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Trump en China
Internacional

Trump en China: el mismo viaje, otro país. Por Hans Blumenthal

Trump llega con exigencias. China llega con una estrategia. Ambos necesitan algo del otro — pero solo uno de los dos sabe probablemente con exactitud qué. | Foto: La Casa Blanca

La segunda visita de Donald Trump a Beijing: lo que China ha hecho de sí misma en estos años, y por qué. Análisis de Hans Blumenthal.

Por: Hans Blumenthal

China ha alcanzado a Estados Unidos en energías alternativas, construcción naval, Inteligencia Artificial e investigación científica de punta y, en ocasiones, los ha superado. Lo que hizo posible ese ascenso fue una confluencia singular de condiciones históricas — capacidad estatal, ethos educativo, identidad colectiva y pragmatismo radical — con una coyuntura histórica igualmente poderosa: la humillación de las guerras del opio y el despedazamiento colonial como motor, la globalización como oportunidad y el Partido Comunista de China (PCCh) como instrumento de conducción.

El 14 de mayo de 2026 aterrizará Donald Trump en Beijing para su segunda visita de Estado. En la primera, recién llegado al poder en 2017, China era vista como una gigantesca fábrica global: tecnológicamente dependiente del saber hacer occidental, claramente inferior en lo militar, en crecimiento económico, pero aún lejos de una paridad. La agenda de la cumbre reflejó ese desplazamiento: Trump llegó con exigencias como tener acceso a ‘tierras raras’, poner fin del flujo de precursores de fentanilo, y disponer de más cuota de mercado para exportadores estadounidenses. Xi Jinping lo recibió también con exigencias: contención en los envíos de armas a Taiwán, flexibilización de los controles de exportación de semiconductores y reconocimiento de China como potencia en igualdad de condiciones.

Las razones del éxito

Factores históricos: la humillación, el retorno y el Estado competente

Entre 1839 y 1949 —desde la primera guerra del opio hasta la fundación de la República Popular— China fue humillada, ocupada, saqueada y desmembrada por potencias occidentales y por Japón. Los chinos llaman a ese período el Siglo de la Humillación —un trauma colectivo vivo que convierte el ascenso en obligación moral, no en proyecto político.

La sinóloga vienesa Susanne Weigelin-Schwiedrzik propone una corrección decisiva al término “ascenso”: China no asciende —regresa. Durante siglos, el Imperio del Centro fue la potencia dominante del mundo; el período colonial fue la excepción, no la norma. Beijing no se percibe como retador del orden occidental, sino como restaurador de un orden legítimamente suyo.

China lleva dos milenios —desde la dinastía Han— construyendo un Estado burocrático y altamente competente. El pensamiento confuciano ve al gobernante como administrador del bien común, que pierde su mandato si falla. Beijing instrumentaliza también la figura del almirante Zheng He, quien entre 1405 y 1433 recorrió Asia y África con 300 naves sin fundar colonias, solo redes de tributo y comercio, un relato que resuena en el Sur Global.

Pragmatismo radical sin trascendencia

China no tuvo una religión monoteísta que juzgue el mundo terrenal según criterios del más allá. El confucianismo, el taoísmo y el budismo chino están orientados hacia esta vida —armonía y orden en este mundo. Tras la muerte de Mao en 1976, fue Deng Xiaoping quien impulsó el renacer de China con un programa explícitamente pragmático, subordinando la ideología a la supervivencia económica del partido. Su frase “No importa el color del gato…” es más que realpolitik —es herencia cultural.

La política de apertura de Deng fue una secuencia deliberada: absorber capital y conocimiento occidental —sustituir— dominar. Mientras en Estados Unidos las empresas controlan el acceso a la IA, China lo abre a la sociedad. DeepSeek es el ejemplo más reciente: su modelo R1 (2025), de código abierto, llevó a Trump a hablar de una “llamada de atención”.

