
El emotivo funeral de Fernando Botero llega al cine
Fotograma del documental 'Gracias Botero'. Muestra la llegada del féretro del maestro al Museo Botero en La Candelaria, Bogotá.
El pasado 19 de abril, fecha en la que el maestro Fernando Botero habría cumplido 94 años, se lanzó el documental ‘Gracias, Botero’, que retrata el funeral de Estado en Colombia y el posterior entierro en Pietrasanta, Italia. Usted puede verlo aquí.
Por: Eduardo Arias
Un cortometraje de 30 minutos que narra el funeral de Estado de Fernando Botero en Colombia y su entierro en Pietrasanta, Italia, revive el regreso del maestro a Colombia para su despedida. Fue un homenaje en Bogotá y Medellín en el que miles de personas, la gran mayoría ajenas a la familia y al entorno del arte, despidieron al artista. Además de las ceremonias que se llevaron a cabo, el documental también muestra escenas de sus hijos cuando visitan su taller en Pietrasanta. Gracias, Botero reúne testimonios de sus hijos Fernando, Lina y Juan Carlos, y de personas allegadas al artista.
Lo dirigió el cineasta canadiense-irlandés Don Millar, con el apoyo de Cole Northey, director de fotografía y productor. CAMBIO habló sobre este documental con el escritor Juan Carlos Botero Zea, hijo del artista.
CAMBIO: ¿Qué los llevó a ustedes a realizar este documental?
Juan Carlos Botero: Al morir mi padre, percibimos un deseo verdaderamente inmenso de parte de mucha gente para que lo lleváramos a Colombia para su despedida final. Y a la vez sentimos que era necesario que él también se despidiera de su patria que tanto amaba. Por eso fue una suerte que nuestro amigo, el director canadiense Don Millar, nos acompañara en esas fechas, y él estuvo filmando escenas y tomando fotos de los diversos eventos. Al terminar todo, y al ver el material fílmico, nos dimos cuenta de lo excepcional que era, y de ahí surgió la idea de hacer el documental, porque consideramos que era importante preservar el recuerdo de esos días tan conmovedores e impactantes, tanto para nosotros como para Colombia y para todo el mundo.
CAMBIO: ¿Qué recuerdos en particular lo marcaron de esas ceremonias en Bogotá, Medellín y Pietrasanta?
J. C. B.: Fue una experiencia muy difícil, desde luego. Yo tenía el corazón roto en mil pedazos, porque mi padre fue un hombre excepcional y un miembro de familia central y ejemplar. Y aunque han pasado más de dos años desde su muerte, todavía no me acostumbro a su ausencia. Sin embargo, a la vez fue una experiencia muy emocionante y sobrecogedora. Ver las honras fúnebres de jefe de Estado en Bogotá, la fila de gente en el Capitolio Nacional, las reacciones espontáneas de tantas personas manifestando su amor por mi padre en Medellín, y ver el cariño tan profundo que la gente sentía por él en Pietrasanta, es algo que nunca olvidaré.

CAMBIO: Un momento muy bonito del documental es la visita al taller donde están las esculturas apoladas y los frescos. ¿Qué sensaciones le deja ese lugar?
J. C. B.: Siento una gran tristeza, naturalmente. Porque ahí su ausencia se siente más. Incluso cuando he estado de vuelta en sus distintos talleres, tengo la sensación de que él va a entrar, feliz y sonriente, en cualquier momento. Pero por otro lado, valoro en el alma los muchos recuerdos que tengo de él en su estudio, trabajando con una disciplina de soldado y una vocación insaciable. Lo curioso es que muchos artistas modernos sufren al crear. El caso de mi padre era lo contrario. Nada le producía mayor felicidad que pintar o esculpir, y era asombroso verlo trabajar durante el día entero, de pie, totalmente concentrado en el lienzo o en la figura, sin mostrar ninguna señal de cansancio o fatiga. Parecía en éxtasis, inmerso en su propio mundo. Picasso decía que cuando un artista ingresa en su taller, debe dejar su cuerpo afuera. Y en el caso de mi padre, eso era rigurosamente cierto. Su cuerpo no parecía existir. Y quizás por eso él trabajó sin descanso hasta un par de días antes de fallecer a los 91 años.
