
La última encuesta: De la Espriella consolida su ventaja y a Cepeda se le agota el tiempo para remontar
Ilustración: Jorge Restrepo H.
A una semana de la segunda vuelta, la encuesta final del Centro Nacional de Consultoría para CAMBIO muestra al abogado con el 48,6 por ciento de la intención de voto, al senador con el 44,7 y al voto en blanco con 6,7. Esta es la foto de la recta final.
Desde que fue elegido candidato único de la izquierda, Iván Cepeda había mirado la campaña desde arriba. El senador lideró todas las mediciones del CNC para CAMBIO, fue casi imbatible en los escenarios hipotéticos de segunda vuelta y obligó al resto de los candidatos a competir, más que por la Presidencia, por el derecho a enfrentarlo. Esa actitud que rayaba en la soberbia era propia de un líder que antes de arrancar ya se creía ganador de la carrera. Sin embargo hoy, luego de una derrota contundente y a pocos metros de la recta final, la campaña de Cepeda parece haber pasado de la arrogancia del líder a la urgencia del retador.
A siete días del 21 de junio, la encuesta de CAMBIO es liderada por Abelardo de la Espriella con el 48,6 por ciento de la intención de voto. El senador Iván Cepeda marca el 44,7 por ciento y el voto en blanco el 6,7.

Pasada la primera vuelta la dinámica de la contienda ha estado marcada por los insultos, la negativa a los debates, revelaciones judiciales y mediáticas, acusaciones mutuas, amenazas y, por supuesto, la inocua discusión sobre la legitimidad de los resultados que algunos sectores oficialistas, incluido el presidente Petro, aún se niegan a reconocer.
La encuesta previa a la primera vuelta registró un empate técnico entre los candidatos. Sin embargo, la medición de hoy muestra que la ventaja del abogado sobre el senador es de 3,9 puntos. Aunque porcentualmente puede parecer poco, esa diferencia es mayor al margen de error y en el mundo real puede equivaler a por lo menos un millón de votos. Es decir, con la foto que el CNC revela hoy, Cepeda necesitaría conseguir 143.000 votos diarios —o 6.000 por hora— para alcanzar a su contrincante.
Una campaña en seis fotos
La serie de encuestas del CNC para CAMBIO permite reconstruir la campaña completa. En enero, Cepeda marcaba 28,2 por ciento y De la Espriella, 15,5. En marzo, el senador rompió su techo (35,4) y en los escenarios de segunda vuelta aventajaba al abogado por 25 puntos: 55 contra 29,7. Luego vino el espejismo de Paloma Valencia, que en la encuesta del 22 de marzo le arrebató el segundo lugar a Abelardo (22,2 contra 15,4) y llegó a empatar con Cepeda en el hipotético balotaje. En mayo, la senadora se desinfló y el abogado remontó: 20,4 el 3 de mayo, 30,9 el 23, hasta que la primera vuelta confirmó la tendencia. La izquierda llegó a esta segunda vuelta con el tanque en reserva y el motor al límite; la derecha, en modo crucero y con gasolina de sobra.

Más allá de las consideraciones ideológicas, cualquier observador político serio debe estar en capacidad de reconocer que De la Espriella ha hecho una campaña con muy pocos errores. Desde el punto de vista del marketing electoral, la estrategia de ‘el tigre’ tendrá que ser estudiada como un caso de éxito sin precedentes. Al colombiano de a pie suele importarle, en este orden, la religión, el fútbol, la familia y el amor por el Ejército. Abelardo lo entendió al pie de la letra. Empezó su libreto mostrándose como el héroe de la seguridad y, con el eslógan de “firmes por la patria”, logró echarse al bolsillo al sector del electorado que pide mano dura.
Después, para ganarse a la Colombia rezandera, se inventó el concepto de la ‘Patria Milagro’. Aunque, como dice el candidato, a nadie se le puede “negar la conversión”, resulta paradójico que un hombre hasta hace poco ateo haya podido adueñarse, al mismo tiempo, de las banderas católicas y cristianas.
Ganado ya el terreno de las iglesias y de los cuarteles, el candidato vio en Juan Daniel Oviedo el talón de Aquiles perfecto para mostrar a Paloma Valencia como la opción ‘woke’ y posicionarse como el defensor de la familia tradicional. Mientras la candidata del uribismo tenía que hacer malabares retóricos para no enfurecer al centro, Abelardo se la jugó por fortalecer la base de derecha. Y le sonó la flauta.
Mientras la fórmula vicepresidencial de Paloma fue un lastre que le quitó más votos de los que le dió, la de De la Espriella es vista por muchos como el mayor acierto de la campaña. Abelardo no tiene experiencia ejecutiva, carga una leyenda negra a cuestas, es folclórico, combativo y visto por un sector importante del electorado como un candidato extremo. José Manuel Restrepo, aunque también es de derecha, es un hombre de Estado con miles de horas de vuelo en la administración pública, es respetuoso, moderado, busca tender puentes, no tiene esqueletos en el closet y se ha convertido en el rockstar de la tecnocracia. Además, para los que temen a la izquierda pero detestan a Abelardo de la Espriella, Restrepo es el pasante para ese trago amargo.
Como si fuera poco, al final de la campaña el abogado logró apropiarse del que puede ser el más poderoso símbolo nacional: la camiseta de la Selección Colombia en época de Mundial. Tanto es así que cualquier colombiano que vea en las calles a un compatriota vistiendo la tricolor nacional, inmediatamente lo identifica como un ‘defensor de la patria’.
Como Abelardo sigue siendo Abelardo, la estrategia de segunda vuelta ha estado enfocada en fortalecer la figura de José Manuel Restrepo. La excandidata presidencial Vicky Dávila dijo en la campaña que el petrismo quería inflar a De la Espriella para “sacarle todos los guardados que le tienen” en segunda vuelta y así garantizar el triunfo de Cepeda. Pero la realidad es otra: la cadena de aciertos de Abelardo parece haberle creado un teflón en el que nada de lo que se diga o se revele de él afecta la intención de voto a su favor en las encuestas.
La paradoja de Cepeda: la base más grande, el techo más bajo
Aunque lleva dos décadas como una figura central en la política, Iván Cepeda jamás fue considerado un contendor presidencial. Esa aspiración no estaba en su proyecto de vida y, por eso, aceptó la candidatura a regañadientes convencido de que tendría la totalidad de los votos del petrismo. Así las cosas, Cepeda solo hubiera necesitado conseguir un pequeño porcentaje de apoyos no petristas para ganar. Lo desconcertante de esta encuesta es que el candidato oficialista registra una intención de voto seis puntos por debajo de la imagen positiva del presidente, que se ubica en el 51,8 por ciento.

