
La familia Pizarro Leongómez, reflejo de Colombia
Todo un país reflejado en una familia: la de los Pizarro Leongomez. El periodista holandés Robert-Jan Friele vio una historia única. Pasó seis años viajando, entrevistando y escribió un libro que, en Holanda, ya va por su cuarta edición. En Colombia, publicado el pasado noviembre por la Editorial Icono, fue recibido como ‘una cartografía del alma colombiana’. Hablamos con el autor.
Por: Luis Eduardo Celis
CAMBIO: ¿Cuál es su vínculo con Colombia? ¿Cuándo llegó por primera vez y cómo fue la colombia que vivió?
Robert-Jan Friele: Llegué por primera vez a Colombia en 2009, cuando trabajaba como corresponsal para América Latina. Vivía en Buenos Aires en aquel momento, y muy a menudo me encontraba con personas que hablaban maravillas de Colombia.
Me llamaba mucho la atención, porque conocía el país de las historias que contaba todo el mundo en aquel entonces: Farc, cocaína, paramilitares. A eso, en Holanda se agregaba a Tanja Nijmeijer, mi paisana.
La Colombia que viví en 2009 era un país que estaba todavía en esa guerra frontal de Uribe en contra de las Farc, lleno de paramilitares. Pero también sentía un país que estaba pensando en la salida de la guerra.
Veía y escuchaba con una dosis de optimismo. Durante mi primera visita, todavía en los centros comerciales tenían los escaners para los bolsos, por el temor a atentados. Cuando volví un año más tarde, ya habían desaparecido.
Y porque quería vivir en un país realmente latino en vez de en un país que se cree europeo - como es Argentina - decidí mudarme a Bogotá.
CAMBIO: ¿Cómo llegó a este libro sobre la familia Pizarro Leongomez?
R-J: Es que leí muchos libros sobre Colombia y en ninguno encontraba la historia entera.
Había libros sobre personas, como Pablo Escobar; sobre organizaciones, como las Farc o los paras; sobre ciertos años o incluso semanas. Eran todos como islas, y yo quería leer algo sobre el conjunto de las cosas.
Unos años después, cuando empezaron los diálogos con las Farc, liderados por el presidente Santos, ya había vuelto a Holanda y quería escribir un artículo sobre ese nuevo diálogo. Eduardo Pizarro Leongomez era el embajador de Colombia en La Haya y aunque nunca nos habíamos tratado en Bogotá, sabía que él era el experto con quien debía hablar.
Preparando la entrevista, me encontré con una que él le había dado a una periodista de la Revista Gente. En ella, Eduardo resumía la historia de su familia en pocas palabras y me llegó como un relámpago: inmediatamente reconocí que si pudiera contar esa historia, podría contar la historia de Colombia de una forma muy especial e íntima.
CAMBIO: En Holanda el libro ya va por su cuarta edición. ¿Por qué ese éxito? ¿Los lectores holandeses tienen tanto interés en Colombia?
R-J: En general, los holandeses se interesan en otros países. Somos bastante cosmopolitas y viajamos mucho. Además, Colombia es uno de esos países de los que uno siempre se pregunta: oye, ¿qué pasó? ¿Por qué terminó así?.
Pero más que nada creo que el éxito se debe a dos cosas: hay valores universales, con los que muchos lectores se pueden identificar. La rebelión – contra la sociedad, pero también contra sus padres –, la lucha contra injusticias, son dos clásicos. Segundo, me he esforzado mucho por escribir un libro narrativo, no un libro de historia. Los hechos históricos están como escondidos en la narrativa y he tratado de empezar todos los capítulos con algo que genera curiosidad o tensión, y terminarlos con un cliffhanger. Los lectores resaltan mucho esto: que es un libro muy fácil de leer.
CAMBIO: Como fue el proceso de escritura de este libro? ¿La familia le ayudó?
