LA ERA ABELARDISTA

Este viernes 7 de agosto Colombia tendrá un nuevo presidente de la República, con todas las inquietudes y expectativas que genera esta inédita transición de un gobierno de izquierda a uno de derecha.
Transición que está resultando complicada e inquietante. El fallido empalme presidencial es de por sí mal síntoma y algo sin precedentes, que plantea más de una incertidumbre sobre el futuro inmediato. ¿Cómo será el corte de cuentas? ¿Qué es lo que se entrega? ¿Cómo procesará el gobierno entrante la situación e información que recibe?
Al cuestionar la legitimidad de la elección de De la Espriella y proyectarse como el líder del Pacto Histórico, Petro confirma su intención de reconfigurar a una izquierda radical como primera fuerza de oposición al nuevo gobierno. Falta ver cómo le resulta la jugada.
Y ya de regreso a la oposición —de eso sí sabe—, también hay que ver cómo se ubicará frente a la izquierda armada (ELN y disidencias de las Farc), con la que buscó infructuosos acuerdos —salvo la desmovilización de los 99 guerrilleros del sur del país—, y cómo resuelve sus propios problemas jurídicos y personales.
Ante este panorama, en un país aún muy polarizado, pero cuyo nuevo gobierno contará con el respaldo de Trump y del numeroso bloque de mandatarios latinoamericanos de derecha, se inicia, pues, lo que sus seguidores más entusiastas proclaman ya como “la abelardista”, que se supone traerá una gestión gubernamental menos desordenada, con mayor eficiencia práctica y visión de futuro. Dedicarse a escarbar el pasado, a desmontar la JEP o a cazar viejos y desgastadores pleitos no sería el mejor comienzo. Ganas no le han faltado, pero lo cierto es que Abelardo tiene hoy un discurso más propositivo y concreto.
Ha reiterado su ultimátum a los grupos armados para que cesen ya sus ataques, y cualquier efecto positivo que esto pueda tener lo fortalecería. Es una apuesta arriesgada porque la ha reducido a una semana y cargamos con demasiados fracasos en el empeño pacificador del Estado. Pero, para una sociedad hastiada de violencia política, delincuencia extorsiva y fallidos procesos de paz, la contundencia misma del mensaje despierta la ilusión de que algo podría cambiar.
No sobra preguntarse, empero, si la necedad, que no necesidad, de asumir el poder en una ceremonia que rompe con la tradición histórica —iba a ser en una guarnición militar del Cauca y luego en una universidad de Cali— presagia lo que será un estilo de gobierno voluntarioso y vanidoso. Revela, en todo caso, el deseo de protagonizar una vistosa transmisión del poder que ilustre bien hasta dónde el poder ha cambiado de manos.
“El estilo es el hombre”, decía el conde de Buffon, y ya es evidente que Abelardo de la Espriella quiere destacarse por imponer un estilo propio. Sus anuncios de que despachará desde Barranquilla y otras ciudades (¿adiós, Casa de Nariño?), de que firmará 90 decretos en su primer día y de que eliminará o privatizará más de cien entidades estatales dan fe de su intención de entrar golpeando duro.
Respecto de los grupos armados, aseguró en estos días que “la cosa es muy sencilla”: o se someten ya o serán sometidos con las armas de la ley. Ojalá fuera así de sencillo.
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Plinio Apuleyo Mendoza fue un personaje complejo, contradictorio y genial. Lo traté a lo largo de varios años, en París y en Bogotá, aunque no me tocó su primera época de izquierdista “comecandela”, cuando regañaba a García Márquez, su entrañable amigo, por falta de conciencia revolucionaria, para años después reprocharle su amistad con la Cuba revolucionaria de Fidel Castro. El brinco de Plinio fue grande.
Años de fuga y El día que entregamos las armas son dos estupendos relatos suyos donde ya se olfateaba su escepticismo con la causa marxista, que transformó luego en una furiosa cruzada periodística que lo consagró como el vocero más destacado de la derecha y los militares en esa época turbulenta.
Más allá de lo ideológico, el distanciamiento con su compadre Gabo se agudizó tras una infidencia de Plinio (le fascinaban los chismes) sobre amoríos del Nobel, que publicó en su libro La llama y el hielo y que produjo una reacción fulminante de Mercedes Barcha, la Gaba, quien decidió “cancelar” al padrino del primero de sus hijos. Duro para Plinio. Incómodo para Gabo. Y tema suculento para la chismografía intelectual izquierdosa.
Además de su talante boyacense y su sardónico sentido del humor, recuerdo de Plinio su afición por la controversia. Le fascinaba discutir y confrontar puntos de vista. Entre más derechista se volvía, más quería escuchar críticas. Para poder polemizar.
Fue un maestro del oficio y no olvido su obsesión por la brevedad, la importancia de sintetizar una gran idea en un título de dos líneas, el respeto por las normas del lenguaje y el irrespeto por los dogmas periodísticos gringos. Y, sobre todo, su devoción por la originalidad como valor supremo.
No recuerdo bien en qué momento Plinio dio la voltereta ideológica que lo aterrizó en la derecha radical. Motivos de decepción no faltaban. El desplome de las dictaduras comunistas en Europa Oriental y el ruinoso fracaso del modelo soviético hablaban por sí mismos. Casi toda la intelectualidad europea que simpatizaba con Moscú viró hacia la socialdemocracia. Plinio Apuleyo (decían que con ese nombre tenía que dedicarse a escribir), que era un tipo sanguíneo y visceral, fue mucho más allá en su rechazo a la antigua causa.
Ahí nos distanciamos en lo político, aunque no en lo personal. Continuamos conversando, tomando vino aquí y allá y discutiendo, a veces con excesivo ardor, lo que pasaba en el mundo, pero sobre todo en Colombia.
Yo le reprochaba sus mal disimuladas simpatías por el paramilitarismo y él me decía que yo seguía bajo el embrujo de un socialismo fracasado y se burlaba con venenosa ironía de los líderes de la izquierda. Era un agudo y acelerado conversador, que se tragaba las palabras en su afán por discutir y convencer. Y por provocar, porque era bueno para el vainazo retador.
Se fue Plinio a los 93 años. Pero queda el recuerdo de su espíritu siempre talentoso y polémico.
P. S.: Lastimoso que Petro remate su gobierno con el escándalo de las hermanitas Guerrero y la contratación frenética de miles de funcionarios a cargo del tesoro público.
Una cosa es perder la cabeza ante una belleza morena y otra es perder el sentido de las proporciones como gobernante. Haber cambiado de ministros cada 21 días es un récord de inconsistencia que pasará a la historia.
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