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David García

Las palabras y las castas

Durante décadas, la humanidad pareció avanzar —con enormes sacrificios— hacia el reconocimiento de derechos humanos y civiles y la visibilidad de comunidades históricamente excluidas. Sin embargo, algo muy preocupante está ocurriendo: mientras esos avances formales —expresados en resoluciones, constituciones y leyes nacionales— se consolidan, el lenguaje público comienza a moverse en sentido contrario.

No se trata solo de un retorno al racismo explícito. Es algo más sofisticado, más difícil de evidenciar y, por eso mismo, más peligroso.

Isabel Wilkerson (ganadora del Premio Pulitzer, 1994), en su libro Casta: el origen de lo que nos divide, señala que el racismo es, además de un conjunto de prejuicios o actitudes, la expresión visible de un sistema más arraigado y profundo, un sistema de castas. Es decir, una estructura social que clasifica, muchas veces de forma imperceptible, el valor de los seres humanos en una sociedad.

Wilkerson no se limita a un país o a una época: conecta tres periodos y países de la historia: India, Estados Unidos y la Alemania nazi, para evidenciar un patrón común. En todos los casos hay jerarquías que se naturalizan, se heredan y se justifican.

Se trata de un meticuloso orden social que va más allá del odio. Ese orden se sostiene en mecanismos reconocibles: la idea de que la posición social es heredada y no depende del mérito; la deshumanización de grupos enteros, representados como peligrosos o inferiores; la estigmatización permanente que persiste incluso cuando algunos individuos logran sobresalir; y, quizás lo más inquietante, la capacidad de justificar todo lo anterior como algo “normal”, incluso necesario.

La pregunta, entonces, no es si estos sistemas existieron. La historia y los hechos lo demuestran. La pregunta es si a pesar de los avances democráticos estos sistemas excluyentes desaparecieron realmente.

Los datos recientes indican que no. En distintos lugares del mundo, el discurso contra comunidades negras, pueblos indígenas y migrantes no solo persiste, sino que se ha intensificado. Organismos internacionales advierten que una proporción significativa del discurso de odio en redes está dirigido contra minorías. En varios países, los delitos de odio han aumentado de manera sostenida en los últimos años. Y, algo quizás más revelador, el endurecimiento del lenguaje no ocurre de manera marginal, sino en escenarios institucionales: parlamentos, campañas electorales, discursos oficiales. Sin embargo, lo más relevante no es solo el aumento cuantitativo, sino el cambio cualitativo.

Hoy, estas ideas rara vez se presentan como racismo. Se expresan en términos de “seguridad”, “orden”, “mérito”, “defensa de valores” o “defensa de lo nacional”. Se construye una narrativa en la que ciertos grupos son asociados con amenaza, desorden o carga social. Y bajo ese lenguaje aparentemente razonable, se reactivan jerarquías arquetípicas.

Desde la lógica de la casta, esto no es un accidente. Es una reacción.

A medida que las sociedades avanzan en inclusión y derechos, los sistemas jerárquicos no desaparecen: se adaptan. Cambian de forma, de vocabulario, de justificación. Pero conservan su función esencial: mantener un orden en el que algunos ocupan sistemáticamente posiciones inferiores.

Por eso, lo que hoy se presenta como debate político —especialmente en periodos electorales— sobre seguridad, orden, identidad o migración, muchas veces es algo más profundo: un intento de restablecer, bajo nuevos lenguajes viejas jerarquías sociales.

El riesgo más que moral es estructural. Cuando una sociedad acepta que ciertos grupos pueden ser descritos de manera sistemática como problema, amenaza o lastre, está sentando las bases para formas más abiertas de exclusión. La historia muestra que ese proceso no solo es verbal, puede llevar incluso a la violencia contra esos grupos. Así las cosas, la cuestión es más preocupante de lo que quisiéramos admitir: no estamos frente al regreso de algo superado, sino frente a la persistencia de estructuras que nunca se fueron. Estructuras que aprendieron a hablar el lenguaje de la democracia.

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