
Uribe pierde con cara y con sello
Crédito foto: Jorge Restrepo H.
Álvaro Uribe lleva 24 años en el centro de la política colombiana. Pero esta vez parece tenerlo todo por perder. Si gana Cepeda, vence su principal adversario. Si avanza De la Espriella, empieza la sucesión. Tras un cuarto de siglo, ¿está hoy Colombia ante su primera elección posuribista?
Por: Mateo Muñoz
Aunque este domingo los colombianos eligen presidente de la República, el nombre de quien más se juega su futuro político no aparece en el tarjetón. Durante un cuarto de siglo, Álvaro Uribe Vélez ha sido el eje alrededor del cual ha girado la vida pública del país. Los colombianos vieron cómo el pelo de Uribe pasó del negro con el que arrasó en la primera vuelta de 2002 al plateado de hoy sin que abandonara el centro de la escena. Generaciones enteras de votantes no han conocido una política nacional que no estuviera definida, de una u otra forma, por su presencia. Pero esta elección encuentra a Uribe en un lugar desconocido. Atrás parecen haber quedado los años en que bastaba una señal suya para ordenar una candidatura, inclinar una campaña o anticipar quién ocuparía la Casa de Nariño. Por primera vez en mucho tiempo, el hombre que envejeció en el centro de la política colombiana contempla una elección en la que el país podría empezar a girar sin él.
Si se cumple lo que anticipan las encuestas, cuando caiga la tarde, se cuenten los últimos votos y no quede nada más por escrutar, la Presidencia quedará en disputa entre el adversario que más ha desafiado a Uribe y el heredero que necesitó romper con él para reclamar su lugar. Por ahora, la moneda sigue en el aire. Gira lentamente sobre sí misma, suspendida entre dos futuros posibles. Todavía no se sabe de qué lado caerá. Pero hay algo que parece claro: cuando finalmente toque el suelo, Álvaro Uribe habrá perdido en cualquiera de los dos escenarios.
La diferencia está en el lado sobre el que caerá la moneda. Si cae en cara, Uribe tendrá que presenciar el ascenso de Iván Cepeda, el dirigente que más sistemáticamente ha combatido su legado político y que hoy encarna todo aquello contra lo que construyó su carrera. Ese escenario, impensable hace apenas un año, constituye probablemente la pesadilla más temida por el expresidente. Si cae en sello, la situación no será mucho más reconfortante. Mucha agua ha corrido bajo el puente desde que Abelardo de la Espriella se presentaba como “más uribista que doña Lina, Tomás y Jerónimo”. Ese fervor quedó atrás cuando decidió construir un liderazgo propio y disputar la herencia política de quien había sido su principal referente. En el camino, permitió que sus seguidores retrataran a Uribe como un político tradicional e incluso como un aliado encubierto de Juan Manuel Santos. Son agravios que el expresidente considera difíciles de perdonar y que han dejado heridas profundas en la vieja derecha.

