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Cultura

Jorge Enrique Botero y su compromiso con la televisión cultural

Jorge Entique Botero (izquierda) y Luis Liévano 'Keshava'.

Muy conocido por sus reportajes periodísticos con integrantes de las Farc, el periodista Jorge Enrique Botero, quien falleció hace algunos meses, también le dedicó una parte de su vida al periodismo cultural. Manuel Nieto, amigo y colega suyo en esas lides, le rinde homenaje.

Por: Manuel Nieto

Jorge Enrique Botero murió el 31 de agosto de 2024 y ahora que ya no está se le ha reconocido su trabajo periodístico en el conflicto armado vivido por tantas décadas. Sin embargo, en su momento, esa labor le significó estigmas y amenazas, pero él, convencido de haber hecho lo que hizo mejor que muchos, ejerciendo el periodismo, no reculó y aunque tuvo riesgos, fue incansable mostrando la complejidad del país y su gente con tanta veracidad que podría verse como una práctica periodística ejemplar. Los que lo señalaron y acusaron, los que lo calumniaron y señalaron como guerrillero disfrazado de periodista, como uno más a favor de la guerra y del bando contrario, ya no pueden hacer ni decir nada. Su tarea reveladora, su aporte para tratar de comprenderlo, está en más de seis libros, cuatro documentales, charlas y conferencias, en su novela Blanca oscuridad y en los recuerdos que dejó en sus amigos y en quienes trabajaron en él. No solo fue un periodista comprometido sino un amigo de verdad - verdad.

Sin embargo, hay un lapso de su vida que no fue en el campo periodístico y tal vez por eso no se ha mencionado pero que vale la pena recordar. Fue entre 1991 y 1993, cuando el mundo entero estaba cambiando, y también el nuestro, de tercera, interno y provinciano. Allá afuera el muro de Berlín había caído y aquí comenzaba a regir una nueva constitución, producto de un referendo. Esa nueva carta iba a afectar la vida de los colombianos, así hoy sintamos que no fue suficiente o que han intentado meterle mano para que todo empeore o siga igual. Sin duda, aplicarla, hacerla una realidad diaria, nos sigue costando tiempo y alientos, pero hoy somos un país laico y un estado social de derecho, pluriétnico y multicultural en el que Es obligación del Estado y de las personas proteger las riquezas culturales y naturales de la Nación.

Si nos asomamos al pequeño mundo cultural de ese entonces, aún no existía el Ministerio de Cultura sino Colcultura, dependiente del Ministerio de Educación, creada 1968 y liquidada en 1997. En ese año, 1991, cuando el Ministerio de Cultura era apenas el comienzo de un sueño, llegó Ramiro Osorio a Colcultura como director. En la subdirección de Comunicaciones donde se hacía radio, prensa y televisión, estaba Guillermo González a la cabeza. Él sembró las semillas del cambio de lo que se hacía allí, especialmente en radio y televisión. 'Guillo' comenzó el cambio y después de él llegó Jorge Enrique, que supo tomar el trabajo que había hecho su antecesor y continuarlo, dándole cuerpo y alma.

Hasta ese entonces, la televisión cultural, que consistía en una hora semanal, básicamente dedicada a transmitir conciertos desde el Teatro Colón y uno que otro documental. Pero ya había comenzado la génesis de una nueva televisión. Antes de la llegada de Botero, 'Guillo' y sus antecesores habían empezado a realizar un programa documental: Señales de vida, convocando para su dirección a cinematografistas. Y había un antecedente: Aluna: el espacio de la creación. Ese fue el caldo en el que se logró cocinar una nueva televisión cultural, y que supieron hacerlo realidad los antecesores de Jorge Enrique y él mismo.

Botero llegó con el propósito de que esa televisión cultural creciera, que comenzara a multiplicarse, que lo que habían logrado sus antecesores fuera germen de una programación más amplia y variada, de más voces, de más luces, que retratara las múltiples caras del país. De ese periodo es de lo que se trata esta página de recuerdos.

