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País

El adiós a Rodrigo Pardo

Los amigos y familiares de Rodrigo Pardo se reunieron en el Gimnasio Moderno para hacerle un homenaje a un hombre que dejó huella en el periodismo colombiano. María Elvira Samper, cercana como pocos a Rodrigo, fue la encargada de escribir estas palabras que hoy CAMBIO reproduce.

Por: María Elvira Samper

Quiero agradecer a los colegas que delegaron en mi la tarea de decir unas palabras en homenaje a Rodrigo. Tarea difícil porque se han hecho tantos y tan elogiosos y merecidos comentarios sobre él, que no encuentro algo original o diferente para honrar su memoria.

Todos saben que era discreto y de modales suaves, buen jefe, un papá manso y cariñoso, un abuelo alcahueta, buen consejero y amigo, coqueto y socarrón, maratonista y sectario solo en materia de fútbol y verduras, a las que detestaba sin reservas, y que logró convencer a su hijo Daniel de que Millos bien valía una misa.

Lo que no sé si saben es que de no haber sido periodista le hubiera gustado ser fotógrafo; que no olvidaba el gol de Freddy Rincón con la Selección Colombia en el Mundial del 90 en Alemania; que entre Pelé, Maradona y Messi, se quedaba con Messi; que un partido memorable fue en el que Millos y Cali empataron 0-0 y que le dio a su equipo del alma el puntico que necesitaba para ganar la décima estrella; que sufría síndrome de abstinencia si no tenía un radio, el celular y el Ipad a la mano; que su héroe de ficción era Batman y que los de carne y hueso tenían pies de barro y se le habían ido cayendo uno tras otro…

Lo conocí en el año 82, en los precarios comienzos de una nueva etapa de la revista Semana, la aventura periodística que emprendió Felipe López por la que nadie daba un peso. La apuesta, no exenta de razones, era la de que iba a ser uno más de los medios funcionales a los partidos, en este caso al partido liberal. Entonces, hacinados en la sala de una casa en la calle 85 que había sido sede de la campaña de López Michelsen, Rodrigo, muy joven, y yo, con varios años de más, nos subimos a ese barco para navegar por las procelosas aguas del periodismo en momentos en que Belisario les tendía el ramo de olivo a las guerrillas. Ese oficio no siempre bello y no siempre bien entendido, nos convirtió en eslabones de una tradición forjada por nuestros abuelos, Roberto García-Peña y Luis Eduardo Nieto Caballero, de quienes heredamos los principios liberales y los ideales democráticos, y una de las más importantes lecciones de nuestras vidas: la independencia…El liberalismo, como escribió su hijo Daniel en El Espectador, fue su credo y también el hilo que nos unió y con el que tejimos una amistad serena como era todo lo suyo.

Doce años estuvo extraviado entre las hieles de la política y las mieles de la diplomacia, doce años que le sirvieron para conocer los entramados del poder, para templarse en las crisis y para confirmar que, definitivamente, lo suyo era el periodismo, oficio que ejerció con pasión pero sin apasionamiento, con convicción pero sin fundamentalismo, con conocimiento pero sin soberbia, con la claridad de que una cosa es informar, otra opinar y otra muy distinta analizar. Y analizar fue lo suyo.

Nos volvimos a encontrar en una sala de redacción en 2007, él como director y yo como editora de la revista Cambio, entonces bajo la égida de El Tiempo y la presencia conquistadora de Planeta. Allí trabajamos hombro a hombro durante cerca de cuatro años con un equipo pequeño pero comprometido, que bajo su tutela hizo investigaciones serias y destapó ollas podridas; un puñado de redactores que respetaba y admiraba su jefatura sin imposturas e imposiciones, las puertas abiertas de su oficina, la sencillez con la que sustentaba sus argumentos. Nos botaron como perros, dos veces como para que no quedara duda. Salimos con la cabeza en alto en medio de una calle de honor y una salva de aplausos de los periodistas de la casa editorial. Un momento triste, pero a la vez de enorme satisfacción. Un golpe que encajamos con el orgullo de haber honrado la herencia de nuestros abuelos, un jab de derecha que nos demostró, una vez más, que el camino de la libertad de prensa está sembrado de minas, que la cercanía entre los dueños de los medios y los poderes político y económico, permite que gobernantes, políticos y empresarios se sientan con patente de corso para meter las narices en los contenidos y, sobra decir, para pedir cabezas. Pero como escribió ese gran escritor y periodista que fue Tomás Eloy Martínez, entendimos que “el despido, más que una ignominia, es un orgullo, literalmente, una medalla”.
No hubo medio que le fuera ajeno y en el que no dejara huella. Su gran legado fue dejar cimientos, no fachadas. Fue un ejemplo de honestidad intelectual y de decencia en los actos y en las palabras. No quería ser importante y acumular likes, como tantos hoy, para sentirse influyente, pero influía en quienes trabajamos con él. Ajeno a los oropeles del poder y de la fama, y alérgico al amarillismo y a los escándalos para ganar lectores o audiencia, la ponderación, la ecuanimidad y el equilibrio fueron su marca de fábrica.

En una entrevista que le hice hace algunos años dijo que le temía al fundamentalismo con poder, que al periodismo colombiano le sobraba militancia política y arrogancia, que le faltaba creatividad y análisis, y que lo bueno y lo malo del oficio para quien tiene vocación, es que no se puede ser feliz haciendo otra cosa. Creo que Rodrigo fue feliz.

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