
¿Por qué en Colombia se han mutilado genitales femeninos y de dónde viene esa práctica? La pregunta que abrió una lucha de 19 años
Colombia es el único país de la región con casos documentados de la mutilación genital en mujeres y niñas. ¿De dónde viene esa práctica, de la ancestralidad o de la colonización? Hablan mujeres indígenas que dijeron basta e impulsaron la histórica ley para erradicar la ablación en el país. “Nadie sabe del dolor que vive una niña, ni lo que sufre una mujer que pasó por esto”.
Por: Carol Tatiana Gómez
“Inicié preguntándoles a nuestras abuelas y a algunas mujeres por qué lo hacían”, recuerda Claudia Peragamo, una de las lideresas de la comunidad embera katío, en el departamento del Chocó, donde hay casos registrados de mutilación genital femenina. “Algunas decían que era cultura, que era ancestral, que era algo que no se les podía contar a los hombres”.
Durante años, la mutilación genital femenina permaneció como un asunto del que se hablaba únicamente entre mujeres. Claudia, quien fue sometida a este procedimiento cuando era recién nacida, comenzó a cuestionarlo siendo adulta, cuando quiso entender por qué se seguía realizando y cómo se había mantenido en secreto para buena parte de la comunidad.
Aunque hoy el tema vuelve al debate público tras la aprobación en el Congreso de la Ley Niñas Sin Ablación, el país solo conoció la existencia de estos casos en 2007, cuando tres niñas indígenas emberá murieron por infecciones derivadas del procedimiento en Pueblo Rico, Risaralda.
No es un tema emberá, es de todas las mujeres
Esta lucha por erradicar esa práctica sin sustento médico ya completa 19 años y comenzó sin presupuesto y sin presencia institucional en territorios apartados entre Risaralda y Chocó, lo que dificultaba los esfuerzos. Según Juliana Domico, consejera mayor y representante legal de la Confederación Nacional de la Nación Emberá, tampoco existía un terreno fértil para impulsar la discusión en las propias organizaciones indígenas.
“El tema, al involucrar directamente a las mujeres, muchas veces quedaba relegado por las mismas organizaciones. Nos decían: “Es un tema emberá y de las mujeres, ellas son las que tienen que luchar para lograr la erradicación”, afirma Juliana. Para las comunidades, incluso podía concebirse como un tema menor si se ponía al lado de problemáticas “más urgentes” como el desplazamiento forzado o la mendicidad.
Sin embargo, la mutilación genital femenina es una práctica que organismos internacionales han catalogado como una grave vulneración de los derechos humanos de las mujeres y las niñas, que muchas veces son sometidas a estas práctica en sus primeros años de vida. La mutilación genital femenina consiste en la extirpación total o parcial de los genitales externos femeninos, o en otras lesiones realizadas por razones no médicas. Según las Naciones Unidas, más de 230 millones de mujeres y niñas en el mundo han sido sometidas a este procedimiento.
Esta práctica se da principalmente en países de África, Oriente Medio y algunas zonas de Asia. En América Latina, Colombia es el único país donde se han documentado oficialmente casos.
Ablación: una práctica difícil de rastrear
Con el paso de los años, la lucha por erradicar la mutilación genital femenina también llevó a interrogar su origen. Entre las propias mujeres comenzaron a preguntarse: si se supone que es una tradición ancestral, ¿por qué solo se registraba en algunas regiones del país?
“Si nosotros somos más de 270.000 emberás distribuidos en más de 19 departamentos, ¿por qué esto solo se daba en Chocó y Risaralda?”, se preguntó Juliana Domico, consejera mayor de la Confederación Nacional de la Nación Emberá. Ella creció en Córdoba, donde también habita población emberá y donde asegura que no existe registro de este procedimiento.
Rastrear el origen de esta práctica en Colombia es adentrarse en un terreno difuso. Según investigaciones académicas, entre ellas una de la Universidad de los Andes, no existe consenso sobre cómo llegó a algunas comunidades emberá. Las hipótesis van desde una posible herencia ancestral hasta la influencia de prácticas introducidas durante la colonia a través de la esclavización de poblaciones africanas.
La investigación académica también encontró que durante el siglo XIX la medicina científica colombiana, respaldada por teorías europeas y norteamericanas de la época, llegó a recomendar procedimientos de ablación para tratar supuestas afecciones femeninas. Un hallazgo que cuestiona la idea de que estas intervenciones hayan sido exclusivas de sociedades no occidentales.
Independientemente de cuál haya sido el origen, para Juliana Domico hay una realidad: "Hoy ya tenemos la certeza de que fue una práctica impuesta que en ningún momento ha sido parte de nuestra cultura original". Por eso, por encima de cualquier teoría, lo importante ahora es reconocer que: “hay un corte del clítoris a la niña, por ende, una violencia contra el cuerpo y contra la humanidad de las mujeres”.
Para Claudia, también por encima de cualquier teoría, fue su realidad: "A veces siento que nadie sabe el dolor que vive una niña, que siente una mujer que pasó por esto. No pueden destruir nuestro cuerpo, Dios nos mandó completas", afirma.
“Si encarcelamos a las mujeres, destruimos la comunidad”
Después de años de trabajo comunitario, campañas pedagógicas y esfuerzos de mujeres indígenas, la lucha llegó al Congreso. La Ley Niñas Sin Ablación, aprobada esta semana, busca prevenir, atender y erradicar la mutilación genital femenina en Colombia mediante acciones de educación, salud, protección y acompañamiento a las comunidades donde aún existe riesgo de que se practique.
Aunque algunos sectores plantearon imponer sanciones punitivas a los y las responsables de cometer las mutilaciones, las lideresas emberá insistieron en que la respuesta debía centrarse en la educación y no exclusivamente en el castigo.
“Si encarcelamos a las mujeres, destruimos la comunidad”, sostiene Juliana Domico. Según explica, son ellas quienes transmiten la lengua, los conocimientos tradicionales y gran parte de la vida cultural. Por eso, la apuesta ha sido promover procesos de sensibilización y acompañamiento que permitan abandonar la práctica sin fracturar el tejido social.
“Nosotros apostamos por un proceso de resocialización y educación”, afirma. La idea de esta estrategia, es que las mujeres que abandonen esta práctica puedan hacer pedagogía en otros territorios. Aun así, para las mujeres que impulsaron este cambio, es un reto que apenas comienza:
“Ahora está en manos del Gobierno garantizar que esta ley llegue a los territorios”, afirma Claudia Peragamo. Para ella, la implementación tiene que involucrar a las comunidades, a las parteras, a las autoridades indígenas y a las instituciones de salud y educación.
“También hay que trabajar con las mujeres y con las niñas, socializar el tema y atender a las niñas que fueron víctimas. Darles un primer apoyo a las niñas que pasaron por esto, y también a las mujeres”, concluyó Claudia Peragamo.
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