
Plinio, el maestro
Una de las plumas más destacadas de América Latina y uno de los mejores periodistas literarios del continente murió en Bogotá el pasado 27 de julio. Plinio Apuleyo Mendoza dejó un legado no sólo como periodista y escritor sino también como el maestro que forjó a varias figuras fundamentales de la reportería, la crónica y la narrativa.
Por: Eduardo Arias
Periodista, sí. Pero también cuentista y novelista. Y además diplomático. Y activista político. Además fue un fogoso izquierdista que, con el tiempo, se transformó en un derechista puro y duro.
No resulta sencillo clasificar a Plinio Apuleyo Mendoza, quien falleció en Bogotá el pasado 28 de julio. Tenía ya 95 años de edad, y dejó tras de sí una imagen que durante mucho tiempo seguirá siendo motivo de polémicas y controversias.

Nació en Tunja en 24 de marzo de 1931 en una familia de periodistas. Su padre, Plinio Mendoza Neira, además de periodista y editor de libros, fue un dirigente político amigo personal de Jorge Eliécer Gaitán.
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Sus tres hermanas Elvira, Soledad (ya fallecidas) y Consuelo también se destacaron como periodistas y editoras. Ya radicado en Bogotá, siendo aún adolescente comenzó a meterse de lleno en el periodismo, a aprender el oficio del que sería más adelante un maestro inigualable. Fue testigo presencial del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. A lo largo de su vida vivió en muchos lugares, entre ellos Barranquilla, Caracas, París… además fue embajador de Colombia en Roma y en Lisboa.

Escribió el cuento El desertor, las novelas Años de fuga, Cinco días en la isla y Entre dos aguas, y varios libros de no ficción, entre ellos El olor de la guayaba, una extensa entrevista a Gabriel García Márquez, Nuestros pintores en París y Manual del perfecto idiota latinoamericano, con Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa.
Estuvo casado con la escritora barranquillera Marvel Moreno, con quien tuvo dos hijas, Carla y Camila. Se separaron en 1980 pero, en realidad, Plinio la siguió queriendo y cuidando como a una hija. Además, era un gran admirador de su obra literaria, especialmente de su novela En diciembre llegaban las brisas. En 1987 se casó con la artista plástica Patricia Tavera, quien acompañó hasta la muerte a Plinio. Porque en Colombia bastaba decir su primer nombre para que mucha gente supiera a quién se referían. Admirado, detestado, era casi imposible ser indiferente ante las seis letras de su nombre. “Para sus críticos, su pluma deja el testimonio de un hombre que no temió enemistarse ni permutar sus ideas hasta anclar en sus propias convicciones. Para sus contemporáneos, es el eco de una época que ha desaparecido como flor arrebatada por el viento”, escribió a raíz de su muerte su sobrina nieta Gabriela Franco Pardo Mendoza.

El kínder de Plinio
Uno de los capítulos más fructíferos de su vida fue haberse echado al hombro entre finales de 1981 y mediados de 1982 el naciente proyecto de la revista Semana, cuando Felipe López decidió darle un segundo aire a la publicación que había fundado Alberto Lleras Camargo en 1947 y que había cerrado en 1961.
En un tiempo récord dirigió y orientó a un grupo de jóvenes entusiastas (a los que él bautizó como su kínder), la mayor parte de los cuales provenían de disciplinas muy diversas y que no tenían ni idea del oficio. Ocho meses después dejó muy bien encarrilada una locomotora que marcó una época en el periodismo colombiano. Algunos de ellos recordaron para CAMBIO las peripecias que vivieron en aquellos meses locos y las enseñanzas que les dejó.
José Fernando López, uno de los periodistas de la primera etapa de Semana, recuerda que, al fundar la revista, Felipe López trajo a Plinio Apuleyo Mendoza para manejarla. “En ese momento Plinio se desempeñaba como agregado cultural de la embajada de Colombia en París, lo que le impedía figurar como director, cargo que asumió el propio Felipe”. López también recuerda que el modelo que inspiró a Plinio Apuleyo Mendoza era la revista francesa Le Point, fundada en 1972 por un grupo de periodistas que habían abandonado la redacción de L’Express, considerado el primer semanario de noticias de estilo estadounidense de Francia. Le Point, un poco más a la derecha que L‘Express, tenía en 1981 una circulación de 336.000 ejemplares y era considerada un modelo de periodismo moderno.

