
Esta semana, el profesor Julián de Zubiría publicó un texto que llama a una urgente reflexión: “La salud mental de los jóvenes del mundo se encuentra en cuidados intensivos”. Su análisis, además de preocupante, es muy pertinente. A raíz de una situación en mi familia —que me ha impactado enormemente— he venido leyendo sobre este problema con mayor detenimiento y he encontrado diversos argumentos que suscitan enorme inquietud.
Algunas cifras permiten comprender la magnitud del fenómeno. Según UNICEF (2025), en España el 92,5 por ciento de los adolescentes utiliza redes sociales. De estos, el 59 por coiento pasa cuatro horas diarias frente a las pantallas. En Estados Unidos, de acuerdo a un informe del director general de Sanidad de Estados Unidos (2023), el 95 por ciento de los jóvenes entre 13 y 17 años utiliza una red social y dedica más de tres horas al día. ¿Cuáles son las consecuencias de esa situación que se reproduce en muchos países del mundo? Un estudio global de Sapiens con 28.000 jóvenes llegó a la conclusión de que el acceso temprano a los teléfonos inteligentes se asocia a mayores dificultades emocionales. Y a nivel global, la Organización Mundial de la Salud estima que uno de cada siete adolescentes padece algún trastorno mental (OMS, 2022). Jama Network (plataforma de referencia para los últimos avances en la aplicación de la Inteligencia Artificial en la medicina) ha hecho experimentos (2025) que muestran que una pausa de una semana en redes reduce significativamente síntomas de depresión, ansiedad e insomnio.
El profesor De Zubiría señala tres factores estructurales para el deterioro de la salud mental de los jóvenes en Colombia: el acceso temprano a dispositivos digitales, la sobreprotección en el mundo físico y la desprotección en el entorno virtual. Su llamado es contundente: se requiere, entre otras cosas, de una movilización conjunta entre familias, Estado, escuelas y jóvenes para restringir el uso de pantallas en la infancia, fortalecer vínculos afectivos y cuestionar el modelo de consumo que atraviesa estas dinámicas.
Quisiera centrarme en uno de estos elementos: el impacto de las plataformas digitales en la salud mental infantil y juvenil, visto no solo como un problema clínico o educativo sino como un fenómeno profundamente cultural.
El punto de partida es importante: el problema no es solo cuánto tiempo pasan los jóvenes en redes, sino el tipo de cultura que esas plataformas producen y reproducen. Nos encontramos ante entornos diseñados bajo la lógica de la economía de la atención, donde cada segundo de permanencia es un negocio. Para ello, se recurre a mecanismos que estimulen las notificaciones, los likes, las recompensas impredecibles, acciones que generan conductas compulsivas. No es casual que hoy se hable de ansiedad por desconexión, miedo o dependencia psicológica en la vida cotidiana.
Probablemente, una de las características más importantes de este fenómeno es la transformación de la identidad personal en un fenómeno público, cuantificable y permanentemente evaluado. El reconocimiento se traduce en seguidores, reposteos y likes mientras la cultura digital produce una lógica de comparación constante que afecta gravemente la autoestima, especialmente en etapas formativas del ser humano.
La cultura entendida como el conjunto de prácticas, valores y formas de sentido que organizan la vida social está siendo reconfigurada por las plataformas digitales. Se imponen valores como la inmediatez, donde todo debe suceder ya; el del rendimiento, donde cada experiencia debe ser productiva y visible ante la sociedad; y el de la exposición, donde lo privado se desvanece en lo público.
Las consecuencias son ya evidentes en niñas, niños y jóvenes. A nivel psicológico, aumentan la ansiedad, la depresión y el insomnio. A nivel social, se profundiza el aislamiento: jóvenes hiperconectados, pero solos. A nivel cognitivo, se deterioran la atención y la capacidad de concentración. Y a nivel conductual, emergen nuevas formas de adicción que sustituyen a las tradicionales (alcohol, tabaco, drogas). Probablemente, nos encontramos ante un nuevo paradigma de adicciones relacionadas con el uso compulsivo de las plataformas digitales.
Junto a este paradigma preocupa el aumento geométrico de la violencia digital y el ciberacoso. Más del 60 por ciento de los jóvenes ha experimentado algún tipo de agresión en línea, en donde, según señaló Naciones Unidas (2023), las mujeres son las principales víctimas de acoso, matoneo y agresiones digitales.
Para comprender la profundidad de este fenómeno, es necesario reconocer que no se trata simplemente de herramientas tecnológicas, sino de un modelo cultural y económico. Las plataformas operan bajo una lógica que traduce la experiencia humana en datos, los datos son utilizados en formas del mercadeo y ese mercadeo se convierte en algoritmos cuidadosamente diseñados para modificar conductas. Alguien dirá que la metodología no es nueva y es cierto, pero pasamos del mercadeo que reinó durante décadas a lo que hoy llaman “mercadeo conductista” en un nivel sofisticación nunca antes visto.
En este sentido, la discusión sobre salud mental juvenil es inseparable de una reflexión cultural más amplia. No estamos ante una generación “más frágil”, “de cristal”, cómo se dice en algunos círculos, sino ante una generación formada en un ecosistema que incentiva la autoexposición, la comparación permanente y la dependencia emocional de la validación pública.
Frente a esto, la respuesta no puede limitarse a regular el tiempo de pantalla. Se trata de una tarea cultural: reconstruir espacios de encuentro presenciales, no mediados por plataformas, retomar el silencio, la atención y las relaciones humanas, y cuestionar un modelo virtual que convierte cada emoción en mercancía.
Hablar de salud mental juvenil es, en el fondo, hablar del tipo de cultura que estamos generando. Y en esa conversación, lo que está en juego no es solo el urgente bienestar de los jóvenes, sino también la forma misma en que queremos habitar nuestro tiempo, qué tipo de humanidad queremos defender y hacia dónde queremos orientar el futuro.
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