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La biblioteca de Margarita
FOTO: archivo personal
Contenido especial

La biblioteca de Margarita

Margarita Marino de Botero ha dedicado su vida al trabajo ambiental y a construir una de las bibliotecas más valiosas de América Latina sobre esta materia. Su archivo personal reúne el testimonio de una época marcada por la preocupación creciente por el deterioro de la naturaleza y la búsqueda de respuestas colectivas ante una crisis que sigue abierta. Manuel Guzmán-Hennessey revive este tesoro, el día mundial del medio ambiente.

Por Manuel Guzmán-Hennessey

Cuando Margarita mira un poco hacia atrás (digan ustedes, cincuenta años), y revuelve con sus ojos la madeja del tiempo, encuentra que el hilo conductor de sus afanes fue (todos de su generación lo reconocen) el trabajo ambiental. Pero ese delgadísimo hilo que sostiene la vida, hecho siempre de sueños, de luchas y desvelos, está compuesto, en su caso, por las pequeñísimas fibras vegetales que tejieron los libros que guardó. Debo decir, mejor, que atesoró, porque la biblioteca de Margarita Marino de Botero es el tesoro de libros ambientales más valioso de América Latina.

Ahí está el testimonio de una época, la nuestra, con los documentos que expresan una respuesta colectiva a una problemática inédita: el deterioro creciente de la naturaleza, la amenaza integral contra la vida. Frente a este mar sin fondo, uno puede demorarse muchas horas, la vida entera si le fuere posible, haciéndose preguntas y atisbando respuestas, sin acertar (casi nunca) en las últimas, porque la historia sigue y tal vez se bifurca, y aún no sabemos bien, como un día lo escribiera Rubén Darío, “adónde vamos ni de dónde venimos”. 

Los comienzos

En los estantes del Colegio Verde de Villa de Leyva, y en Tabio, está el tesoro, uno que pudiéramos llamar simplemente Margarita, porque Margarita es, ante todo, libros, y, en el corazón de su biblioteca, todos los libros de la historia ambiental son Margarita. Es por eso que ella dice cuando alguien le pregunta por su pasión enciclopédica: “la literatura y la poesía nos volvieron ambientalistas”. Lo viene diciendo ahora, cuando mira hacia atrás y comprueba el valor histórico de su legado. Tiene 85 años y está satisfecha por la misión cumplida, pero sabe que su biblioteca necesitará de una gestión eficaz para que siga hallando lectores fervorosos. Su enorme colección ha sido curada por unas manos sapientes y amorosas, las suyas; profunda conocedora de las raíces de la crisis que vivimos, pero también de todas las corrientes de las artes, las ciencias y los saberes, ha dotado su legado de un elocuente sello humanístico. Que se nota en la selección y el cuidado de cada uno de sus libros, obras de arte y curiosidades (bibliográficas, editoriales, testimoniales) que reflejan uno de los momentos más críticos y complejos de la historia: los últimos cincuenta años del siglo XX: La gran aceleración (McNeill, 1950). El nacimiento del ecologismo moderno. 

Como dato no anecdótico hay que decir que Margarita nació en Barranquilla, cuando aquella ciudad era, aún, el emporio de cultura que había caracterizado sus años fundacionales. En Puerto Colombia, hacia principios del siglo XX, poco después de que desembarcaran los primeros inmigrantes que fundaron la ciudad, empezaron a llegar las compañías de óperas con sus pianos, escenografías, sopranos y barítonos, para cantar en el Teatro Cisneros. Y algo más: Santa Marta. Cuenta la leyenda que Simón Bolívar le dijo un día a Joaquín de Mier (uno de sus antepasados) en la Quinta de San Pedro Alejandrino:

—Qué bonita biblioteca tiene usted. 

Abrumado por el halago, Joaquín le contestó:

—No es tan importante, pues solo tengo al Quijote. 

Entonces Bolívar ripostó:

—Con solo leer a Cervantes bastaría. 