Otra integrante de aquel kínder y pieza fundamental en la consolidación definitiva de Semana fue María Elvira Samper. “Conocí a Plinio a finales de 1981. Felipe López estaba en el proyecto de montar Semana y quería contratarme, aunque yo lo consideraba una locura porque no era periodista. Me dijo que Plinio Apuleyo Mendoza quería conocerme. Cuando me vio por primera vez en persona, me dijo que escribiera un perfil sobre D'Artagnan. Un día me llamó y me dijo que de todo lo que había recibido lo único que servía era ese perfil. Plinio Apuleyo Mendoza me dijo: “No lo dude, trabaje con nosotros”. Ella le contestó que era un acto de osadía muy temerario, pero aceptó.
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El escritor y periodista Carlos Mauricio Vega llegó a Semana porque había trabajado en un noticiero cinematográfico que tenía Felipe López antes de crear la revista. “Me dijo que quería tenerme en la redacción base de una revista estilo Time, de periodismo interpretativo”. Tras negociar el nombre de Semana, Felipe López contrató a dos veteranos periodistas que habían estado en la primera época de la revista. Eddy Torres, a quien nombró jefe de redacción/editor, y a Hernando Valencia Goelkel como el redactor estrella. “Haber trabajado con él como vecino de pupitre para mí fue una experiencia mágica”, dice Vega, quien cuenta que Felipe López compró toda la infraestructura de la revista Alternativa, que había cerrado en 1980.

Laura Restrepo, quien también trabajó en la primera época de Semana, recuerda que Mendoza era el único que de verdad era periodista. “Todos los demás veníamos de otras ramas y estábamos iniciándonos en el oficio. Fue mucho lo que lo que Plinio nos enseñó y lo que le debemos a él”, dice.
Empezaron en una oficina en la Avenida Jiménez. Como Mendoza, que vivía en París, no tenía casa ni carro, María Elvira Samper lo recogía tipo 8 de la mañana en la casa de su hermana Elvira, donde se quedaba. “Parqueábamos arriba del parque Santander y yo tenía que esperar buenamente hasta que Plinio le diera la gana de terminar para poder volverme a mi casa, porque a las 7 de la noche subir por la Jiménez hasta llegar al parqueadero me daba miedo. Salíamos tardísimo, lo dejaba en su casa y así empezábamos el otro día”, recuerda ella.
En la nueva casa
Se trasladaron a una casa en la calle 85 entre carreras 10 y 11 que había sido la sede de la campaña liberal de López en Bogotá. A los periodistas los ubicaron en una oficina que originalmente había sido la sala de una casa de familia. "No teníamos ni siquiera una máquina de escribir para cada uno. Había unas poquitas portátiles que nos las botábamos de pupitre a pupitre y Plinio se encerraba al lado en una oficina chiquita”, recuerda. “Era de la vieja guardia, le gustaba la trasnochada. Cada viernes salían a la imprenta que quedaba en la calle 13 con carrera 30 y pico. Era un lugar helado. Plinio empezaba a leer y lo que no le gustaba lo arrugaba, lo tiraba al suelo y lo pateaba y decía: "¡Esto no sirve para nada!". A mí me tocaba recoger las hojas, si estaban rotas pegarlas con cinta pegante por detrás, volver a plancharlas y preguntarle a Plinio qué es lo que es lo que quería de ahí. Y él respondía: “Es que queman la historia desde el primer párrafo. Entonces a mí me tocaba sentarme en una banca alta frente a unas máquinas de escribir. Salíamos a las 3 o 4 de la mañana un viernes sí y otro también. Había un periodista que renunciaba por las vaciadas de Plinio y a mí también me tocaba hacer de paño de lágrimas y convencerlos de que no renunciaran, que podíamos hacerlo, entonces yo rehacía y rehacía y me dejaban en mi casa como a las 3 o 4 de la mañana, muchas veces ya saliendo el sol”.
Una de las anécdotas de Plinio Apuleyo Mendoza que más recuerda José Fernando López le sucedió durante la campaña presidencial de 1982. “Plinio quería que ganara López, con la secreta esperanza de que lo nombrara embajador en París. Pero dada la creciente popularidad de Betancur, Plinio llegó un día a mi escritorio con un legajo de papeles que a mí me parecieron las galeras de un libro aún sin editar y me pidió que escribiera un perfil del candidato conservador para la revista”.

