La Bestia en el Teatro Petra con la sensación de haber sido atravesado por algo muy raro. Dos horas de dolor, carcajadas, descargas eléctricas, debates presidenciales, amoríos entre primos, violaciones, bailes, coreografías con canciones de La Oreja de Van Gogh, Blink 182 y Salsa Kids, un malabarista francés, una abuela desquiciada que salva suicidas, un adolescente en plena metamorfosis, el peor violador de niños en la historia de Colombia, la silla eléctrica, el exilio, un romance desfasado y feliz en el salón de maquinitas de Unicentro…
Mientras el monólogo avanza, le da tripas, ocurrencias y miserias a tantos personajes que quita el aliento. La actriz Daniela Cristo suda, baila, grita, saca la lengua y le da vueltas, espía, se electrocuta, se arrastra por el piso, canta, se duele, se redime: se sacrifica.

La sensación de rareza que me cubrió al final de la obra puede explicarse, quizá, porque no es normal ser testigo de un despliegue actoral tan visceral y exhaustivo. La huella dramática de la actuación me hizo sospechar qué se siente desdoblarse en tantas partes, acentos y cadencias; intuir la experiencia y el voltaje de darle cuerpo a tantos miedos y temblores. Y ese asombro y gratitud con las posibilidades de la técnica y la intuición de Cristo para darle vida a los espectros que en coro llenan la sala y la obra paga, con creces, la boleta.
Pero hay más. La dramaturgia de los hermanos Nicolás y Ricardo Dávila –libidinal, íntima, caprichosa– se enquista en Tania y La Bestia en que el teatro es un juego macabro que lava las miserias. Jugando para y con el público, su comedia negrísima, que es un culto satírico a nuestros estruendosos años noventa, siempre al filo del absurdo y el desplome, va urdiendo intuiciones y desgracias. Trastabilla, pero no se cae y el espectador, que no sabe por dónde lo conducen y va a tientas, termina de pie ante un guion esférico que nunca perdió de vista su preocupación moral que germinó la trama.

¿Qué hacer con nuestra pulsión de muerte en un país de asesinos y de violadores? ¿Hay alguien a salvo de las peores atrocidades cuando la tierra que pisamos y que nos alimenta está signada por la violencia sexual como uno de sus nutrientes predominantes? ¿Cuál es el peso de tirar la piedra en esta tierra de pecadores? ¿Cómo se purga el linaje para no parir Garavitos?
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