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Laura Restrepo Colprensa
Cultura

“El auge de una ultraderecha violenta es un fenómeno global”: Laura Restrepo

Laura Restrepo. Foto: Colprensa.

Llega a las librerías la edición conmemorativa de ‘Historia de un entusiasmo’ de Laura Restrepo, 40 años después de su publicación. En este libro revive el relato de un proceso de paz del que ella fue testigo de primera mano y que, de haberse concretado en 1985, habría podido cambiar la historia de Colombia.

Por: Eduardo Arias

Han pasado 40 años desde que Laura Restrepo publicara Memoria de una traición, que en su reedición de 1995 cambió de nombre por Historia de un entusiasmo. ¿La razón? Laura Restrepo lo explicó así en ese momento, nueve años después de su primera publicación: “Al releerlo tantos años después, lo que más fuerte me vuelve al alma no es el recuerdo del trágico final, sino el sabor de un entusiasmo que hace tiempo no sentimos tan intenso”.

En Historia de un entusiasmo Laura Restrepo relata y documenta el proceso de paz entre el gobierno del presidente Belisario Betancur y el M-19 en1984 y 1985. En esta obra ella reconstruyó las expectativas, los acuerdos, las tensiones, las alianzas y las traiciones que marcaron un proceso que despertó mucha expectativa y esperanzas entre la sociedad y que, tras el rompimiento de las conversaciones, trajo como consecuencia la toma y la contratoma del Palacio de Justicia en noviembre de 1985. El resultado de esa experiencia es Historia de un entusiasmo, un texto que combina la admirable capacidad de Laura Restrepo para la reportería, la crónica y el relato literario.

Esta edición conmemorativa ofrece, a manera de epilogo, un capítulo en el que la autora y Camilo González-Posso describen qué sucedió desde el punto final del libro hasta el presente y, con la perspectiva de cuatro décadas transcurridas, reflexionan acerca de las expectativas que generó el desarrollo de aquel proceso de paz, las lecciones que dejó este intento fallido de negociación y los retos que aún debe afrontar la sociedad colombiana para lograr una paz y una reconciliación definitivas.

Laura Restrepo nació en Bogotá en 1950 y es una de las escritoras colombianas más reconocidas en el mundo. Su obra ha sido traducida a 32 idiomas y ha recibido varios reconocimientos, entre ellos el premio Alfaguara de Novela por Delirio. Ha escrito, entre otros libros, Leopardo al sol, La novia oscura, Hot Sur, Pecado, Los Divinos, Canción de antiguos amantes y Soy la daga, soy la herida. CAMBIO conversó con ella acerca de Historia de un entusiasmo y de cómo esa obra dialoga, 40 años después, con la Colombia de hoy.

CAMBIO: El libro deja una sensación de urgencia. No en el sentido de que esté escrito 'a las patadas' o de afán, de hecho es un texto de un gran valor literario, sino que se percibe una necesidad de ir al grano, sin florituras. Lo mínimo necesario para transmitir un mensaje claro e impactante. ¿Hay algo de eso o es solo una impresión mía?
Laura Restrepo: A mediados de 1986, este libro fue escrito sobre el humo y de la forma más expedita posible, con base en el testimonio directo, la memoria y el registro que yo llevé conmigo al exilio, contenidos en mi cabeza y en una maleta con todos los documentos que, como comisionada de Paz, había recogido en los escenarios de los hechos: entrevistas, videos, fotos, trozos de papel, conversaciones secretas, recortes de prensa y declaraciones de lado y lado. Sentí la urgencia de escribirlo y publicarlo antes de que el viento del olvido borrara los extraordinarios acontecimientos de paz que el país acababa de vivir durante los 12 meses precedentes, con sus victorias, sus desatinos, encuentros y desencuentros, sus fiestas y sus violencias, pactos y traiciones, y, ante todo, su gran lección histórica.
El asedio del olvido se nos vino encima tras el asesinato de muchos de los protagonistas que habían entregado las armas; el vuelco del presidente Betancur, que abandonó su inicial propósito de paz, y el consiguiente silencio de los grandes medios, que buscaron propagar la sensación de que nada había sucedido. La urgencia que mencionas fue básicamente esa: que quedara registro escrito y perdurable de esa hazaña que fue el primer proceso de paz en Colombia y en América Latina.
En cuanto a lo que dices sobre lo bien escrito, la verdad, me esforcé porque así fuera. Se necesitaba un libro que leyeras de un tirón y te dejara sin aliento, con el entusiasmo encendido y la esperanza viva, porque presentaba el relato verídico de una aventura épica, vertiginosa y colectiva, de vida o muerte, de altísima tensión, con el aditamento de protagonistas individuales muy llamativos.

