Ir al contenido principal
'La odisea' de Nolan
'La odisea'. Fotos: Colprensa - Cinemark
Cultura

El otro Odiseo de Christopher Nolan

Recordaba a Odiseo como el héroe que sobrevivía gracias a su ingenio. En ‘La Odisea’, Christopher Nolan convierte esa misma astucia en el centro de un juicio sobre la memoria, la culpa y el precio que paga el vencedor cuando regresa de la guerra.

Por: Juan Carlos Lemus

Cuando cursaba undécimo grado, mi imagen de Odiseo era solemne: un guerrero capaz de enfrentarse hasta a los mismos dioses y caer de pie. Encarnaba aquel colombianismo según el cual el vivo vive del bobo. En el poema, además, ese general conduce la crónica de sus aventuras, selecciona las pérdidas y convierte cada engaño en prueba de ingenio. Es protagonista, testigo y narrador; su prestigio depende tanto de lo hecho como del canto. Ese era el Odiseo que yo recordaba. En The Odyssey, además de lo anterior, se pone en disputa esa versión masculina. La película presenta el honor como coartada machista de una guerra por el control de las rutas comerciales. Penélope sostiene Ítaca y decide qué hombre puede volver a habitar su casa; Telémaco recibió al padre mito canto antes de conocer al hombre.

Nolan abre la película dentro de la mayor de esas trampas. Los griegos esperan encerrados en el caballo de madera mientras los troyanos reciben como ofrenda aquello que transporta su destrucción. Desde el vientre de la máquina, la escena celebra el cálculo. Respiraciones contenidas, madera que cruje, agua que sube, hombres pendientes de la señal. El cacareado cuadro IMAX de 1.43:1 convierte el artefacto en fortaleza, ataúd y nave de desembarco. La cámara nos sitúa entre los invasores; compartimos su hacinamiento y su tensión, deseamos que el plan funcione. Participamos de la conquista.

Nolan separa moralmente lo que recuerdo que en Homero era solo virtud. Durante el regreso, Odiseo aparece casi siempre en desventaja. Cautivo del cíclope, retenido por Calipso, expuesto a dioses, monstruos y tempestades. Allí su astucia pertenece al débil. Es la lógica del pícaro adaptar identidades y discursos para sobrevivir dentro de un orden que lo somete. La memoria, sin embargo, lo devuelve a Troya, donde ejercía esa inteligencia desde el mando del ejército invasor. Concibió una falsa ofrenda, explotó la confianza de los troyanos y abrió la ciudad al saqueo.

COLP_EXT_147255.jpeg

Cuando esa destreza pasa al poderoso, la viveza criolla nombra su degradación, porque quien puede imponer la norma la convierte en obstáculo para los demás y en excepción para sí mismo. El ingenio deja de abrir una salida y explota el pacto de confianza. La ley de Zeus, el código de hospitalidad que permite recibir al extranjero y aceptar una ofrenda, concentra ese juicio. El caballo vence una ciudad y hiere el fundamento de cualquier civilización. Desde entonces, cada regalo puede ocultar soldados. Los llamados pueblos del mar completan el viraje. La guerra termina; pero su método continúa navegando dentro de quienes la ganaron. Son los griegos los que llevan la violencia y la trampa de una costa a otra.

Lea también ‘La Odisea’: la osadía de Christopher Nolan de adaptar la épica al cine

Nolan hace que Odiseo llegue a ese descubrimiento gracias a su memoria. Retenido por Calipso y bajo el efecto del loto, recupera por pedazos Troya, el cíclope, las sirenas, los muertos, Ítaca: ¿una esposa?, ¿un hijo? Cada imagen recompone su identidad y cambia el nombre de sus hazañas. El olvido preserva por un tiempo al náufrago, al padre ausente, al hombre que solo quiere volver; el recuerdo incorpora el desastre provocado por el general. Ahí asoma Leonard Shelby, de Memento (2000). Sus fotografías, notas y tatuajes devuelven una identidad al hombre que será unos minutos después y le señalan una misión. Odiseo navega a contracorriente: recupera el pasado y descubre cuánto dependía su heroísmo de una versión favorable de sí mismo. La culpa que ocupa cada instante de Will Dormer en Insomnia (2002) vuelve aquí como una marea que trae aquello que el vencedor quiso abandonar. La herida de la memoria lo obliga a juzgarse.