Que un partido comunista aplique una política capitalista de Estado no es contradicción —es método. Desde Deng, el PCCh define a China como en la “fase primaria del socialismo”. El politólogo Joseph Fewsmith lo explicó en China since Tiananmen (2001): Marx permanece —, que el partido no puede renunciar a Marx sin perder toda legitimidad..

Ensayo y error + largo plazo como método

Sebastian Heilmann, del Instituto Mercator de Estudios sobre China, acuñó el concepto de gobernanza adaptativa: experimento permanente, error como aprendizaje y rápida escalabilidad.

El plan ‘Made in China 2025’ definió sectores clave. Según Bloomberg Intelligence, China lidera en trenes de alta velocidad, grafeno, drones, módulos solares y vehículos eléctricos. BYD pasó de 70.000 vehículos (2015) a 4,27 millones (2024).

La inversión en semiconductores superó los 150.000 millones de dólares. Las democracias, sujetas a ciclos electorales, tienen dificultades con la política industrial de largo plazo.

El colectivo como unidad básica

En China, la unidad básica es el colectivo —familia, empresa, nación. El ethos educativo confuciano instala el saber como vía de ascenso. China produce 1,3 millones de ingenieros al año frente a 130.000 en Estados Unidos.

Dan Wang, en Breakneck (2025), habla de una diferencia civilizatoria: Occidente es gobernado por abogados, China por ingenieros.

Un kilómetro de tren cuesta menos en China; en las fábricas de Xiaomi sale un vehículo cada 76 segundos. Jake Sullivan señala en Foreign Affairs (2026): la ventaja está en la escala.

El plan ‘Healthy China 2030’ apuesta por la prevención. China gasta menos en salud, pero logra 79 años de esperanza de vida. Además, mantiene reservas estratégicas de alimentos y energía —una arquitectura de resiliencia.

Conclusión del modelo

El ascenso chino resulta de una confluencia entre condiciones propias y coyuntura histórica. No prueba la superioridad del autoritarismo, pero sí la eficacia de la capacidad estatal, cohesión cultural y visión de largo plazo.

El balance: lo que surgió en nueve años

Economía y comercio: China es la mayor economía mundial en PPA (~20 por ciento), con un sector manufacturero del 29 por ciento global y un superávit de 1,2 billones de dólares (2025).

Tecnología y ciencia: En el Nature Index, la Academia China de Ciencias lidera. Harvard cae al puesto 8, Stanford al 16.

Energías alternativas: China produce el 80 por ciento de paneles solares, 60 por ciento de turbinas eólicas y controla 69,4 por ciento de baterías.

Fuerzas militares: La ventaja de Estados Unidos en el Indo-Pacífico se ha reducido a dos tercios de 2017.

Política exterior: huella global

La expansión se da vía la Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR), la alianza con Rusia (2022) y la influencia económica sin uso de fuerza militar.

En América Latina, China es ya socio principal en gran parte de la región. El académico Enrique Dussel Peters llama a este modelo “globalización con características chinas”.

Lo que Occidente no ve

Marina Rudyak, en Diálogo con el dragón (2025), explica la “racionalidad relacional” y el concepto de guanxi: relaciones de largo plazo por encima de transacciones.

Trump negocia de forma transaccional; Xi, relacionalmente.

Los riesgos de China

Kai Strittmatter, en La reinvención de la dictadura (2018), advierte sobre el Estado de vigilancia: reconocimiento facial, crédito social, censura y control digital total.

China enfrenta además una crisis demográfica, dependencia de chips (Nvidia) y una creciente concentración de poder en Xi Jinping.

Beijing, 14 de mayo de 2026

Cuando Trump aterrice en Beijing, encontrará una China más fuerte, más segura y mejor preparada. Estados Unidos sigue siendo la mayor potencia individual, pero la asimetría de 2017 desapareció. Trump llegó con exigencias. China llegó con una estrategia.

Ambos necesitan algo del otro —pero solo uno sabe exactamente qué.

PD: En el artículo no se abordó el papel cada vez más relevante que ocupa el grupo de los países BRICS en la escena internacional, ni el rol que China desempeña dentro de él. Ese tema quedará para otra ocasión.

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