R-J: Eduardo volvió a Colombia y me invitó a una cena familiar, para hablar del proyecto. Yo preparé mis argumentos para que me dijeran que sí, pero no necesité convencerlos: me dijeron que sí de una. Yo había vuelto a Holanda y desde allí empecé a viajar a Colombia. Iba por diez días cada dos, tres meses. Era una rutina casi como tomar el bus. En inmigración siempre miraban un poco raro mi pasaporte y me preguntaban: señor, por qué viaja tanto a Colombia?.
Empecé a entrevistar a todos los protagonistas, por horas y horas. Y al final siempre les preguntaba con quién más debería hablar para poder contar bien esa historia. Así se fue ampliando mi red. Al final, conduje unas 150 entrevistas con cien personas. Y, para dar un ejemplo, de Eduardo solo tengo casi 500 páginas transcritas de las entrevistas. Es que las conversaciones con él eran muy ricas, porque sabe tanto y lo puede explicar tan bien. Y además, estaba su historia personal, aunque esa la soltaba con más dificultad.
CAMBIO: ¿Qué idea se hizo de Juan Antonio Pizarro Garcia, el pater familia, un almirante cuyos hijos se volvieron izquierdistas, algunos vinculados a la guerrilla?
R-J: Empecé mi proyecto suponiendo que él, el Almirante y Jefe de las FFAA, habría roto con sus hijos después de que ellos se volvieran de extrema-izquierda, y después de que tres de ellos se volvieran guerrilleros. Pero no. La primera lección sobre la familia que me enseñó Juan Antonio hijo, era que en su familia se respetan mucho las opiniones diferentes. Hay discusiones fuertes, pero no hay rompimientos. Y así fue con el Almirante. Le dolían mucho las opciones muy diferentes de sus hijos, y discutía con ellos, pero siempre respetaba que eran sus vidas.
CAMBIO: De Margoth, se habla del inmenso amor y compromiso con sus hijos y la familia. ¿Cómo está reflejada en su libro?
R-J: Cuando llegué a Colombia para empezar mis entrevistas, ella había muerto desde hacía medio año. Una lástima y una bendición. Lástima porque me hubiera gustado hablar con ella. Creo que si eso hubiera sido posible, habría escrito mi libro más como la historia de una matriarca, todo enfocado en ella. A la vez: ella no quería hablar del pasado, o al menos no de los casi treinta años de guerra que vivieron ella y sus hijos. Por eso la bendición: la familia Pizarro respetaba mucho que a ella no le gustaba hablar de ese período, pero después de su muerte, se sentían más libres para hablar de todo. Sin eso, hubiera sido imposible mi libro.
CAMBIO: Los Pizarro Leongomez vivieron de manera intensa la década de los setenta. ¿Cómo narra esa década?
R-J: Mi libro es narrado casi como una caja de expedientes. Cada capítulo tiene el nombre del protagonista, el lugar de los hechos y la fecha. ‘Carlos, Santo Domingo, 1989.’ Así pude contar muy bien las decisiones muy diferentes de todos.
Es que estamos hablando de una familia muy sui generis, con conservadores, liberales, militares, guerrilleros, hombres de negocios, académicos, activistas, políticos, escritores etc.
Gasté gran parte de mi energía, por no decir la parte más grande, en entender los años sesenta/setenta. Quería mirar dentro de las cabezas de los adolescentes de aquel entonces. Quería saber lo que pensaban, lo que leían, la música que escuchaban, la manera en que hablaban y por supuesto lo que los llevó a tomar las armas, en tres de los casos de los Pizarro. Y todo lo puse en esos capítulos con nombre y fecha.
Pensé que encontraría un hecho que desencadenó todo y buscaba y buscaba. Pero cuanto más buscaba, más me daba cuenta que no fue así. Era la época.
Era Colombia, eran el mundo y la Guerra Fría. Era la educación que ellos habían tenido, conservadora y religiosa, pero con una parte fuerte de mirar hacía el otro, el más pobre. Y esa mezcla de cosas estaba en la licuadora cuando alguien – creo que fue la historia misma – empujó el botón.
CAMBIO: El Pizarro Leongomez más visible no solo de su familia, sino de una generación de rebeldes, es Carlos. ¿Qué idea se hizo de él? ¿Cómo fue su relación con la familia?
