
"El domingo elegimos en democracia nuestro destino compartido": Pronunciamiento de Francisco De Roux
El padre Francisco de Roux comparte una reflexión sobre el voto consciente, la reconciliación y la responsabilidad colectiva de construir un proyecto común para Colombia.
Por: Francisco de Roux
Cuando los jesuitas eligen al Superior General, los electores se encierran durante varios días para escucharse unos a otros. Cada uno sopesa quién puede ser la persona más apta para ser el líder espiritual del momento. No hay lugar para el proselitismo. Solo el discernimiento. El día de la elección oran en silencio y, al concluir, votan en secreto. Después, aceptan el resultado como un mandato.
Desde esa experiencia me acerco a la elección de presidente de Colombia. Tengo amigos y amigas que votarán por Iván Cepeda o por Abelardo de la Espriella. Conozco las razones de cada uno de ellos y las respeto. Soy consciente de que elegimos desde nuestra libertad, influenciada por nuestra historia: la familia, la cultura y las búsquedas intelectuales. Y también por los intereses, los temores y las esperanzas.
Desde esa formación, en el discernimiento colectivo acepto de antemano como presidente a quien sea elegido, así yo no haya votado por él. Lo hago con la determinación de trabajar, desde el lugar que me corresponde, por la reconciliación.
En los Defensores de la Patria, en el Pacto Histórico y en los que defienden el voto en blanco hay personas que buscan sinceramente lo mejor para Colombia y no son enemigos. No obstante, la agresividad de las campañas a la presidencia demostró que aún estamos lejos de construir un proyecto común.
Por eso invito a que en estos pocos días dediquemos tiempo para conocer la historia, las cualidades y los planes de los candidatos. Los invito a liberarse de presiones familiares, sociales o empresariales y a soltarse de las redes sociales. Que cada persona se permita ejercer el criterio propio y vote a conciencia.
Con un llamado al discernimiento, quiero poner también ante ustedes mi sentir. He vivido muchos años en barrios populares y comunidades campesinas. Conozco la grandeza de nuestro pueblo: creativo y diverso, sus luchas por la supervivencia y su tenacidad frente al sufrimiento. Conozco los esfuerzos de algunos sectores de las élites para construir Estado e instituciones y promover el desarrollo. Es verdad que hemos logrado grandes avances, pero tenemos un largo camino por recorrer. Hoy, Colombia sigue siendo un país inmensamente rico y brutalmente desigual y violento.
Por esto, al analizar quién puede ser presidente veo que no sirven los discursos y montajes de campaña. Me mueve quien haya vivido en terreno y conozca en su piel el dolor de la gente y haya perseverado en la búsqueda de la verdad y los derechos de las víctimas de todos los sectores. Que conozca la lucha de la no violencia por superar la exclusión y la inequidad y, desde allí, haya trabajado por la paz, con aciertos y también con errores porque estos enseñan que, para no repetirlos, hay que construir y acordar con los otros y rodearse de personas idóneas.
Alguien que acoja en los seres humanos marginados el derecho a ser gestores de la democracia y su capacidad de producir valor y les articule con el desarrollo empresarial. Alguien que haya estado en las tareas de protección de la naturaleza al lado de las comunidades y los resguardos. Que, por el servicio a una nación frenada por la desconfianza, esté dispuesto a superar los odios y aceptar el reto de la reconciliación.
Espero que esa persona, al llegar a la presidencia, asuma el desafío de la seguridad desde la protección de todas y cada una de las personas, la vida querida y la confianza; y no desde las armas y el miedo. Y sea alguien dispuesto a asumir el riesgo de irse a fondo en la liberación del país de la corrupción y del narcotráfico.
Sobre todo, espero que quien asuma la presidencia sea portador de la sabiduría y la humildad para comprender que la causa a la que entrega su vida es más grande que su propia persona.
El próximo domingo elegiremos presidente. Pero al día siguiente seguiremos siendo un solo pueblo que comparte la misma historia, los mismos dolores y las mismas esperanzas. Ojalá tengamos la madurez de aceptar el resultado con serenidad y de escuchar a quienes piensan distinto. A partir de ese día tenemos el desafío de trabajar juntos por una nación que nos merecemos y de la que todas y todos somos responsables.
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