A esa Barranquilla de principios del XX llegaban barcos cargados de libros, y en uno de ellos, probablemente el Juan Sebastián Elcano, llegaron los 20 tomos de El tesoro de la juventud (W.M. Jackson) que Margarita devoró cuando tenía 14 años. Así, probablemente, empezó todo.

Este repositorio es una virtuosa mezcla de documentos institucionales, manuscritos históricos, libros de culto y publicaciones más recientes entre las que se destacan los libros de Gorz, Max Neef, Elizalde, Martínez Allier, Daly, Goldsmith, Bookchin, Aníbal Patiño y Augusto Ángel Maya. Entre los manuscritos históricos (muchos escritos en máquina de escribir y algunos en mimeógrafo) se destacan los apuntes de la Comisión Brundtland, las cartillas ambientales del Cisca, los papeles de Van der Hammen, cartillas de los Consejos Verdes del Inderena, el documento de Bariloche y los borradores de los libros de Julio Carrizosa, incorporados recientemente.

A navegar, pues

Cuando alguien visita a Margarita en alguno de sus santuarios, muy pronto comprende que nadie como ella podrá navegar mejor por aquel mar de papeles y de sueños. La capitana desplegará su velamen y conducirá al pasajero hasta el puerto de partida, para que, desde allí, ella rememore y el pasajero sepa, dónde fue que empezó todo: La primavera silenciosa. La comandante de esta nave cerrará un poco los ojos para decir lo que este libro significó para la historia del mundo. Podría llegar un momento (escribió Rachel Carson en 1962) en que el bosque dejaría de cantar, pues no habría pájaros ni insectos ni mariposas ni luciérnagas ni cocuyos ni nada. La primavera de una civilización que había articulado sus primeras palabras mediante el canto y la poesía habría de silenciarse para siempre: el horror. 

Entonces podemos ver Silent spring en la primera edición de Houghton Millan, por supuesto (estamos en una biblioteca de primeras ediciones): 1962. Un documento que conmovió los corazones de los jóvenes durante una época de guerras y los puso a soñar: la literatura y la poesía; Carson inspiró los primeros movimientos ecologistas de Europa (Cohn-Bendit, Dumont, Amigos de la Tierra, Greenpeace, People), y ¡cómo no! la creación de Environmental Protection Agency de los Estados Unidos, hoy, desgraciadamente, en riesgo de extinción (hay que decirlo). 

Dos puertos aledaños es preciso visitar antes de hacernos a la mar: el libro de Aldo Leopold (A sand county almanac, Oxford University Press, 1949) y The population bomb (Paul Elrich, Sierra Club, Ballantine Books, 1962). El pasajero va mirando las ya viejas portadas de estos ejemplares y la conversación con Margarita adquiere un aire de discreto magisterio. Ella se ha dado a la tarea de poner sus libros al servicio de unos ambientalistas jóvenes que siguen su legado: los de Voces 2030. A ellos ha contado que del pensamiento de Leopold nació la ética ecológica como disciplina filosófica. Y claro, si uno habla de Leopold debe hablar de Thoreau, un poeta (otra vez) que vivió a su manera y escribió lo vivido: Walden, su libro central (publicado originalmente en 1854) está en el anaquel de los indispensables (en la hermosa edición de Elejandria). Y a su lado, Desobediencia civil, la mejor enseñanza de Thoreau.

Es aquí donde el pasajero, ya en altamar, se pregunta por la poesía como elemento desencadenante de la conciencia ambiental. Entonces Margarita nos recuerda que el fundador del Sierra Club fue el poeta John Muir, y que durante el siglo XIX fueron los poetas y naturalistas británicos (Wordsworth, Clare, Morris y Carpenter) quienes primero abogaron por un estilo de vida más rural. Se opusieron a la excesiva industrialización y reclamaron armonía entre el crecimiento y la naturaleza para que se produjera un desarrollo más respetuoso de la vida en su conjunto. Carpenter escribió Civilización: su causa y su cura (1889). Y sus pensamientos repercutieron en Whitman, Emerson y Thoreau, al mismo tiempo que en Alemania surgían los románticos del Círculo de Jena, que de manera extensa acaba de documentar Andrea Wulf bajo el título de Magníficos rebeldes (Taurus, 2022). Pura poesía y pura filosofía, arte y ciencia en sus estados más genuinos. 