El dato resulta más que preocupante para cualquier estratega de la campaña del Pacto Histórico pues, en palabras sencillas, lo que muestra es que Cepeda no ha logrado persuadir a la totalidad de los seguidores del presidente. Los analistas políticos pensaban que podía haber Cepedismo antipetrista, pero nunca se imaginaron que pudiera existir un petrismo anticepeda.
Además de lo anterior, el senador construyó una campaña de lealtad absoluta a su proyecto y a su base. Esa coherencia ideológica se tradujo en un aislamiento y en el desprecio por el centro político, cuyos votos hoy necesita más que nadie.

Nunca se desmarcó con suficiente vehemencia de la Asamblea Nacional Constituyente, una bandera que moviliza a los suyos pero espanta al votante moderado que define los balotajes; dejó crecer la sombra de que el oficialismo no reconocería los resultados, alimentada desde la primera vuelta por el propio presidente; y se replegó en el silencio, lejos de los medios y de los debates, justo cuando la elección exigía hablarles a quienes todavía no votan por él. A lo anterior se suman los lastres de un gobierno que, aunque conserva una imagen positiva, carga con escándalos, investigaciones y una sensación de inseguridad que la oposición convirtió en su mejor argumento.
La aritmética es sencilla y cruel. Entre Cepeda y la Presidencia hay unos cuatro puntos que solo pueden salir de tres bolsillos: el voto en blanco (6,7 por ciento), los electores de Paloma Valencia (6,92) y los de Sergio Fajardo (4,26). Es decir, exactamente el electorado con el que el senador menos ha dialogado. La lógica política muestra que Cepeda podría recoger algo de los votos de Fajardo y persuadir a algunos colombianos que hoy piensan votar en blanco. De los de Paloma Valencia, lo previsible es que le lleguen muy pocos.

Aunque esas matemáticas son desalentadoras para la campaña del senador, Cepeda y el gobierno aún tienen un as bajo la manga: hacer lo necesario para que quienes no votaron en primera vuelta, lo hagan el 21 de junio. Lo usual es que en el balotaje aparezcan 2 o 3 millones de votos nuevos, una bolsa que puede inclinar la balanza y definir el ganador.

¿La suerte está echada?
En 2022, las encuestas posteriores a la primera vuelta mostraban a Rodolfo Hernández por encima de Gustavo Petro, y tres semanas después el hoy presidente ganó las elecciones. Las segundas vueltas colombianas se deciden por márgenes estrechos y todo indica que esta no será la excepción.
Pero una remontada exige que Cepeda haga en siete días lo que no ha hecho en siete meses: hablarle al centro sin pedirle que se vuelva de izquierda, bajarse de la paz total, buscar acuerdos y puntos medios para solucionar la crisis de la salud, ser categórico en su rechazo a la idea de una constituyente, volver a los medios y a los micrófonos, y marcar distancia frente a los pasivos del gobierno sin renegar de su origen político.
Cada una de esas movidas tiene un costo en su base; no hacerlas tiene un costo mayor en el resultado. Esa es la trampa en la que el senador se metió solo. El próximo domingo Cepeda demostrará si fue capaz de salir de ella.
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