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Marta Ruiz
Puntos de vista

Chao Petro

Lo que más recuerdo es un mechón de pelo. Hace cuatro años asistí a la posesión de Gustavo Petro. Era un día de sol y viento, con un cielo azul intenso que servía de fondo a la esperanza. El nuevo presidente comenzó su discurso tarde, después de esperar la llegada de la espada de Bolívar. Cuando empezó a leer, un mechón de pelo largo y crespo se le venía al rostro una y otra vez.

Con la elocuencia que lo caracteriza, habló del fin de las estirpes condenadas a cien años de soledad y del advenimiento de un tiempo nuevo. Se comprometió con la paz, con cerrar definitivamente un siglo de violencia y con la reconciliación entre los colombianos. Después describió las reformas que atacarían de raíz la desigualdad y la pobreza; de su respeto irrestricto por la Constitución y del tema que más odios le ha granjeado: un modelo económico diferente, que respetara la naturaleza y los derechos de los trabajadores. Con la espada como testigo de sus promesas, por fin se sentía presidente. Al final de la tarde, ese molesto mechón encontró su lugar en su cabeza.

Esa tarde volví a mi casa con varias preguntas entre pecho y espalda. ¿Sería Petro un reformista capaz de concertar? ¿Sería un revolucionario decidido a cambiar los balances del poder? ¿Cuál sería su estrategia? ¿Cuáles serían sus prioridades? ¿Conocía los límites de su propio poder?

Llegó la hora del balance, que no es fácil, porque en Petro conviven varios personajes. Para sus más conspicuos defensores es el hombre incomprendido que intentó saldar una deuda histórica con los excluidos; para sus detractores, casi todos mediáticos, un irresponsable que llevaba al país al abismo. Pero en estos cuatro años no fue ni demonio ni santo varón. En Petro conviven un líder político férreo y un ser humano lleno de contradicciones. 

Como líder político, Petro fue creativo y audaz. Instaló en el centro del debate asuntos que durante décadas habían permanecido aplazados: la desigualdad, la tierra, la transición energética, el abandono de las regiones y la dignidad de los excluidos. 

Convirtió en realidad lo que durante años fue, en buena medida, letra muerta de la Constitución de 1991: la diversidad. Nunca habíamos visto a las minorías tan representadas política y culturalmente. Combatió el militarismo que está arraigado en la mentalidad del país y mantuvo con rigor el respeto de los derechos humanos. 

Cuestionó conceptos ideológicos que durante años eran intocables para los “técnicos”: que la estabilidad macroeconómica era lo principal, y la desigualdad un daño colateral. O que el crecimiento económico emana de un Estado aliado con el capital, mientras los trabajadores ponen el sudor y las lágrimas. Durante cuatro años llevó a sus desconcertados contradictores a discutir en su terreno y estos no daban pie con bola. 

Petro deja un legado tangible. Avances en la reducción de la desigualdad y la pobreza, la entrega de casi un millón de hectáreas a campesinos pobres, reformas progresistas como la pensional y la laboral, la inclusión de regiones y poblaciones históricamente excluidas; y una apuesta decidida por el diálogo y la paz. A ello se suma una agenda internacional innovadora. 

Mientras buena parte de las élites colombianas sigue adherida de manera incondicional a Trump, Colombia comenzó a participar en algunos de los debates más relevantes para la humanidad: la Amazonía, la crisis climática, la pérdida de biodiversidad, un nuevo enfoque frente a las drogas y el Sur Global como actor político. Fue valiente al calificar como genocidio la incursión de Israel en Gaza, y al repudiar las inhumanas políticas contra los migrantes impulsadas por Donald Trump y sus ataques a los navegantes del Caribe. Por todo eso, gracias, Petro.

Pero había otro Petro, al que el tamaño de sus ambiciones lo llevó a perder de vista las viles realidades de la política. Un Petro con un horizonte claro, pero sin estrategia. Uno que quería comerse el mundo de un solo bocado, como dijo alguna vez monseñor Darío Monsalve. No parecía tener prioridades ni plena conciencia de que gobernar implica también administrar los límites y negociar. El que confundía gobernabilidad con movilización y multitud. Su voluntad reformista era inmensa; su disposición a ceder, no tanto. Y claro, se enfrentó a fuerzas que fueron implacables con su proyecto y su persona.

Ese Petro dejó de hablarles a todos los colombianos para hablarle a su tribu. Sustituyó la invitación al diálogo por una narrativa en la que el país parecía dividido entre “ellos y nosotros”, donde sus críticos eran genocidas o fascistas. El Petro que quiso borrar cualquier logro del pasado y actuó como si “nunca antes” nadie hubiera intentado mejorar las cosas. Esa actitud lo llevó a desmontar avances y a caer en el vacío en asuntos como la seguridad. Fue también el Petro del “todo o nada”, el que terminó hundiendo su reforma más ambiciosa, la de la salud, o debilitando su política de paz al intentar negociar con todos al mismo tiempo. 

Aun así, su paso por el gobierno fue profundamente transformador y la historia se lo reconocerá. De su mano la izquierda no solo llegó al poder, después de un siglo de lucha democrática, sino que se consolidó hasta convertirse en la primera fuerza política del país. 

La corrupción es una de las grandes sombras de su gobierno. Sobre todo, la manera como ha minimizado actuaciones de personas de su círculo de confianza como Juliana Guerrero o Carlos Ramón González. También por haber jugado con las reglas del mismo sistema transaccional y clientelista que prometía transformar, lo que tiene ad portas de la prisión a algunos de sus funcionarios más queridos. 

Luego está el Petro, ser humano. Un presidente que se involucraba en bochinches innecesarios en X con los empresarios, las cortes, los periodistas y hasta cualquier influencer de la calle. Sus rasgos patriarcales se exacerbaron y quedaron expuestos en los consejos de ministros, largos soliloquios en los que en ocasiones humilló a sus colaboradores y terminaba haciendo comentarios extraños sobre sus dotes sexuales. El mismo hombre que desaparecía de repente aduciendo que tenía vida privada y que no les contestaba el teléfono a sus ministros.

Ese maldito mechón de pelo, atravesado en su grandeza. La imagen de un gobierno lleno de propósitos brillantes y de errores evitables. Cuatro años después, es muy temprano para saber si estuvimos frente a una oportunidad desperdiciada o el principio de una transformación que ya no tiene reversa. 

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