R-J: El era un poco el niño mimado de la familia. El más guapo, el más carismático, el más todo. Y es verdad: cuando yo miraba viejas entrevistas de Carlos Pizarro explicando su lucha, me daban ganas de unirme a su movimiento. Tenía algo muy especial.
Y era muy ambicioso y tenía mucha confianza. Su madre quería que sus hijos fueran presidenciables, por eso en el prólogo escribo: también se puede llegar alto en una guerrilla.
Lo que más me llamó la atención fue la falta de dogmatismo en Carlos. Eso hizo que saliera de las FARC y fuera co-fundador del M-19, y que después fuera el primer comandante guerrillero que depusiera las armas. Cuando lees entrevistas con él como candidato presidencial, ni siquiera lees citas de un político muy de izquierda.
Creo que él era un socialdemócrata, antes que nada. Solo es que cuando él en su época estudiantil pedía unos cambios pequeños – junto a toda su generación – el stablishment reaccionaba de forma tan arrogante, tan brutal también, que se radicalizó en tiempo record, inspirado en Cuba, entre otros.
CAMBIO: Yo tengo una idea de Eduardo Pizarro Leóngomez, como una persona cálida y abierta al diálogo ¿Cómo lo ve usted?
R-J: Eduardo se parece mucho a su padre. Si alguien le propone algo con lo que no está totalmente de acuerdo, no levanta la voz, no regaña a esa persona, pero pregunta, busca los argumentos y los contrapone con sus propios argumentos. Además, lo hace con un humor negro excelente que puede también distensionar discusiones fuertes.
Lo que sí me costó a mí como periodista fue que hablara de su vida personal, de sus sentimientos. Eduardo es más de escribir esas cosas. Efectivamente, escribió artículos muy interesantes sobre lo que deberían ser los grandes traumas de su vida: sus 22 días en las caballerizas en 1979, en los que no fue torturado por sus vínculos familiares, pero todas las demás personas presentes sí; el Palacio; Tacueyó; el atentado contra su vida. Leí todo muy atentamente y lo pude usar en el libro también.
CAMBIO: ¿Qué nos puedes contar de Nina Pizarro Leongomez?
R-J: Ya la quería apenas cinco minutos después de conocernos. Cálida, gran sentido de humor, inteligente, un corazón enorme. Y lo que más le agradezco, es que me contó sobre su pasado guerrillero sin romanticismos. Pasé horas y horas hablando con ella en su finca y era como si estuviera presente en los años de la guerra.
Ella también fue contagiada con el fulgor revolucionario de la época. Primero, por sus hermanos, pero también por el entorno; es el clamor al cambio y la revolución estaba por todos lados. Y era una joven llena de energía y de emoción, así que era casi inevitable su entrada a la guerrilla – porque como me dijo un viejo comunista: «Creo que la lucha armada era un problema de emoción. Los más cerebrales se quedaban en la ciudad».
Fue muy valiente de ella que, después de pocos combates en el Cauca, decidió retirarse de la guerrilla, porque veía que toda esa violencia no solucionaba nada. Y Carlos le escribió una carta muy bonita, que está en el libro.
Al final de todo, se fue a vivir lejos del mundo, porque sí, la guerra la había herido mucho. ‘Perdí a todos mis amigos,’ me dijo. Y a pesar de esto, consideraba como su misión enseñar a ‘los pelados’ de la familia como era esa historia.
CAMBIO: Juan Antonio es de los menos visibles de la familia. Cuéntenos de él.
R-J: Juan Antonio me sirvió como enciclopedia familiar. Lo que era muy importante, porque me parecía crucial entender el ADN de la familia y me preguntaba cuántas generaciones atrás se empiezan a gestionar ciertas decisiones de las personas, ciertos comportamientos.
Nos veíamos siempre muy temprano en su departamento y hablábamos una o dos horas antes de que él empezara su jornada de trabajo.
Y como Eduardo, le costaba un poco hablar de sus sentimientos. Allí me ayudó mucho su esposa, Anamarta, con quién hablaba por aparte. Y ella me explicaba muy bien cómo había sido todo emocionalmente para Juan Antonio.
