Ir al contenido principal
photologuephotos2025-03imagen_portada_la_criticajpeg
Cultura

La crítica: un diálogo sobre la vida actual: ¿de qué color son los ojos de Alice Munro?

Manrike y Xhueka

¿Habría que dejar de leer un libro porque su autor cooperó con un gobierno fascista o recibió un premio de manos de un dictador o fue un declarado pederasta? ¿Hasta qué punto no se debe (o se debe) separar al autor de su obra?

Por: Manrike y Xuehka

Dedicado a J. Z.

La pregunta original la hizo el más riguroso biógrafo de Franz Kafka, Reiner Stach, mientras se documentaba para tratar de saberlo todo sobre el autor checo. Entre los testimonios recogidos, Stach descubrió que no había consenso en las respuestas sobre el color de los ojos del escritor: unos creían que eran azules; otros, que marrones.

Si no conocemos bien a las personas cercanas, menos a las lejanas, llámense Gustavo, Fernanda o Claudia, ni tampoco sabemos mucho de los lugares que visitamos, sean Quibdó o el Catatumbo, Berlín o Nueva York, porque ya no los miramos a los ojos, ni tampoco con los ojos, y, además, porque nuestros sentidos y nuestra capacidad mental para comprender son limitados. “Cézanne atestigua con modesto enfado la incapacidad de sus ojos para penetrar la profundidad del paisaje que tiene delante”, nos recuerda George Steiner.

Esta especie de ceguera, que consiste en que el observador le da un exagerado poder a la visión ocular sobre la realidad, la padecieron hace unos años los escritores de una prestigiosa revista inglesa que publicaron unos artículos “perezosos y llenos de clichés” sobre África, como si el continente, conformado por más de 50 países, fuera un solo país, y a quienes un indignado autor keniano les respondió en un divertido artículo que ellos no tenían ni idea de qué hablaban cuando hablaban de África, así que algún día él escribiría algo serio sobre el tema.

Le pasó también a una escritora francesa, en el siglo pasado, cuando escribió unos artículos sobre Estados Unidos, publicados en otra legendaria revista literaria, que conformarían su libro sobre América, luego de un viaje por ese país. Unos años después, una aguda crítica norteamericana, que leyó el libro, publicó una reseña señalando a la escritora existencialista de ignorar cómo era realmente América: “Es como si un habitante de Liliput o Brobdingnag, al encontrar un ejemplar de Los viajes de Gulliver, se sentara a leer, en una lengua extranjera, sus propias costumbres locales codificadas por un observador de una especie diferente: todo resulta a la vez familiar y distorsionado”.

Sin embargo, esa capacidad de ver la realidad es la que nos permite contarla, volverla narración, historia de amor o crónica de viaje. El arte de la novela es la búsqueda constante de esa forma imperfecta en que la conciencia personal es capaz de ordenar con sentido el tiempo, la memoria y la vida como continuidad, como futuro, gracias a la escritura. La novela nos aleja, me aleja, del horror del tiempo detenido y “fosilizado en el pasado”.

Por eso, los escritores solemos creer que tenemos el poder omnicomprensivo de entender la realidad más que otras personas, porque cargamos con unas lecturas, unas conversaciones y unas reflexiones, de más, en la cabeza, y por nuestro humilde oficio, que se reduce a contar lo mejor posible esa historia con los escasos materiales que nos proporciona la existencia. Sin tener en cuenta nuestros prejuicios, creencias y sesgos, ni nuestras enfermedades. En ocasiones, ni siquiera “somos capaces de percibir lo que tenemos continuamente ante nuestros ojos”: nuestro propio cuerpo. Sócrates decía respecto a los artistas que: “La fuerza de su poesía les hacía creerse expertos en cosas en las que no lo eran”.

**

la_critica_006.jpg

**

Hace poco organicé con mi esposa la biblioteca de la casa. Mal contados, había unos 6.000 volúmenes. Había que ordenarla porque parecía una bodega y no el lugar para la lectura y la escritura. Luego de un escrutinio, algunos de esos libros fueron a parar a unas cajas porque pensábamos donárselos a unos estudiantes.