El infalible que falló en todo
Las habilidades casi sobrehumanas de Álvaro Uribe para la política menuda han sido alabadas en las últimas dos décadas, incluso por sus más acérrimos rivales. Su olfato era codiciado por cualquier estratega, cada una de sus movidas parecía calculada con precisión y no había nada que se le pasara por alto. Parecía infalible...hasta esta campaña.
Desde el año pasado empezaron a hacerse visibles fisuras que durante mucho tiempo habían permanecido ocultas bajo la disciplina del uribismo. El proceso para escoger al candidato presidencial del Centro Democrático ofreció una muestra de ello. Lo que inicialmente pareció una oportunidad para cerrar filas tras el asesinato de Miguel Uribe Turbay terminó exhibiendo desacuerdos que ya venían incubándose dentro del partido. La designación de Paloma Valencia no produjo la imagen de unidad que Uribe buscaba proyectar. Por el contrario, dejó al descubierto el malestar de figuras como María Fernanda Cabal y Miguel Uribe Londoño, quienes decidieron apartarse del movimiento denunciando falta de democracia interna, irregularidades en el proceso y deslealtades dentro de la dirección partidista. Para un proyecto político acostumbrado a resolver sus disputas bajo la autoridad de un solo liderazgo, la ruptura fue reveladora.
El uribismo ya había conocido disputas internas en procesos anteriores, como los que desembocaron en las candidaturas de Óscar Iván Zuluaga e Iván Duque. Sin embargo, ninguna había dejado tan expuestas las tensiones de su liderazgo. Y mientras en la derecha se abrían grietas en una coalición que durante años había orbitado alrededor de un solo liderazgo, al otro lado del espectro el Pacto Histórico hacía el movimiento contrario: agrupaba sus fuerzas, cerraba filas bajo un mismo paraguas y avanzaba hacia la campaña con una organización que parecía ausente entre sus adversarios. Esa ventaja empezó a construirse meses antes, con la consulta interna de octubre de 2025, cuando la izquierda resolvió de manera anticipada una discusión que la derecha seguía librando en público.
Por ese entonces, la candidatura de Abelardo de la Espriella parecía pintoresca y complementaria a la oficial del Centro Democrático. No había certeza de sus posibilidades ni de la magnitud del fenómeno político que encarnaba. La primera señal de que algo distinto estaba ocurriendo llegó en noviembre, cuando el abogado, sin estructuras partidistas propias, llenó el Movistar Arena. Allí, frente a 15.000 asistentes, el país vio por primera vez la forma que empezaba a tomar el fenómeno abelardista, en una presentación donde los ejes de aquella fueron Patria, Dios y seguridad.
Con Paloma ya proclamada como la elegida del uribismo, al inicio la competencia fue cordial. La senadora y el abogado convivieron en la misma parcela ideológica de manera fugaz; luego apareció la Gran Consulta por Colombia. Esa integración de políticos de centro y centro-derecha (algunos con pasado santista) le abrió la puerta a una Paloma Valencia que rápidamente se consolidó como favorita.
Abelardo, en cambio, se distanció de ese grupo y, estratégicamente, empezó a detectar que la postura antiestablecimiento era más rentable que posar en una foto con exministros y exmandatarios regionales. Los estrategas del abogado supieron leer a los votantes. Así como los seguidores de Cepeda, buena parte de los indecisos no buscaban una opción de ‘los de siempre’ y así empezó a concebirse la bandera de ‘los de nunca’.

Matar al padre
Mientras en Rionegro César Gaviria y otros barones electorales hacían fila para darle forma a la fallida coalición ‘De fajardo hasta Abelardo’, De la Espriella se fortaleció en redes sociales y en grupos de WhatsApp. No era un disidente ni un militante resentido. Tampoco cargaba con el desgaste de haber pasado por un gobierno o con un historial político que explicar. Sus antecedentes como abogado de personajes ligados al crimen, como David Murcia Guzmán o Alex Saab, quedaron relegados a un segundo plano. El perfume de empresario exitoso y outsider terminó por opacar episodios que, en otro candidato, habrían dominado buena parte de la conversación pública.
De la Espriella llegó en el momento exacto para ofrecer refugio a un electorado de derecha huérfano ante el caos y el deterioro del Centro Democrático. Ese proyecto se vio amenazado el 8 de marzo con el buen momento de Paloma Valencia, que obtuvo 3,2 millones de votos y se perfilaba como la rival oficial de Iván Cepeda. Aún más cuando escogió a Juan Daniel Oviedo como su fórmula vicepresidencial. Al fin y al cabo parecía la elección perfecta: tecnócrata, fresco, gay y de centro.
Así, Paloma inició marzo con una candidatura de centro-derecha apoyada por el expresidente Uribe, con Oviedo y los partidos tradicionales a bordo. Pero ese barco que parecía imposible de hundir empezó a hacer agua por cuenta de errores estratégicos.

El primer error fue no resolver a tiempo el dilema Uribe. Para retener el voto de derecha dura que De la Espriella le disputaba, Valencia necesitaba estar cerca del expresidente. Para no espantar el voto de centro que Oviedo le había traído, necesitaba distancia. Cuando se acercaba a Uribe, se debilitaba ante los votantes que querían pasar la página. Cuando moderaba el tono, despertaba dudas entre quienes exigían una confrontación frontal. La propuesta de nombrarlo ministro de Defensa fue el ejemplo más claro de esa trampa: en lugar de resolver el dilema, lo hizo público y les regaló a sus rivales el argumento de que no había una Valencia sino dos.
El segundo error fue de dinámica interna. "La presidenta soy yo" —la frase con la que Valencia zanjó en público su diferencia con Oviedo— fue el tipo de declaración que una campaña que necesita proyectar unidad no puede darse el lujo de pronunciar a menos de dos meses de la primera vuelta. Oviedo no era un vicepresidente decorativo: era la mitad del activo electoral de la fórmula, el puente hacia el electorado técnico y urbano que el Centro Democrático necesitaba para ampliar su base. El costo de tratarlo públicamente como un subalterno empezaría a reflejarse en las encuestas.
El tercer error fue subestimar a De la Espriella durante demasiado tiempo. Cuando la campaña de Valencia quiso reaccionar al crecimiento del abogado en las encuestas, el margen para hacerlo sin parecer desesperada ya era muy estrecho. Así lo demostraron las movidas de los últimos diez días: un café estéril con Fajardo. La ruptura total con Abelardo, que respondía con serenidad. La desbandada de figuras del Centro Democrático. Y un Uribe cada vez más errático: un día insinuando a los grupos armados por quién votar; al siguiente, disparando mensajes furiosos desde sus redes sociales.
La transición que el expresidente lleva planeando durante varios años llegó de la peor forma posible. No hay un liderazgo de su confianza que sea capaz de aglutinar a la derecha, y en esa incertidumbre Abelardo de la Espriella ha servido como un contenedor vacío.
Pero De la Espriella no es el terreno más fértil para una nueva derecha. Si llega a perder con Paloma el tiquete a segunda vuelta, quedará demostrado que la maquinaria sigue siendo más fuerte que el voto de opinión. Y si pierde con Cepeda el 21 de junio, lo más probable es que decline la curul en el Senado y retorne a Italia a seguir su vida empresarial, dejando a millones de votantes sin padrino político.