En la trama de Nolan, Sinón, tomado de La Eneida, encarna el costo humano de las decisiones de Odiseo y enlaza Troya con Ítaca. El padre de Antínoo busca evitar que su hijo vaya a la guerra y consigue que Sinón marche en su lugar. Odiseo descubre la sustitución y la consiente. Más adelante, al no revelarle que los soldados aguardan dentro de la ofrenda, revictimiza a Sinón. Cuando el soldado reaparece entre los muertos, su reclamo devuelve a Odiseo hasta Antínoo, beneficiario de una maniobra paterna cuyos efectos llegan hasta Ítaca, el príncipe primero evita la guerra gracias al sacrificio de otro; después aprovecha la ausencia del rey para encabezar a los pretendientes que cercan su casa. La viveza del poderoso preserva al privilegiado, traslada el riesgo al débil y termina ocupando cuanto este ayudó a dejar desprotegido.

El cine de Nolan ha construido prestigio mediante información dosificada, cronologías quebradas y estructuras que preparan una revelación. Memento hace retroceder el relato para que avancemos a tientas; The Prestige adopta la forma de un truco; Inception encierra un sueño dentro de otro. El público entrega su confianza al director y celebra el instante en que comprende cómo fue conducido. La celada se vuelve espectáculo. Nolan ocupa entonces, en ese sentido formal, el lugar del vivo. El director promete una experiencia monumental, esconde el mecanismo y obtiene de ese efecto su firma de autor. The Odyssey ofrece una superproducción épica que transporta en su vientre un juicio contra la clase de ingenio que la hace posible. Primero nos encierra junto a los griegos y nos invita a disfrutar el éxito del plan; después abre la máquina desde Troya y obliga a contemplar aquello que nuestra complicidad ayudó a ejecutar.

COLP_EXT_147258.jpeg

Christian Lorentzen, en The Nation, se pregunta si Nolan “debe sentirse mal por algo” y lee la insistencia publicitaria en las cámaras IMAX, los decorados físicos, el cíclope animatrónico y los guiones impresos en papel rojo como "camuflaje artístico". Matt Damon reforzó esa liturgia al presentar el rodaje como un vestigio del gran cine épico de David Lean, realizado en escenarios reales y sin pantalla verde. La pureza material como garantía. Celuloide, mares reales, métodos antiguos son los cantos de sirena de una campaña que pide admirar el esfuerzo antes de juzgar el resultado. Esa sospecha apunta a una compensación promocional; la película permite llevarla al interior de la forma. Nolan reviste la celada con artesanía y convierte la culpa por el engaño en materia dramática.

Odiseo concibe el caballo; Oppenheimer dirige la construcción de la bomba. Las escalas morales, tecnológicas e históricas pertenecen a órdenes distintos. Nolan los acerca como hombres cuya inteligencia ayuda a resolver una guerra y termina dictando cómo serán recordados. Oppenheimer enfrenta audiencias y testimonios. Odiseo comparece ante los muertos y ante la certeza de que sus soldados se han convertido en la nueva amenaza.

Cuando entrega Ítaca a Telémaco y parte con Penélope, el náufrago se reconoce también en el vencedor. Los dioses que en mi recuerdo gobernaban la travesía apenas sobreviven aquí como espejismos. Ellos ya no son tribunal, la toga es la memoria del propio Odiseo.

Finalización del artículo

Lea los comentarios

Temas en este artículo

Artículo de libre acceso

Libre

Compartir en redes sociales