Botero consolidó un equipo de jóvenes, veinteañeros en su mayoría, algunos de treinta o un poco más, que compartían un poder: el de soñar. Y la Unidad de Televisión de Colcultura se convirtió, de buenas a primeras, en una productora, como dirían ahora, o una programadora, que decían entonces, cuando la televisión era una concesión que los gobiernos otorgaban cada cuatro años. Entonces, la televisión cultural pasó de una hora de emisión semanal a más de 10 horas. Así comenzaba el intento de transformación de la televisión cultural que dirigió y alentó Jorge Enrique, con una programación que consistió en un noticiero cultural, dos espacios documentales (Señales de vida e Imaginario), una agenda cultural, Tiempo libre, un musical, Escenario sin límites, y un programa periodístico, De dominio público. ¡Ah! Y Cine a la lata, una proeza en medio de un mundo todavía analógico.

El noticiero tuvo una vida corta. Era un deseo muy alto en un país y un mundo que ha sido arrullado y despertado con malas noticias, así que las culturales no alcanzaban a dar abasto.

De dominio público, cuyo fin era dar a conocer, de manera periodísticamente rigurosa y televisivamente amena, la nueva Constitución, hizo su tarea con un buen periodista a la cabeza, que llegó allí agotado del oficio de registrar masacres y masacres.

Señales de vida continuó siendo el lenguaje documental renovado en el que encontraron expresión los jóvenes que estaban comenzando y también los veteranos que en su mayoría venían del cine. Ahí se retrató el país urbano y el país rural de esos momentos. Personajes, vidas, artes, etnias y costumbres.

Imaginario buscó un lenguaje audiovisual más actual. Y así se contaron rincones populares de la megaciudad que la televisión había ignorado, o la obra arquitectónica de un inmigrante suizo, que estaba desapareciendo bajo la demoledora idea del progreso y el crecimiento sin medida de la ciudad.

Tiempo libre fue la agenda cultural que se deshizo de la formalidad de pierna cruzada que ese tipo de magacines había tenido, se la jugó a una estética viva, ágil y así mantuvo informada a su audiencia de espectáculos, exposiciones, recitales, estrenos, conciertos

Escenario sin límites salió del teatro Colón y miró y escuchó a la Colombia alejada, recogió músicas de distintos lugares y la supo alternar con clásicos.

Cine a la lata, por su parte, era el espacio de sábado, domingo y lunes para mostrar películas que de otra manera era imposible ver en televisión; tal vez en cineclubes o en escasas tiendas de alquiler de películas en VHS. Pero ninguno de esos garantizaba la calidad cinematográfica. Dicho de otro modo, en Cine a la lata se vieron películas que las programadoras de la época jamás hubieran presentado. Películas francesas, soviéticas y rusas, italianas, españolas e inglesas, mexicanas, argentinas, ecuatorianas y brasileras, venezolanas, chilenas, peruanas y, por supuesto colombianas. En el mundo de ese entonces que aún era analógico, muchas de estas películas llegaban en celuloide y era necesario transferirlas a cinta magnética para poder emitirlas. Insisto: el mundo era analógico y por supuesto que no había ni remoto riesgo de que existieran plataformas como Netflix o Mubi o cualquiera de las tantas que hay ahora en el mundo digitalizado cuando las películas se ven en el celular.

Se puede resumir entonces que, con la programación de Colcultura liderada por Jorge Enrique Botero, la televisión cultural pública dio un paso definitivo para llegar a ser lo que es hoy, cuando se hace desde RTVC, un sistema de medios públicos, que debe fortalecer y alimentar la memoria del país, ser ventana y espejo. Ojalá de esa época, del paso de Jorge Enrique Botero liderando los equipos de jóvenes veinte y treintañeros que, sin saber que en cuatro años ya existiría el Ministerio de Cultura, que la televisión se privatizaría y se volvería una industria digital, que el mundo analógico desaparecería, ojalá, digo, no fueran efímeros esos recuerdos grabados en cintas magnéticas y que hoy estén convertidos a pixeles. Toda una labor para no olvidar y Jorge Enrique la llevó a cabo a sabiendas que estaba sembrando una nueva televisión cultural, y sobre todo, él y ese equipo que armó, debían saber que estaban haciendo memoria, iniciando un camino que no tiene fin.

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