Un par de días después, él estaba en el salón donde se había organizado el departamento de arte hablando con Ponto Moreno, diseñador traído por Plinio desde París, y el fotógrafo Lope Medina, viejo conocido de los tiempos de Alternativa, “Plinio empezó a gritar y a dar golpes en su escritorio mientras pronunciaba mi nombre”, dice López. “Ponto y Lope se llevaron las manos a la cabeza y yo bajé la mía y caminé hacia la dirección como si fuera al cadalso”. Se sorprendió cuando, en lugar de regañarlo, Plinio Apuleyo Mendoza empezó a gritar: “¡Esto era lo que yo quería, así es que tenemos que hacer las cosas!”. Fue su bautizo de fuego y a partir de entonces lo trató con amabilidad y le puso el afectuoso sobrenombre de “pequeño”, que en adelante solo usarían él y María Elvira Samper. “Para los demás, y así me quedé, sería ‘el mono’ López”.
Durante esas elecciones, Carlos Mauricio Vega no entendía por qué Felipe López quería hacer una revista política siendo el hijo del posible presidente y el nieto del expresidentes. Le preguntó qué iba a hacer si ganaba López Michelsen y le respondió: "Ojalá pierda, porque si gana, la revista se acaba”. En ese momento, Vega entendió qué tipo de periodismo quería hacer. “No era la revista Consigna, no era la revista Guion, que eran órganos de difusión de las casas políticas. Era otro tipo de periodismo totalmente distinto. Y ahí estaba Plinio en todo su esplendor haciendo dos carátulas, una si ganaba López, otra si ganaba Betancur, y dos artículos”. Como recuerda Vega, Plinio Apuleyo Mendoza escribía un primer borrador a máquina y lo tachoneaba. “Plinio era un maestro para reescribir. Me enseñó que escribir es reescribir. Uno no escribe hasta que no reescribe”. Una de sus cruzadas era ir en contra de las cinco w: “qué, cómo, dónde, por qué y para qué”, por sus iniciales en inglés. “Me enseñó que en lugar de las cinco w había que crear atmósferas, tonos, colores, tensiones… Él trajo al periodismo cotidiano esos elementos de la crónica de no ficción”.

“Plinio, que quería emular a Le Point, era muy exigente con la redacción y no se caracterizaba propiamente por su serenidad. Cuando no le gustaba algo rompía hojas, partía lápices, tiraba objetos, golpeaba el escritorio y daba alaridos que tronaban por toda la revista. Y varios de los miembros del equipo sufrieron repetidamente su irritación”, recuerda José Fernando López. Vega agrega que era pataletudo, berrinchoso y pateaba el piso como un niño chiquito si las cosas no se escribían como él creía. “Y había que adivinarle. Montaba en cólera, cogía un lápiz y lo rompía. Y también rompía cuartillas”.
En eso también coincide María Elvira Samper. “Muchas veces en que escribíamos juntos me decía lo mismo que a los otros periodistas: ‘¡Ya le dije que se está quemando la noticia en el primer párrafo!’ Varias veces me calenté y le dije: ‘¿Sabes qué? Yo te dije desde el principio que no sabía hacer esto, yo vine a aprender, entonces yo me voy’. Le renuncié como tres o cuatro veces, le tiraba la puerta y él, a los cinco minutos salía todo mansito porque era de chispa rápida, pero se le apagaba rápido. Me hacía toda clase de coquitos y yo como pendeja le decía que sí, seguimos. Cuando Plinio se fue María Elvira Samper y Felipe López se vieron a gatas para aprender a hacer la revista. “Seguíamos armándola los viernes, trabajamos hasta las 3 o 4 de la mañana y los sábados hasta las 3 o 4 de la tarde”.