Una biblioteca latinoamericana

Marino es la equivalente en Colombia y América Latina de quienes, en la década de los sesentas, fundaron el ambientalismo moderno. Ella hizo parte de la historia de Estocolmo 72, la primera Conferencia Internacional sobre Medio Ambiente y Desarrollo (1972), y más tarde, como miembro de la Comisión Brundtland (1987) trabajando codo a codo con Gro Harlem Brundtland, tuvo ocasión de indicarle que ya en Latinoamérica se pensaba en el vínculo entre desarrollo y medio ambiente. En efecto, la historia de Estocolmo 72 halla uno de sus más importantes antecedentes en el documento La dimensión ambiental en el desarrollo de América Latina (Gligo, Sunkel y otros, Cepal, 1981). Un trabajo colectivo que más tarde daría origen a EcoDesarrollo: el pensamiento del decenio (Marino de Botero, Tokatlian, 1983), compilación de los pensamientos que Ignacy Sachs había presentado en el seminario de México ‘Medio ambiente y desarrollo’, en 1973. Medular aporte, desde el debate del sur, al concepto de desarrollo sostenible y a las discusiones posteriores de la Comisión Brundtland.

Años antes, un grupo de empresarios encabezado por Aurelio Peccei habían fundado el Club de Roma (1968) y decidieron encargarle a unos jóvenes científicos del MIT la concepción de un pensamiento que por aquellos años sería inicialmente denostado y que, de alguna manera, lo sigue siendo, hoy, por los negacionistas de nuevo cuño: no es posible el crecimiento infinito y no se puede equiparar desarrollo con crecimiento. Una verdad incómoda, pero indiscutible. Es por eso que uno de los libros centrales en esta biblioteca es Los límites del crecimiento (Donella y Denis Meadows, Randers, Behrens III, Universe Books, 1972). Y a su lado, Small in beautiful (Schumacher, Biond & Briggs, 1973), y Gaia (James Lovelock, Oxford University Press, 1979), son otras lecciones que olvidamos. En el Informe Brundtland es preciso detenerse, pues el libro Our common future (Oxford Paperbeths, 1987) está rodeado de documentos que solo están en esta biblioteca: manuscritos, memorias de reuniones, fotografías, apuntes para escribir EcoDesarrollo: el pensamiento del decenio, mil stickers de los de antes. 

Así es esta biblioteca, el archivo ambiental privado más importante de Colombia, y tal vez de América Latina; son 22.000, aproximadamente, los materiales que lo componen: una exquisita mezcla (ya lo he dicho) de ciencias ambientales, ecología política, naturalismo, multilateralismo ambiental, filosofía ambiental, ciudadanías activas y otras fuentes que fueron vanguardia por los años finales del siglo XX y que configuraron el pensamiento ambiental contemporáneo.   

La literatura y la poesía: el ambientalismo

El paso que dieron los pioneros entre el ecologismo y el ambientalismo es quizá el eje que mejor refleja las colecciones que componen la biblioteca de Margarita. Todos saben que el ecologismo nació del naturalismo, pero poco a poco los pioneros entendieron que la dimensión biológica en defensa de la vida les resultaba limitada; entonces incorporaron otras disciplinas y así fue como el ambientalismo moderno se fue constituyendo como un quehacer integrado que acabó aglutinando múltiples disciplinas: lo social, lo político, lo económico, lo humanístico, lo ético, y por supuesto, lo ecológico. 