Lo chistoso es que Juan Antonio y yo publicamos un libro en Colombia al mismo tiempo, ya que él debutó a sus 73 años con una novela maravillosa en la que también narra parte de la historia colombiana, pero mucho más atrás. Y él así sigue los pasos de sus antepasados, porque los Leongómez eran una familia de escritores.
CAMBIO: Hernando tuvo una vida marcada por una enorme tragedia, como fue la masacre de Tacueyo. Y fue asesinado por las FARC. ¿Qué nos puedes compartir de su vida?
R-J: Para mí, Hernando fue la persona más interesante de descifrar, de tratar de entender. Y era todo un desafío, porque los mismos Pizarro no podían hablar mucho de él porque les duele todavía todo lo que fue Tacueyó.
Por suerte, la viuda de Hernando y sus hijos sí lo hicieron conmigo, y de qué manera.
Es que en la familia de Hernando siempre ha sido silenciado un poco – en la mesa, cuando se hablaba de los viejos tiempos, siempre sacaban las historias de Carlos –, y cuando un periodista les tocó la puerta para preguntar sobre su marido asesinado/padre, creo que sintieron la posibilidad de por fin contar su historia. La historia con él, y la historia sobre él.
Sin que ellos me hubieran abierto su casa y sus corazones, tampoco habría sido posible este libro. Como escribo en el prólogo: una guerra no solamente produce héroes. Hernando para mí es la parte más oscura de la guerra y a través de él quería mostrar cómo las personas pueden cambiar, y perder el compás moral por completo.
Pero Hernando también tenía el otro lado: el padre amoroso, el teatrero super creativo. Hablé con mucha gente que lo quería mucho y todavía se pregunta por qué pasó lo que pasó. Yo tampoco tengo la respuesta. Son las cosas inexplicables de la guerra.
CAMBIO: ¿Qué resalta de este trabajo sobre la familia Pizarro Leongomez?
R-J: He dicho en las presentaciones que ya hicimos que mi libro no es un libro político, aunque la política está en cada página. Para mí, es un libro de empatía. Porque todos los Pizarro Leongómez, hasta el día de hoy, no se mantienen indiferentes a las injusticias y quieren hacer algo para cambiar el país. Y justo las opciones muy diferentes que todos escogen, hacen que en la misma familia se refleje todo un país.
CAMBIO: De las nuevas generaciones, la más destacada en la vida pública es Maria José, seguida por María del Mar. ¿Cómo ha sido esa relación en la familia?
R-J: Cuando llegué a entrevistar a todos los Pizarro Leongomez, María José todavía no era una figura tan pública. Era una activista que organizaba muchas cosas alrededor de la memoria y juntaba mucha gente.
Así fue derivando hacía la política, y para mí fue muy interesante ver ese proceso. Por las maneras diferentes de procesar el pasado, sí hubo ciertas tensiones en la familia, pero creo que es lógico e inevitable. Y me imagino que hasta ahora hay fuertes desacuerdos sobre el rumbo político. Las dos hijas de Carlos son muy afines a Petro, y sé que otros en la familia no lo pueden soportar. Pero como antes, eso no genera rupturas, sino más bien fuertes discusiones cuando se ven.
La política sí ha acercado más a María José y a María del Mar. Al principio de mi proyecto, las dos no se podían ver, pero ahora que están ambas en el Congreso, a veces trabajan juntas y se cuidan.
CAMBIO: ¿De la Colombia que conoció por primera vez en 2009 a esta Colombia del 2025, qué nos puede compartir?
R-J: Llegué a una Colombia muy optimista cuando empecé mis entrevistas en 2015. Las Farc iban a firmar la paz, todo el mundo pensaba que Colombia iba a dar el salto a un país ‘normal’. Creo que fue por eso que todo el mundo quería hablar del pasado, para poder cerrarlo y seguir adelante. Ese optimismo que, por cierto, era un poco exagerado ya que las raíces del conflicto no iban a desaparecer con la firma de las Farc, se ha esfumado por completo.
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