
Gozar Leyendo con Cambio: los años decisivos de José Mateos
Marta Ortega es la narradora de esta novela en la que se retratan los cambios que vivieron España y el mundo en las tres últimas décadas del siglo XX.
José Mateos, Los años decisivos
José Mateos (Jerez de la Frontera, 1963) es uno de los escritores más notables de la España de hoy. Excelente poeta, destacado aforista, narrador fluido, con una prosa potenciada para producir emociones poéticas. Varios de los libros suyos han desfilado, con deleite, en esta balandra de lecturas gozosas. Ahora aparece una novela que cuenta la vida de la voz narradora, Marta Ortega, una mujer de la misma generación que la del autor, asunto que aquí tiene importancia, pues a la Marta imaginada le toca vivir toda la agitación, todas las modas intelectuales, todos los cambios en la sociedad correspondientes a alguien nacido a principios de los sesenta del siglo XX. Y más significativo que el personaje (y su voz narrativa) imaginado por Mateos sea una mujer pues, digan lo que digan, se trata de la época reciente en la que, quizás, se produjeron más transformaciones en la imagen, los roles y el pensamiento de y sobre las mujeres.
Chica de Algeciras, recién sale de la secundaria en su pueblo se decide a estudiar filosofía en Madrid: “Me animaba el convencimiento de que todas esas preocupaciones y dudas que me habían expulsado de mi infancia –sobre la muerte, sobre la religión de mis padres, sobre el sentido de nuestra existencia, sobre la escurridiza esencia de mi yo…–, esas que, por otra parte, me habían persuadido con tanta insistencia a que estudiase filosofía, serían poco a poco resueltas en aquellas aulas donde en medio de un silencio reverente alguien nos explicaba a Aristóteles y el principio de razón suficiente de Leibniz”.
Cuando lleva un año de universidad, muere su madre y esto la retiene unas semanas en su Algeciras natal. Después regresa a Madrid: “En el vagón del aquel tren que me devolvía a las librerías llenas de títulos apetecibles, a los amigos y las asambleas improvisadas, a las manifestaciones, al ruido de los bares, el universo se me derrumbó de pronto. No podía dejar de pensar que la vida es una tontería insignificante, una farsa de malentendidos y desencuentros. No entendía para qué éramos sacados un día de la nada, si después de un parpadeo del universo, éramos devueltos de nuevo a la nada. Sin ningún motivo concreto, sentí una irremediable inclinación a la tristeza y experimenté la sensación de haber sido arrojada a un mundo extraño y corrompido. Por primera vez, desde que me fui de Algeciras, sentí miedo, y no sabía a qué. A todo. A no tener fuerzas para vivir. A volverme loca. A estar sola. A no comprender nada”.
Una desaforada y –literalmente– suicida adicción a la heroína termina con la vida de Willy y dejan devastada a Marta. Le cuesta recuperarse pero al final lo logra, aceptando para sí la idea de terminar la carrera de filosofía con una tesis sobre un filósofo francés.
Sigue en la universidad, se enamora de un empleado bancario, queda preñada, pierde al hijo, queda imposibilitada para volver a preñarse, sigue la rutina de su matrimonio hasta que se satura y lo acaba. Queda implicada en una agresiva militancia política, engendrada desde las aulas: “Poco a poco, la democracia, los derechos humanos, la libertad de prensa, todo eso que antes habíamos considerado subterfugios burgueses para encubrir sistemas de dominación, según la terminología marxista de la época, iba siendo aceptado por la izquierda más radicalizada (...). Por esos años, después de varias decepciones y no pocas discusiones acaloradas que me hicieron perder más de un amigo, yo empezaba a estar un poco harta de tanto jaleo político que no llevaba a nada. O que a lo único que llevaba era a perder el tiempo y a distraerme de unos estudios que se prolongaban e interrumpían peligrosamente”, hasta que llegó el desencanto total con la militancia política.
Por ese entonces le llega el amor total, el amor loco: “yo creía haberme enamorado antes, en otras ocasiones, pero sólo cuando conocía a Willy quedé ciega para cualquier cosa que no fuera ese sentimiento incontrolable, me di cuenta de lo equivocada que había estado”. Dice después: “poco a poco, Willy me fue imantando con su manera de ser y su elegancia natural, con su forma de fumar o de echarse el pelo hacia un lado. Desde el primer día me di cuenta de que ya no podría vivir sin él porque era eso tan raro: un tío libre, sin fronteras ni prejuicios; y porque parecía que su única responsabilidad, aparte de la música, era de ser generoso y divertido. Y qué guapo era. Si me fijaba en él y lo observaba, pensaba que no podía haber nadie más guapo; y el corazón me latía más rápido y sentía literalmente una descarga por dentro, si era él quien me miraba. Las calles, la universidad, mi casa, todo adquirió de pronto un aspecto luminoso, como tocada por una varita mágica, todo me ofrecía una belleza en la que no había reparado hasta entonces. Y eso era porque había conocido a Willy, porque sentía en cada cosa su presencia invisible, el inicio de esa presencia en mi vida. Me había enamorado. Y me había enamorado como se enamoran en las películas, de una manera adolescente y ridícula”.
