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Gómez Jattin publicó su primer libro a los 35 años.
Cultura

Raúl Gómez Jattin: un poeta con dolores y ausencias

Ahora, cuando acaban de conmemorarse los 80 años del nacimiento del poeta Raúl Gómez Jattin, su amiga, Zheger Hay, escribe su semblanza para CAMBIO.

Por: Zheger Hay Harb

Conocí a Raúl en mi primer día de clases en el Externado. De inmediato nos hicimos amigos y él adoptó un rol como de hermano grande, aunque era apenas un poco mayor que yo; creo que su corpachón le ayudaba en esa idea. Ambos éramos costeños, turcos, lectores de literatura y buenos estudiantes y armamos un pequeño grupo de estudio con Hernán Turbay, Inés Valderrama y María Mercedes Araújo de Cuéllar, ya casada y con hijos, quien mandaba a su chofer a recogernos para reunirnos en su casa. Allí organizó un coctel para celebrar la primera lectura de poemas de Juan Gustavo Cobo en el Colombo Americano. Años después conocí una biografía de ella: La oligarca rebelde, pero en ese entonces apenas éramos contestatarias.

Yo me fui a la guerrilla, me perdí de mis amigos y en los años 80, viviendo en México, el poeta David Huerta me llevó como regalo de un viaje suyo a Colombia un libro editado por el Banco de la República que abría sus páginas con un poema de Raúl.

Fue para mí un estremecimiento porque me devolvió a todos aquellos cuyo recuerdo había querido borrar cada vez que me asaltaba para evitar el dolor que me producía su ausencia. A partir de ahí, ese mundo se hizo de nuevo presente: los amigos, la universidad, la vida segura. Yo había dejado a Raúl siendo parte del grupo de teatro de la Universidad, pero todavía no era director y creo que tampoco poeta, porque de serlo yo necesariamente lo hubiera sabido.

A partir de ahí empecé a leer sus poemas de una ternura a veces tan triste y cuando regresé a Colombia de inmediato les pregunté por él a los amigos. Tuve que insistirles porque eran reticentes a hablar de él hasta que, un día, Arnulfo Julio, quien con Santiago Mutis y Roberto Burgos formaban su círculo más cercano, me hizo el retrato más triste del mundo de otro Raúl distinto al que yo había conocido. Las lágrimas caían sobre la cazuela que había pedido en el restaurante donde nos habíamos reunido mientras lo oía contarme cómo Raúl se había transformado en una persona violenta, hasta el punto de hacerlo temer por la seguridad de sus hijas chiquitas, y cómo respondió a su amistad con poemas hirientes, lejanos de esa ternura de “tengo para ti mi buen amigo un corazón como un mango del Sinú”.

Hice un intento con el entonces viceministro de Cultura, que lo había conocido, para que le diera uno de los estímulos que habían creado para creadores, pero lo rechazó diciendo que se lo gastaría en coca y seguiría en la indigencia.

Una vez me lo encontré en Telecaribe, en Barranquilla; cuando me vio me cargó en un abrazo apretado, me dijo que se alegraba de que estuviera viva, volvió a ser el mismo Raúl tierno y querendón, preocupado diciéndome que me cuidara, pero cuando vi las uñas de sus pies sucias, como recortadas contra las piedras, que asomaban de sus chancletas, no quise que me viera llorando y me despedí de él.

Después de eso solo lo vi otra vez en una lectura de poemas que hizo en el parque El Virrey.

¿Se suicidó? ¿Fue un accidente? No importa, posiblemente hacía tiempo acariciaba la idea de la muerte. Con los dolores y las ausencias que siempre lo acompañaron, fue poeta a pesar de ellas.

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