CAMBIO: ¿Por qué considera usted que Botero despierta tanta simpatía en tantos colombianos ajenos al mundo del arte? Fue un artista que vivió mucho tiempo por fuera de Colombia y, como figura pública, lo recuerdo como alguien de muy bajo perfil.
J. C. B.: He notado que a veces hay grandes figuras de las artes que son admiradas, pero no necesariamente queridas. Y creo que la gente realmente quería a mi padre, y eso se notó a leguas en sus sepelios, tanto en Bogotá como en Medellín y en Pietrasanta. Y la gente lo quería por su calidad humana, por su modestia y sencillez, porque él nunca dejó que el éxito se le subiera a la cabeza. Era un enamorado de su país, y se notaba en su manera de hablar, pues nunca perdió su acento antioqueño, y también se notaba en su obra, pues Colombia fue la materia prima de su arte desde siempre, la que él honró y glorificó en su pintura. Y también creo que la gente lo quería por su generosidad, porque mi padre regaló a lo largo de su vida más de 700 obras de arte a diferentes países, empezando con Colombia, y creó dos museos de calidad excepcional en Bogotá y Medellín. Eso es algo que ningún otro artista ha hecho en la historia, si no me equivoco, y es algo que la gente sabe y valora. Y aunque él se marchó de su país siendo muy joven, él nunca dejó de ser colombiano, y siempre se sintió orgulloso de sus raíces y de su tierra de nacimiento. Era un amor auténtico, y el pueblo tiene un gran olfato para percibir esas cosas cuando no son reales, cuando es una pose o una farsa. Y a la vez tiene un gran olfato para detectarlo cuando es verdadero y auténtico, como fue el caso de Fernando Botero.

CAMBIO: Si tuviera que escoger una enseñanza que le dejó su padre, ¿cuál sería?
J.C.B.: En verdad son demasiadas, tanto como artista, como profesional, como patriota, como padre y como ser humano. Pero si tuviera que resaltar una enseñanza en particular, y es algo que he tratado de hacer toda la vida en mis escritos, es emular un rasgo de su personalidad que la gente casi nunca registra o toma en cuenta, que fue su coraje. Porque se necesitó mucho valor para mofarse de la Iglesia católica en Colombia en los años 50, y se necesitó mucha audacia para pintar cuadros satíricos de la aristocracia criolla y de las dictaduras de América Latina en los años 60 y 70, y se necesitó mucho temple para denunciar a los grupos violentos del país en los años 80 y 90, incluyendo a la guerrilla, el narcotráfico y el paramilitarismo; y se necesitó mucha valentía para condenar las torturas en la infame prisión de Abu Ghraib, en 2004, y exponer esos cuadros en los Estados Unidos y durante el Gobierno de George W. Bush. Y se necesitó mucha osadía para nadar a solas, siempre en contra de las corrientes de moda del arte, siguiendo su propio camino artístico, como mi padre lo hizo toda su vida y sin renunciar a sus convicciones e ideales, aun en medio de la pobreza y del rechazo, como le tocó a él durante muchos, muchos años.
CAMBIO: ¿Quisiera compartir un comentario final?
J. C. B.: Sí, gracias. Se dice con frecuencia que los artistas pocas veces disfrutan de su éxito en vida. Y es cierto. En ese sentido, mi padre fue un caso excepcional. Pero en mi opinión, él hizo algo todavía más excepcional, algo que muy pocos hacen cuando alcanzan las cumbres del éxito y del reconocimiento, y es usar ese mismo éxito para el beneficio de otros. Mi padre no solo realizó sus grandes donaciones de arte, sino que emprendió numerosos proyectos de filantropía sin hacer alarde de ello, y sin que la inmensa mayoría de las personas ni siquiera lo supieran. Era parte de su manera de ser, modesta y sencilla. Y ese deseo de ayudar a la gente menos favorecida; esa actitud de desprendimiento y de generosidad era algo esencial de su carácter. Incluso te puedo decir que la primera frase de su testamento fue la siguiente: “No se olviden de los niños pobres de Colombia”. Y por eso estoy tratando de seguir su ejemplo en ese tema y en tantos más. Porque sé que eso es lo que él más quería. Yo a él le debo todo, y cumplir su última voluntad es algo que considero obligatorio, de la misma manera que pienso que traicionar esa voluntad es algo imperdonable.
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