Entre esos libros estaban los de una escritora canadiense que fue premio Nobel de Literatura y de la que hablé en una ocasión. La cuentista me sedujo con sus historias sobre la vida privada de las mujeres en Ontario, pero había decidido dejar de leerla, cuando me enteré de que su hija menor confesó haber sufrido abusos sexuales por parte de su padrastro, y, pese a todo, la escritora decidió continuar su vida con él.

Unos días después, mientras ojeaba libros en una librería, en Bogotá, me encontré con el escritor José Zuleta. Se sentó frente a mí, en uno de esos cómodos sillones del lugar. Lo miré a la cara.

—No sabía que tenías los ojos verdes.

Sonrió.

Conversamos sobre escritoras hasta que salió a la luz la historia sórdida de la autora canadiense. Él había leído los mismos artículos que yo sobre el tema, que también había despertado su interés. Le conté que pensaba deshacerme de su obra porque encontraba injusta la decisión de ella de continuar viviendo con el hombre que abusó de su hija.

—A mí me gustan muchos sus cuentos –dijo José– y de vez en cuando los releo. Son muy buenos.

Entonces, reflexionó sobre la superioridad moral del escritor que se atrevía a juzgar a las demás personas desde el elevado sillón de las ideas puras, donde se sentía a gusto, sabio, y lleno de cualidades que no distinguía en sus semejantes. ¿Deberíamos dejar de leer al poeta peruano que estuvo preso en una cárcel de Trujillo acusado de unos delitos que no cometió?, preguntó. Mencioné a un escritor norteamericano que apuñaló a su esposa con un cortaplumas, aunque eso no le impidió tener éxito. José recordó la música de un compositor alemán que le gustaba, a pesar de que este fue un “furibundo antisemita”.

En medio de la conversación, dije que, en ese caso, era mejor separar la obra del autor, pues los defectos que no compartíamos de los artistas como seres humanos contaminaban la obra (citamos algunos contemporáneos), así que, si ignorábamos la biografía del genio, tal vez disfrutáramos mejor de su trabajo. José me miró desde el fondo de sus ojos verdes. Hablé de la novela de uno de los escritores más importantes de la lengua francesa, una indudable obra maestra, que este personaje escribió antes de que colaborara con los nazis. ¿Habría que dejar de leerla por esa razón?

¿Habría que dejar de leer un libro porque su autor cooperó con un gobierno fascista?, ¿o recibió un premio de manos de un dictador?, ¿o fue un declarado pederasta?, ¿o mató a su esposa?, ¿o malversó los fondos de una institución?, ¿o asesinó a su madre?, ¿o protegió a un violador?

Cuando era estudiante, le conté, supe –por boca de una de las víctimas– de un profesor de una escuela primaria, a finales de los años setenta, que abusaba de las niñas a la hora del recreo. Las engañaba para atraerlas a la sala de profesores y allí se dedicaba a manosearlas. Las obligaba a que lo tocaran y las sometía quién sabe a qué otro tipo de vejaciones. El tipo confundía con su cara de hombre de bien y presumía de culto. Tenía una bella esposa y dos hijas pequeñas. Nadie lo denunció.

La mujer que me confió esa historia no se convertiría en Virginia Woolf, a quien su hermanastro, “una desagradable criatura”, le estropeó la vida “antes incluso de que hubiera empezado”; ni en Virginie Despentes, a la que tres hombres “blancos, típicos barriobajeros de las afueras en esa época”, violaron a los 17 años; autoras que exorcizaron sus demonios en la escritura, y que inventaron un infierno de palabras para condenar allí a los hombres que destruyeron su infancia y mancharon sus sueños. No. Aquella mujer sería alguien más bien amargada que lidió durante su vida con los conflictos psicológicos y las relaciones desastrosas causadas por el dolor y el sufrimiento que le produjeron los abusos. Para ella no hubo ningún tipo de justicia poética y el crimen quedó impune.

—Comprendo –dijo José Zuleta–, pero, ¿qué sabemos nosotros de la autora? ¿Quiénes somos para juzgarla?

—¿De qué color son sus ojos? –pregunté–.

—No lo sé.

Pensé en la hija de Alice Munro y en los libros que pensaba regalar. Decidí rescatarlos de la caja.

Finalización del artículo

Lea los comentarios

Temas en este artículo

Artículo exclusivo para suscriptores

Suscriptores

Compartir en redes sociales