Dueño de su oficio
Todos quienes trabajaron en algún momento con Plinio Apuleyo Mendoza le reconocen y agradecen sus dotes de maestro del oficio. “Con Plínio yo aprendí a los totazos, pero me quito el sombrero ante el gran periodista que era”, dice María Elvira Samper. “No solamente escribía como los dioses. Además, estaba curtido en varias plazas y tenía una tradición familiar de periodistas. Su gran virtud era el conocimiento del idioma, además tenía la capacidad de crear metáforas, era un periodismo de alguna forma literario. Plinio nos enseñó a fijarnos en los detalles, a ser muy precisos en el uso del idioma”. Sus crónicas iban al detalle, de qué color era la corbata del ministro en la reunión, qué comieron, hasta qué hora duró, qué dijeron. Eso se perdió después. Era un portento para titular porque además tenía gracia, tenía gancho. Nos enseñó a editar fotos. Destaco también su capacidad de análisis y su olfato. Le cogí gran cariño porque también me tuvo paciencia y me enseñó porque yo no sabía nada. Me decía que yo era como un general con colita de caballo, que yo editaba todo, que yo le editaba hasta a García Márquez porque de golpe escribió algunas cosas muy largas, y me tocaba editar”. Pero también dice ella que, si bien tenía método para escribir, no lo tenía para fijar una hoja de ruta, para darle prioridad a unos temas y respetar las horas de cierre. “Se cerraba todo el mismo día. Era muy difícil”.
María Elvira Samper no considera que Mendoza fuera un reportero de calle. Lo ve más como un analista, un columnista de opinión. “No se trata de darle gusto a todo el mundo ni de ser objetivo, sino de decir lo que uno piensa, gústele a quien le guste. Yo no estaba de acuerdo con sus columnas, pero cada quien es responsable de sus ideas”. Agrega ella que fue muy polémico cuando se volvió uribista. “Era defensor acérrimo de Uribe sin ver las grietas de ese gobierno, sin cuestionar las violaciones a los derechos humanos. Incluso estuvo en el homenaje al general Rito Alejo del Río, condenado a 25 años de prisión”.

Laura Restrepo recuerda: “Era un tipo muy de derechas y en general los demás redactores éramos gente de izquierda o que veníamos de trayectorias militantes o progresistas o de izquierdas. Los choques con Plinio eran permanentes, pero eso fue fantástico también para ayudarme a fortalecer mis ideas porque tenía un permanente contradictor inteligente e informado que me obligaba a afianzar mis ideas en hechos reales”.
Otro factor que resalta ella es que “Plinio y Felipe tenían contacto con el poder. Los que veníamos de la oposición atacábamos el poder, pero no lo conocíamos. Fue muy interesante como experiencia ver lo que era el poder y saber contra qué era lo que estábamos discutiendo”. A pesar de tener ideas tan distintas Laura Restrepo dice que nunca la censuró. “Te lo discutía, te lo desbarataba si podía, pero si uno le presentaba evidencias contundentes lo publicaba”.

Laura Restrepo concluye que tiene un recuerdo muy cariñoso de Plinio y un gran agradecimiento con él. “Mucho tiempo después, cuando ya no estaba yo en Semana, en mi novela El leopardo al sol’expresé mis agradecimientos al maestro que fue Plinio”.
Y Patricia Lara, fundadora de CAMBIO, quien fue amiga de Plinio durante cincuenta años y también lo buscó para que la guiara en la estructura de algunos de sus libros, dice: "Con la muerte de Plinio no sólo perdí a un gran amigo sino a un gran maestro. E él le debo, por ejemplo, el título y la estructura de mi libro Siembra vientos y recogerás tempestades, que no creo que se hubiera leído tanto y durante tantos años si no hubiera sido por la guía que para elaborarlo me dio Plinio".
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