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La Flecha Improbable
Crédito: Reuters.
Deportes

La Flecha Improbable

En una época en la que casi todo parece estar gobernado por estrategias, estudios de mercado e intereses comerciales, todavía sobreviven algunas historias que se resisten a obedecer reglas preestablecidas. Esta es una de ellas…

Por: Juan Carlos Gutiérrez A.

Durante las próximas semanas, la mayoría de las selecciones de este Mundial 2026 vestirán con algunas de las marcas más poderosas de la economía global: Adidas, Nike y Puma. Empresas capaces de facturar más dinero del que muchos países consiguen exportar. Empresas cuyos logotipos aparecen en camisetas de selecciones campeonas, estrellas multimillonarias y clubes seguidos por millones de personas. 

Y, sin embargo, entre esos gigantes de la ropa deportiva aparecerá también un nombre nacido mucho más cerca de nosotros: Saeta.

 

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Crédito: Football Kit Archive.

 

Décadas atrás, en una economía colombiana cerrada a las importaciones y con ausencia de marcas internacionales en tiendas, quienes asistíamos a los colegios en los 80 quizá recordamos, para un torneo intercolegiado, haber cotizado uniformes confeccionados por marcas locales como Saeta —protagonista de esta historia—, FSS, Patrick u otras. Uniformes asequibles que se veían tanto en las canchas de barrio como en los estadios, pues los equipos profesionales de la época también vestían camisetas de confección local.

Pero la realidad tiene anomalías, y Saeta será un protagonista impensado de esta Copa del Mundo. No vistiendo a una campeona del mundo, ni siquiera equipando a la selección colombiana… Vistiendo a Haití, y quizá por eso esta historia debe contarse.

El 12 de enero de 2010, mientras la mayoría de nosotros seguíamos con nuestras rutinas, la tierra se abrió bajo los pies de Haití. En pocos segundos desaparecieron edificios, escuelas, hospitales y barrios enteros. Más de doscientas mil personas murieron. Millones quedaron atrapadas entre los escombros de un país acostumbrado por años a sobrevivir, que ya antes era el más pobre del continente.

En medio de semejante devastación, el fútbol parecía una preocupación insignificante. Cuando una nación intenta rescatar y enterrar a sus muertos, resulta difícil pensar en campeonatos, eliminatorias o camisetas. Pero el fútbol tiene una extraña costumbre: incluso en los momentos más oscuros suele convertirse en una forma de aliento.

 

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Crédito: Reuters.

 

Para mal o para bien, la vida continúa y la selección haitiana necesitaba seguir jugando. Como su país, necesitaba volver a ponerse de pie, y fue entonces cuando ocurrió algo que ningún estudio de mercado habría podido anticipar.

A miles de kilómetros de Puerto Príncipe, esta empresa deportiva colombiana, insignificante para el mercado mundial, decidió donar uniformes para ayudar a una federación que atravesaba horas difíciles y no conseguía vestir a sus deportistas. No era una operación multimillonaria, no era una estrategia de posicionamiento global, no era una inversión destinada a conquistar mercados; era simplemente una mano tendida en forma de flecha o de rayo, pues Saeta significa eso.

Pocas personas fuera de Colombia conocían ese nombre. Pero en Haití alguien tomó nota. Y aunque el tiempo suele borrar muchas cosas, la gratitud suele tener una memoria más larga de lo que imaginamos. Años después, cuando llegó el momento de escoger quién vestiría a la selección nacional, la federación haitiana tomó una decisión poco habitual en el fútbol moderno: recordó.

 

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Crédito: Reuters.

 

Haití y su federación recordaron quién apareció cuando nadie parecía interesado, recordaron quién ayudó cuando no había cámaras ni patrocinadores observando, recordaron quién estuvo presente cuando el beneficio económico era inexistente y decidieron confiar en esta empresa colombiana. Desde entonces, Saeta y Haití emprendieron un viaje incierto, lejos de grandes escenarios y sin garantías.

Pero el fútbol, como la vida, de vez en cuando produce historias que desafían la lógica. Quince años después de aquel terremoto, Haití está por segunda vez en una Copa del Mundo. Lo consiguió, además, sin poder jugar en casa, porque la violencia de las bandas armadas le arrebató incluso su estadio y convirtió la localía en una forma más del exilio. 

Haití no llegó porque tuviera el camino despejado, ni Saeta porque tuviera reconocimiento internacional; la marca está allí porque una decisión tomada en medio de una tragedia terminó convirtiéndose en una relación construida sobre algo que rara vez aparece en los balances financieros: la gratitud.

 

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Crédito: Reuters.

 

Quizás por eso el nombre resulte tan apropiado. Las flechas suelen llegar a su destino por la fuerza con la que son impulsadas, aunque esta, en cambio, parece haber llegado impulsada por la memoria y la lealtad. Tal vez por la convicción de que quien extiende la mano cuando más se necesita no debería ser olvidado cuando llegan los días de celebración.

Mientras las grandes marcas del planeta, algunas salpicadas por escándalos de corrupción de la FIFA, exhiben su poder en los estadios mundialistas y visten selecciones prestigiosas, una pequeña empresa colombiana ocupará discretamente un lugar entre ellas, además, con un diseño que honra la sufrida historia haitiana. Se trata de una noticia que, si bien ha aparecido en la prensa local, no deja de ser una de las historias más hermosas de esta Copa del Mundo: la historia de una flecha improbable que tardó quince años en alcanzar su destino.

 

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Crédito: Reuters.
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