Marta resume así su historia con Willy: “de aquella época con Willy conservo en general una impresión confusa, desordenada, de noches vividas intensamente, de borracheras desbocadas y de alegría (...). los colocones, las redadas al amanecer, las risas del hachís, los conciertos en bares de mala muerte…, todo eso lo veía como una opción y lo encontraba liberador y refrescante después de las ambigüedades y frustraciones de la política”.

Pero todo termina mal. Una desaforada y –literalmente– suicida adicción a la heroína termina con la vida de Willy y dejan devastada a Marta. Le cuesta recuperarse pero al final lo logra, aceptando para sí la idea de terminar la carrera de filosofía con una tesis sobre un filósofo francés. Como siempre, un amigo de un amigo la relaciona con el profesor Frochard, que está dispuesto a recibirla en París. Cuando Marta empezaba la universidad, Frochard era un profesor prestigioso pero desconocido por la mayoría de los seguidores de la moda filosófica. Con el tiempo, su prestigio iba creciendo y es ya una estrella cuando Marta llega a París. Sin embargo, desde el principio, había sido un ídolo para ella, particularmente cuando había estado en España, donde asistió a una de sus conferencias: “allí, sentado, disertando sobre la necesidad de emprender un análisis fenomenológico de la televisión muy de las nuevas tendencias artísticas, vi por primera vez a Antoine Frochard, el autor del que tanto habíamos aprendido y sobre el que tanto habíamos discutido en los pasillos de la facultad. Y me pareció imponente. Hablaba un buen castellano con un acento parisino encantador, y movía las manos con elegancia. Vestía ropa cara con cierto desenfado. Era cargado de hombros, y su cara, de aspecto caballuno, acumulaba todas las arrugas que un rostro humano puede poseer: arrugas transversales en la frente, patas de gallo, arrugas a ambos lados de la nariz, las de las comisuras de los labios y algunas más. Parecía un actor al que hubieran maquillado de viejo”.
Ya en París, el propio Frochard pone a Marta al día sobre sus pensamientos y teorías: “Pronto las imágenes serán nuestra principal fuente de información y de conocimiento, si no lo son ya. Y como las imágenes no favorecen el razonamiento, sino que se fabrican para provocar emociones, pronto tendremos lo que yo llamo una política emocional (...). El hombre, si puede actuar con total impunidad, elegirá siempre, inevitablemente, el mal. Por eso toda política necesita de un espacio sagrado para frenar esos impulsos, para imponer sus leyes y justificarlas. No hay poder sin oscuridad. Si los orígenes y las estrategias el poder se hacen transparentes, se deja de tener poder”. A esa suficiencia, a esa arrogancia, el profesor parisino añade esa hija natural de la inteligencia, que es la ironía: “hoy los que tratan de cambiar el mundo solo cambian la moda”, “no es que yo no crea ya en la revolución, es que ya no hay revolución en la que creer”, “no trato con enanos: me deforman la columna vertebral”.
Sigue en la universidad, se enamora de un empleado bancario, queda preñada, pierde al hijo, queda imposibilitada para volver a preñarse, sigue la rutina de su matrimonio hasta que se satura y lo acaba. Queda implicada en una agresiva militancia política, engendrada desde las aulas.
El final de la relación entre Marta y el profesor es inesperado, para ella, y acaba con todo, con la tesis, con la estadía de Marta en París, con el prestigio que tiene Frochard con nuestro personaje: el profesor abusa sexualmente de ella y ella se devuelve descorazonada, engañada, para España: “En mi interior, sin embargo, había algo que nadie veía: la inanidad de las cosas, el vacío de vivir, como si todo me fuera indiferente. Me dejaba arrastrar por la inercia de los días, sin ilusión, sin propósito alguno”.
La novela termina con el regreso a Algeciras de nuestra protagonista, ya apaciguada, aunque siempre sin curarse de su trascendentalismo: “Cuando decidí estudiar filosofía esperaba que los libros dieran una respuesta a esa inquietud (...). me gustaría haber encontrado una respuesta al cabo de los años. Pero no. No fue así. Las preguntas importantes sólo se responden con más preguntas, y apenas si acertamos a pronunciarlas con honestidad y con el corazón agradecido por haber vivido lo que hemos vivido”.
Y agrega hermosamente: “En verano, cuando a veces paseo de noche por alguna de las playas de por aquí, llego hasta el farallón de rocas o hasta una venta abandonada y, a la vuelta, me tumbo en la arena húmeda, sobrecogida por el silencio. Miro entonces el cielo inabarcable, pavoroso de tanta inmensidad, el mismo que me vio discutir tantas veces tirada en el césped o en alguna terraza de Madrid, y considero que a esas estrellas, que probablemente desaparecieron hace siglos, las sigo viendo sólo porque mi situación, la distancia que me separa de ellas es la adecuada para que aún pueda verlas. Y entonces se me ocurre la idea de que quizás tiene que existir, no sé cómo ni en qué lugar, una distancia adecuada desde donde poder seguir viviendo todo lo que desapareció: los días de playa con papá y mamá, mi llegada a Madrid, los días en Genalguacil, mi amor por Willy… Al fin y al cabo, el tiempo y el espacio son sólo dimensiones humanas. Eso, al menos, es lo que ha venido diciendo la filosofía moderna desde hace siglos y lo que la ciencia no ha hecho sino confirmar. Y si eso es así, entonces todo lo que ha sido real será siempre real y la muerte es sólo una ilusión. Pero, ¿quién se lo cree?”.
José Mateos
Los años decisivos
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