Petro: con cara gana y con sello… también
En las antípodas de Uribe, Gustavo Petro amanece este 31 de mayo en una posición que rara vez ha ocupado desde que llegó a la Casa de Nariño. Mientras el expresidente observa una moneda cuyos dos lados le resultan adversos, el mandatario contempla un tablero en el que cualquier desenlace le ofrece una oportunidad. Es, quizá, el lugar más cómodo que ha tenido desde que llegó al poder: el de quien gana con cualquier resultado.
Si Cepeda pasa a segunda vuelta —el escenario más probable—, Petro habrá obtenido lo que pocos presidentes salientes logran: transferir el poder a alguien de su propio proyecto político. No a un heredero incómodo ni a un sucesor de conveniencia, sino al candidato que más claramente representa la continuidad del petrismo como fuerza política. Una victoria de Cepeda en segunda vuelta sería, también, la confirmación de que el proyecto que Petro construyó durante cuatro años tiene raíces más profundas de lo que sus críticos estuvieron dispuestos a reconocer.
Pero si es De la Espriella quien acompañe a Cepeda en la segunda vuelta, el escenario tampoco es malo para el presidente saliente. El abogado es, de los aspirantes de derecha en carrera, el que más fácilmente puede ser calificado por la izquierda como el candidato de los extremos. Sus posiciones sobre el orden público, su retórica de confrontación y su rechazo explícito al establecimiento moderado generan anticuerpos naturales en el electorado de centro que será la llave de la segunda vuelta. Contra De la Espriella, Cepeda tiene un argumento electoral más simple y más potente que contra Valencia: la moderación frente al radicalismo, la institucionalidad frente al desorden.
Petro conoce bien esa mecánica. Hace cuatro años llegó a la Casa de Nariño precisamente por ella. En junio de 2022 derrotó a Rodolfo Hernández por poco más de 680.000 votos —50,4 por ciento frente a 47,3— después de convertir la segunda vuelta en una elección sobre los temores que despertaba cada candidato. Hoy observa una campaña que parece moverse sobre una lógica similar. Sabe que, cuando el electorado vota más para evitar una opción que para abrazarla, las fronteras ideológicas se vuelven más flexibles y las alianzas más probables. Y sabe también que, en un escenario así, las posibilidades de que el petrismo conserve el poder son considerablemente altas.

El país después de esta noche
Cuando cierren las mesas, Colombia despertará mañana en un país que no es exactamente el mismo de ayer. No porque una elección cambie la realidad de golpe, sino porque esta en particular va a revelar, con la contundencia de los votos reales, qué tan profundos son los cambios que estaban ocurriendo por debajo de la superficie.
La derecha tiene un nuevo dueño o está partida en dos. El centro busca un heredero. La izquierda consolida o pierde su apuesta de continuidad. Y Álvaro Uribe, el hombre que durante veinte años no perdió una sola apuesta política importante, mira esta noche una moneda que no tiene lado bueno.
Cara: Cepeda presidente, persecución, revancha, el final de un escudo institucional que construyó durante años.
Sello: De la Espriella líder de la derecha, la confirmación de que ese electorado lo sobrevivió, el certificado de que el ciclo que empezó en 2002 llegó a su fin sin necesitar que nadie lo declarara oficialmente.
La moneda está en el aire. Y esta noche, por primera vez en mucho tiempo, Uribe no puede hacer nada para que caiga de su lado.
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