
La debacle de Paloma Valencia
La encuesta del CNC para CAMBIO muestra un descenso vertiginoso de la candidata, que pasó del sueño de un empate técnico con Iván Cepeda a quedar por fuera de los finalistas en segunda vuelta. ¿Por qué ocurrió esto?
Por: Armando Neira
Han pasado apenas dos meses desde que CAMBIO informó que Paloma Valencia había empatado técnicamente con Iván Cepeda, según registró la fotografía tomada en ese momento por la encuesta del Centro Nacional de Consultoría (CNC) para esta revista.
La imagen captada ahora por la misma firma encuestadora muestra una realidad bien distinta: la aspirante del Centro Democrático y ganadora absoluta de la gran consulta por Colombia en las elecciones del 8 de marzo está lejos de pasar a segunda vuelta.

La debacle de Paloma se explica por varios factores. El primero es un gravísimo error estratégico: su campaña pensó más en la segunda vuelta que en la primera. Para ganar en junio había que ganar en mayo. Con esa convicción diseñaron una estrategia basada en la certeza de que eran los más fuertes en segunda vuelta para vencer al candidato del continuismo. En ese proceso cometieron grandes errores, como descuidar el voto duro de la derecha, que a la hora de las cuentas se lo llevó su rival actual, Abelardo de la Espriella.
Paloma jugó una carta arriesgada y decidió ir con Juan Daniel Oviedo como candidato a la vicepresidencia. Si bien es cierto que el exdirector del DANE se sintonizaba con parte de los centros urbanos —en particular Bogotá—, con esa decisión perdieron su base natural. En una campaña tan polarizada, perder la derecha significa alejarse de toda opción de triunfo.
Oviedo es un gran candidato y fue, en principio, una elección interesante, pero no logró mantener la intención de voto ni crear el puente que convirtiera la simpatía del centro en votos reales. Peor aún, terminó protagonizando contradicciones públicas con su fórmula presidencial, algo que un candidato en esa posición no puede permitirse.
Un vicepresidente enfrentado con su candidata es una señal de fractura que el electorado percibe y castiga. En cambio, la elección del respetado exministro José Manuel Restrepo Abondano como fórmula de Abelardo generó mayor confianza en el centro derecha, lo que le permitió a De la Espriella quedarse no solo con el voto duro de la derecha sino también con una porción significativa del centro.
El segundo factor fue un tardío despertar a la comunicación política moderna. Solo en los últimos quince días antes del cierre, la campaña de Paloma comenzó a utilizar contenidos audiovisuales producidos en masa con inteligencia artificial. Para los expertos, eso ya no es el futuro: es el presente de la comunicación política, como lo demostró De la Espriella. No se trata de estar o no de acuerdo con el contenido, sino de captar la atención y dominar la conversación. Frente a él, Paloma llegó tarde.

El tercero fue una profunda falta de lectura del país real. La campaña se apoyó en los partidos políticos en un momento en que estos ya no suman. Desde hace aproximadamente seis años, todos los estudios de percepción muestran que los partidos políticos son percibidos por la ciudadanía como simples empresas electorales.
Hoy lo que moviliza a los colombianos son los caudillos y las emociones que estos despiertan, no las maquinarias partidistas. Los políticos que ganaron sus credenciales en marzo se quedaron sin recursos, y esa precariedad se notó en la producción de los eventos de campaña. La política también es demostración de poder.
Mientras Paloma posaba en las fotos con los cascarones de las colectividades, Abelardo seducía a sus bases. La situación es similar a la vivida hace cuatro años, cuando Federico Gutiérrez se reunía con los líderes de los partidos y Rodolfo Hernández prefería a la gente de a pie.
El cuarto punto es seguramente el que más la impacta a ella: Álvaro Uribe. Paloma construyó toda su vida política alrededor de Uribe. Su trayectoria nunca se desarrolló con suficiente autonomía. La campaña utilizó y sobreexplotó la imagen del expresidente hasta el punto del desgaste, ignorando que Uribe es, al mismo tiempo, una de las figuras más queridas y más rechazadas del país.
El anuncio de que sería su ministra de Defensa, que coincidió con la decisión de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) de elevar el número de víctimas de las ejecuciones extrajudiciales conocidas como falsos positivos, asustó a muchos.
El colmo fue el de una candidata que se presentaba como la primera mujer que llegaría a la presidencia —lo cual constituye un avance indiscutible para cualquier sociedad— pero que contradecía su propio discurso al afirmar que su “papá es Uribe”. El mensaje que se entendió fue que ella ganaría, pero que él mandaría.
En legítima preocupación por abordar uno de los principales problemas de Colombia —la seguridad—, Paloma Valencia confundió mensajes de identidad con nostalgia: prometió volver a un pasado que ya no existe, invocando a Uribe. En política, siempre es más romántico soñar con un futuro que añorar un pasado.
Hay, también, una lectura equivocada del país profundo. Colombia no es lo que parece en las redes sociales. En X, todo el mundo se rasga las vestiduras por un término que no es políticamente correcto; en el país real, en los amplios sectores rurales y en muchas capas de la sociedad, los valores siguen siendo profundamente conservadores.
Una fórmula compuesta por una mujer y un integrante de la comunidad LGBTQ+ tenía un techo muy bajo en una sociedad todavía mayoritariamente católica y tradicional. Eso pudo haberse manejado de otra manera, pero la campaña no tuvo la lucidez para hacerlo.
Por si fuera poco, Oviedo y Paloma tuvieron enfrentamientos públicos desconcertantes. No solo se iniciaron al día siguiente de la elección, cuando en entrevista con CAMBIO mostraron sus profundos desacuerdos en temas tan sensibles como la adopción de niños por parte de miembros de esa comunidad, sino que crecieron al extremo de que hace unos días ella alzó la voz para dejar claro que era ella quien mandaba.
El resultado es previsible: la encuesta muestra el abismo abierto entre Paloma y Abelardo. ¿Es ya la diferencia demasiado grande para revertir? En política todo es posible, pero la candidata tendrá que emplearse a fondo en la semana que queda antes de que los ciudadanos vayan a las urnas.
Deberá dar pasos sólidos y precisos. La angustia por la derrota, sin embargo, le puede pasar factura. Su invitación de última hora para tomarse un café con Sergio Fajardo es muestra de ello, y recuerda a la de hace cuatro años, cuando Humberto de la Calle le pedía lo mismo a Fajardo. La tragedia no fue que no se tomaron el café, sino que ambos perdieron.
Al final, esa invitación terminó en un encuentro incómodo transmitido en vivo, en el que ninguno de los dos cedió en nada y en cambio se sacaron algunos trapitos al sol. En vez de una gana gana, terminó en un ‘pierde pierde'.
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