¿Y entonces, en qué momento y de qué forma la literatura y la poesía logran el sincretismo, en qué momento las humanidades facilitaron el tránsito entre el ecologismo de los pioneros y el ambientalismo de hoy día? No existe, como casi siempre ocurre, una respuesta única, pero la biblioteca de Margarita, sin duda, tiene algunas señales que podrán orientarnos. El ambientalismo de hoy ha tenido que desarrollarse en el mundo de la policrisis, donde, cada vez con mayor nitidez y contundencia, necesitaremos acudir al humanismo para descifrar los desafíos del presente y construir futuros mejores. 

Poetas como Jorge Luis Borges vislumbraron la difícil perspectiva: “miro este querido mundo que se deforma y que se apaga en una pálida ceniza vaga”. Pero el mismo Borges se había figurado el paraíso “bajo la especie de una biblioteca”. Y lamentándose de su ceguera, agregó: “Enciclopedias, atlas, el Oriente y el Occidente, siglos, dinastías, símbolos, cosmos y cosmogonías brindan los muros, pero inútilmente”. Hoy nos lamentaremos de una ceguera menos literal que la de Borges, aunque más mortal: la ceguera cognitiva de muchos en el mundo: los que niegan ver lo que están viendo o los que no ven que no ven (la doble ceguera). 

Margarita me ha contado que en su amor por el conocimiento y por los libros influyeron, de manera notable, las bibliotecas que hubo en su familia y el horizonte de luz y de poesía que daba el río Magdalena cuando se navegaba (en el viejo ferry) para ir desde Barranquilla hasta Santa Marta. En su Autobiografía, Borges anota que “si tuviera que señalar el hecho capital de mi vida, diría la biblioteca de mi padre”. Allí leyó El Quijote, y escribió: “Sé que hay algo inmortal y esencial que he sepultado en esa biblioteca del pasado en que leí la historia del hidalgo”. 

Súplica final

¡Conserven la biblioteca de Margarita! La mayor parte de su contenido no está en el mundo digital. He dicho en este escrito que se trata de un tesoro y soy consciente de que esto no es una metáfora. Se trata del conocimiento ambiental y climático que hemos construido como cultura durante los últimos cincuenta años. El testimonio (¡el clamor!) de un mundo, según Max Neef, en rumbo de colisión. 

Es también la esperanza de los que aún no han nacido, los que aprenderán a leer —a vivir, a soñar, a sobrevivir— entre 2030 y 2050. Si ellos tienen acceso a esta biblioteca conocerán la historia ambiental de una manera tan genuina, sugerente, original y creativa, que tal vez ello los estimule para seguir aprendiendo, descubriendo, imaginando y construyendo futuros mejores. Verán manuscritos escritos en mimeógrafo o máquinas de escribir, y sabrán de las anotaciones al margen que escribió Margarita en aquellos papeles que, aunque amarillos, aún no se habrá llevado el viento. 

La mayor parte de estos libros y documentos no están físicamente en ninguna otra biblioteca de Colombia o América Latina. Conservarlos, digitalizarlos, divulgarlos y aprovecharlos es una posibilidad educativa invaluable y también un compromiso ético de quienes los hemos valorado durante muchos años y hoy queremos hacer algo para que permanezcan. Es una necesidad histórica conservar esta biblioteca. Sé que interpreto el sentir de mis colegas ambientalistas y académicos, pero no quiero escribir la inútil frase de que conservar esta biblioteca debería ser un propósito educativo nacional, pues no me hago mayores ilusiones pensando en universidades, bibliotecas públicas, gobiernos o ministerios que pudieran acogerla e incorporarla a sus colecciones, no: sé muy bien que las grandes bibliotecas privadas se han convertido en un problema para las biblioteca públicas, pues su gestión resulta difícil y demanda, más que presupuestos, aquella devoción por los libros y el conocimiento que hemos venido perdiendo. 

Sé muy bien que sería una tarea titánica que alguien debe emprender cuanto antes. ¡SOS! Lo que aquí estoy haciendo es lanzar una botella al mar. Con esperanza, con convencimiento. Para que se conserve la biblioteca de Margarita.   

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