
Uno por ciento de probabilidad: semblanza de la décima estrella de Santa Fe
El escritor Andrés Alba Escamilla reflexiona sobre el sino santafereño de desafiar la probabilidad y de hacerse grande cuando todo se confabula en contra. Sentido homenaje por la décima estrella de Independiente Santa Fe, una de las más sufridas y fascinantes de su historia.
Desde siempre, el hombre ha tenido la obsesión de predecir el futuro. Dice Adrián Paenza, matemático y divulgador argentino, que profetas, adivinos, astrólogos y científicos, todos, lo han intentado con infinidad de mecanismos sin llegar a ser infalibles. Si bien no es viable determinar con plena certeza si un fenómeno se va a producir, dice el profesor, “es posible cuantificar la esperanza de que se produzca”. A eso se le llama probabilidad y, paradójicamente, cuando la probabilidad sugiere un resultado adverso al deseado, igual, solo queda espacio para la esperanza. Solo hay lugar para la fe.
Más que la convicción en un credo, la fe es virtud y es don. Y se vive como una suerte de procesión interna, solemne pero vehemente, humana, siempre a la luz de dilemas existenciales. Por eso, dudar no es pecado ni es infracción, sino una oportunidad para tomar distancia, tener perspectiva y reforzar la convicción.

Para los santafereños siempre fue así, desde el 48, cuando la prensa y las tertulias en los cafetines capitalinos cedían deslumbradas a los de nombre opulento, al tiempo que subestimaban la competitividad de los del pecho colorado. ¡Bendito augurio!
Y no es que desagrade: ese es justamente el tipo de circunstancia que históricamente más ha favorecido. A Santa Fe le incomoda la ventaja, le cuesta gestionar la holgura. Hablo en primera persona del plural: nos contraría el favoritismo. Pero todo eso, ese trámite angustioso y extenuante, existe a cambio de vivir cada tanto un desenlace glorioso en el que la adversidad se vuelve condición y preludio indispensable para la épica. Porque con Santa Fe siempre será dramático, o no será.
Esta vez el aviso llegó en forma de probabilidad, a manera de desesperanza cuantificada. Entre otras cosas, tras el sorteo para los cuadrangulares, los hinchas rivales divulgaron con triunfalismo anticipado una pieza de información que les daba la prioridad y que sugería “uno por ciento de probabilidad” para que Santa Fe ganara la Liga previa clasificación a la final. Al margen de la autoría del cómputo y de la rigurosidad en el método, la conclusión era obvia, pues los antecedentes recientes sugerían que pensar siquiera en competir en ese grupo de campeones continentales y otros, no era más que un síntoma del delirio.

El lamentable desempeño en el cierre de 2024, la irregularidad en la fase inicial de la Liga en 2025, la eliminación prematura en la Copa Libertadores, la consecuente salida de Pablo Peirano, el interinato de Francisco López, la llegada de Jorge Bava en la mitad del torneo, los clásicos perdidos sin oposición… la evidencia parecía refrendar el sombrío cálculo de probabilidad.
Los de mi generación, la de las 6 estrellas perpetuas y los 37 años sin salir campeón, nos acostumbramos a alimentar la ilusión con victorias y reafirmaciones solo trascendentes para nosotros mismos: pequeñas señales de que eventualmente la bruma iría a disipar, señales que cobraban más valor si venían de fuera de la cancha. Si en esos tiempos un papa hubiera decidido llamarse León, tal vez, todo habría sido distinto. Pero, qué más da, nos tocó ahora. Y ahora, como nunca, toma más relevancia aquella frase de San Agustín –el que no fue arquero–: “no es bueno sufrir, pero es bueno haber sufrido”.
No se trata de una apología al desconsuelo, una experiencia que cualquiera, naturalmente, preferiría evitar. Pero no cabe duda de que entender y vivir la vida bajo esa premisa permite navegar mejor la confusión y la incertidumbre. La confusión y la incertidumbre del fútbol. De Santa Fe.
¿Qué sentido tiene aquel 1-7 en Envigado, inmediatamente después de la salida del entrenador? ¿Cuál es la razón del 6-1 en Valledupar en la víspera del cuadrangular? ¿Qué lógica hay detrás de esa definición de infarto y en cámara lenta de Yílmar Velásquez en la visita al Atanasio Girardot, al minuto 95? ¿Cómo explicar, que el momento definitivo para la clasificación a la final haya sido así? Así: era un clásico, eran locales, eran favoritos, tenían ventaja deportiva, el empate los clasificaba –con el pitazo inicial estaban adentro–, celebraban su aniversario… en fin. Era un trámite para cumplirle el sueño a un jugador. Pero había que jugarlo.
Entonces, sería un acontecimiento histórico: no solo ganamos. Los eliminamos, clasificamos a la final, La Guardia les regaló un nuevo nombre, y de paso, hicimos que el despertador le sonara más temprano de lo previsto al que dormía. Fue un clásico. ¡Qué clásico!

No cabe duda de que ese episodio debía ser la inspiración para el lema que guio la definición del título: “garra y corazón”. Nunca más preciso, y nunca mejor ejecutado en las tribunas de El Campín. El mosaico fue monumental, pero, sobre todo, lo fue el efecto de esas palabras que, si se juntaran con tantas otras proclamas santafereñas de ilusión e incondicionalidad, podrían ser el eje narrativo de una epopeya en la que lo más importante no es la hazaña, sino los valores que esta reivindica: “de esta salimos juntos”, “la fuerza de la fe”, “¡santafecitolindo!”.
Dado nuestro nombre, no hubiera sido apropiado apelar a agüeros y supersticiones herbales. En Bogotá no se cosecha la ruda. Pero en el fútbol es imposible escapar a las cábalas u omitir las advertencias del destino: fuimos el campeón número 1, íbamos por el campeonato número 10, jugábamos el torneo número 100. Estaba escrito.
Hoy, la noticia recorre el mundo. “Esse aquí é o momento mais absurdo do futebol em 2025”, dice un comunicador brasileño; “uno de los momentos más épicos en la historia del fútbol”, introduce una narración argentina; un medio británico que referencia al capitán cardenal como “Premier League cult hero”, relata: “pidió un momento más, solo una oportunidad más… cada paso parecía imposible… y ahí estuvo, en el lugar perfecto, en el momento perfecto…”. Nadie puede evitar conmoverse ante esa secuencia brutal de Hugo Rodallega y su encuentro con el dolor y con la gloria.
No importa lo que pase a continuación. Es unánime: el epílogo de su carrera fue también su consagración como ídolo de los santafereños, al lado de Cañón, Pandolfi, Leider, Omar, Seijas, Morelo… y para él, Santa Fe, el equipo en el que más jugó, en el que más goleó. El equipo con el que volvió a Colombia para intentar la gesta y ser campeón.

Desde siempre, el hombre ha tenido la obsesión de predecir el futuro. El estudio de las probabilidades sugiere que la división de los casos favorables sobre los casos posibles es la mejor manera de cuantificar la esperanza de que un evento se produzca. Uno por ciento de probabilidad, dijeron. Omitieron el 99 por ciento de fe.
Para Jacobo León, león y campeón.
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