CAMBIO: El libro trae al final un capítulo escrito por Camilo González Posso y usted en el que ponen al día el libro desde la información de los hechos. ¿Cuál es su percepción más personal de lo ocurrido con la perspectiva de estos 40 años?
L.R.: Para nosotros ha sido importante actualizar y de darle nuevo aire al libro en esta edición del 40° aniversario, especialmente en esta coyuntura, ya que se viene, a partir de agosto, un gobierno nacional contrario a los acuerdos de paz y dado a intentar la seguridad por la fuerza. Parafraseando a Gabo, la paz –como la felicidad– no sabemos que la tenemos hasta que la perdemos. Yo añado, sobre la paz, que la echaremos de menos, pero no la hemos perdido porque permanecerá latente, esperando que regrese su momento. Resurgirá la paz, encontrará nuevos caminos, y para eso es indispensable que haya registro de los orígenes y el desarrollo de la gran gesta pacífica colombiana, y también memoria del sufrimiento, las víctimas y los horrores de guerra que la nación ha padecido.
La materialidad de los libros es invaluable para la duración de la memoria histórica y milenaria. El papel, como antes la piedra, la arcilla o el papiro, mantiene inalterables los mensajes, enseñanzas y testimonios que se van acumulando de generación en generación. Como insinúa Ray Bradbury en su icónica novela Farenheit 451, la temperatura a la que arde el papel, la censura, la amenaza, la calumnia o la mentira, y ni siquiera el fuego, pueden acabar con la potencia de los libros.
Aprovecho esta conversación para proponer que, preparándose para estos cuatro años que vienen, cada colombiana y colombiano que amen la vida y la paz, se apresuren a juntar una biblioteca familiar con los valiosos libros que han dejado autores como Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna, Germán Guzmán, Gustavo Álvarez Gardeazábal, Juan Manuel Roca, Patricia Lara, Olga Behar, Darío Villamizar y tantos otros, empezando por García Márquez, porque en esos textos perdura, inolvidable, la impronta de la paz y el repudio a la violencia, a los gobiernos represivos y autoritarios y a la guerra.

Otras motivaciones que tuvimos con Camilo para cerrar esta edición con un nuevo capítulo final, fue resaltar la extensión de los efectos democráticos del proceso de negociación de los ochenta, hasta desembocar en la Constituyente y la Constitución de 1991. Originalmente, el libro fue publicado con anterioridad a esa fecha. Y, sobre todo, sentimos necesario reconocer ciertas limitaciones y parcialidades del manuscrito, que no enfatizó en la soterrada creencia en las armas, y en la posibilidad de una victoria armada, por parte de ciertos sectores del M-19. Creímos indispensable recalcar que nada, absolutamente nada, justifica tomar las armas o depositar fe en ellas. La tragedia del Palacio de Justicia, que tuvo como caldo de cultivo la no superada del todo confianza en la acción armada, constituyó un error atroz, que sumió al país en un agujero negro del cual aún no se repone del todo. El gran M-19, exitoso y memorable, fue el que supo dialogar con el país y dejar las armas para abanderarse incondicionalmente de la democracia y los caminos de la paz.

CAMBIO: A propósito de guerra y paz, se habla hoy mucho de polarización, como si fuera un fenómeno reciente, instigado en parte por las fake news y las redes sociales. Pero (pienso yo) … ¿no estaba acaso la sociedad colombiana de los ochenta polarizada y también permeada por fake news que se difundían más lentamente que ahora, pero que estaban presentes? ¿Cómo lo ve usted?

L.R.: El drama que hoy vive Colombia no es exclusivamente nacional: el auge de una ultraderecha violenta es un fenómeno global, y es a nivel nacional e internacional donde se debe frenar. Es connatural al fascismo la intención explícita de polarizar, de ganar terreno amenazando con un lenguaje ofensivo y extremo. Pero no es vociferando bravuconadas y groserías, creadas con inteligencia artificial y un millón de veces replicadas, y tampoco callados y pasando de agache, como se le puede hacer frente. La historia ha demostrado la eficacia de levantar un limpio y claro "¡no pasarán!"...

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CAMBIO: ¿Cómo ve usted la Colombia que se vislumbra tras el triunfo electoral por tan estrecho margen de Abelardo de la Espriella?
L.R.: La victoria de Abelardo de la Espriella ha sido un rudo golpe para quienes estuvimos con Iván Cepeda. Habrá que recapacitar sobre errores propios, como las limitaciones técnicas que se han señalado, pero también los contenidos a veces estrechos de una propuesta que el momento exigía más amplia e incluyente. Sin embargo, lo fundamental que ha demostrado el resultado electoral es que no hay una mayoría única en el país: la izquierda ha quedado consolidada como fuerza política de casi 13 millones de colombianas y colombianos activos, organizados y con mayoría progresista en el Parlamento. Estamos hablando de media Colombia comprometida con la defensa de la vida y la felicidad, la vía legal y pacífica, los acuerdos y consensos, la cultura, la Constitución, la soberanía y la naturaleza. Trece millones de personas decididas a defender los logros de 40 años de diálogo y proceso democrático, y los avances sociales del Gobierno Petro, al cual se le debe, ante todo, la toma de conciencia por parte del pueblo colombiano de unos derechos inalienables que sabrá defender durante este cuatrienio.

CAMBIO: ¿Cómo ve usted hoy a la Laura Restrepo de los años ochenta que vivió aquel proceso de paz fallido y escribió ese libro?
L.E.: Fallido no, el proceso de paz de los ochentas se estancó por momentos, y en otros se ahogó en sangre, pero siempre, y hasta el día de hoy, supo renacer de las cenizas e imponerse con hermosos triunfos populares. Acerca de mi generación y de mí misma, diría las palabras del gran obispo amazónico, Pedro Casaldáliga: hoy por hoy "somos los soldados derrotados de una causa invencible".

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