MATAGATOS

Gustavo Freisen es uno de los tipos más detestables que me he topado en los libros. Un nazi trepador, protagonista del tercer acto de En diciembre llegaban las brisas, la novela de la escritora más audaz de su tiempo: Marvel Moreno. Freisen es uno de los villanos patriarcales que, en su primera y más nítida manifestación de brutalidad, tortura hasta la muerte a una gata que acaba de tener hijos, y también a las crías.
Escribió Marvel: “Gustavo Freisen se encargaba de rechazar a punta de palazos las embestidas de la madre, aquella gata callejera que había tenido la desgracia de parir en el desván de la casa; seguramente lo había hecho ya otras veces obteniendo la protección del antiguo propietario; así pues, no comprendía lo que pasaba: sus hijos, los ojitos recién abiertos, intentaban aterrados escapar a aquellos certeros golpes que les iban fracturando los huesos uno a uno: maullaban en un tono tan agudo que se volvía gemido, desesperanza ciega, y ella, la gata ensangrentada por los porrazos recibidos, un ojo desprendido, el hocico destrozado, volvía a la carga como si toda la energía del mundo se hubiese concentrado en su maltratado cuerpo”.
La obra de Moreno es enorme, por su castellano meticuloso y su agudo retrato de la sociedad barranquillera de mediados del siglo XX. “La Marvel se ha sentado en su sillón, con un cuadernito sobre las rodillas, y se ha puesto a escribir su novela sobre Barranquilla”, le contó su entonces esposo, Plinio Apuleyo Mendoza, a su amigo, el francés colombianista Jacques Gilard en una carta. De ese cuadernito salió una de las obras más importantes de la literatura moderna colombiana, entre otras razones porque demostró que lo que los señores de las academias minimizan como “temas femeninos” son en realidad literatura universal. Y nada más universal para retratar la crueldad humana que la tortura animal.
Desde 1970 el FBI desarrolló perfiles conductuales de asesinos seriales que recordaban experiencias de violencia contra los animales en su infancia. En 1985, los científicos sociales Stephen Kellert y Alan Felthous publicaron un estudio de caso con 102 sujetos, que arrojó una variable determinante: la violencia contra los animales en edades tempranas es el mejor predictor de futura criminalidad.
Para 1994, el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales DSM-IV de la Asociación Americana de Psiquiatría estableció que la agresión a animales en la niñez es un síntoma de un trastorno disocial (después bautizado como trastorno de personalidad).
Desde entonces, asociaciones psiquiátricas del mundo entero han respaldado la solidez de estas conclusiones. La científica e investigadora Núria Querol Viñas, una de las expertas mundiales en el tema, compiló diversos ejemplos de grandes criminales con estos patrones:
Edmund Emil Kemper III fue condenado en 1973 por ocho cargos de asesinato en primer grado (todas mujeres, incluyendo a su madre). A los 13 años mataba a los gatos del vecindario, en ocasiones enterrándolos vivos, y también al suyo, a quien troceó en pedazos.
Albert Desalvo, conocido como el “estrangulador de Boston”, mató a 13 mujeres entre 1962 y 1963. En su juventud atrapaba gatos y perros en jaulas y les lanzaba flechas hasta matarlos.
Luke Woodham apuñaló hasta la muerte a su madre a los 16 años y después disparó en el colegio a sus compañeros: asesinó a 2 e hirió a otros 7. Anteriormente, Woodham relató en su diario cómo le pegó, quemó y torturó a su perro, Sparkle.
Kip Kinkel asesinó a sus padres a los 15 años e incendió la cafetería de su colegio y causó la muerte a 2 alumnos e hirió a otros 22. Un compañero de fútbol de Kinkel le narró a Querol: “Siempre nos explicaba lo que hacía con los animales... Le gustaba torturarlos y contárnoslo. Decapitaba gatos, diseccionaba ardillas”.
El candidato a la presidencia Abelardo de la Espriella no solo torturó gatos en su infancia, sino que se ufanó de esos “juegos” por lo menos dos veces en televisión. Lo hizo en una entrevista con Suso el Paspi en Caracol TV en 2014, cuando contó: “Mira lo que hacía con los gatos. Agarraba un gato, le poníamos cinco voladores y yo quería que el gato volara. No se levantaba sino como a esta altura (y señala con la mano) y ya tú sabes lo que pasaba, ¿no?”.
En otro programa ofreció orgulloso una explicación diferente para su cuadro de tortura animal: “Cogíamos el gato de los hermanos de La Salle [se refiere al colegio al que asistió en Montería] y yo tenía una teoría de que los gatos no podrían caer parados siempre y efectivamente lo entendimos después de la muerte de tres pobres felinos. Mira, hice las maldades más grandes que te puedas imaginar”.
Entonces, ¿a veces quería ver si volaban y en otras ocasiones si caían parados? En su página de campaña ofrece una explicación, pero solo para el episodio de Suso. Dijo que antes de la entrevista le contaron que Suso “era animalista, que era pesado y yo, para tratar de descuadrarlo, salí con esa broma pesada que nunca debí haber hecho”.
La aclaración es incoherente e insuficiente. Y si lo de Suso se trató de un “chiste”, como ahora quiere hacer ver, ¿no sería eso peor? ¿Qué tipo de trastorno tiene una persona que se ufana de un acto de tortura animal que ni siquiera ocurrió? ¿Y por qué lo confesó en otro programa con una excusa diferente?
Claro que es probable que este no sea el primer aspirante a la presidencia que haya revelado síntomas de trastornos mentales (algo de eso hay que tener para querer ser presidente), pero hasta ahora ninguno había inflado pecho en televisión nacional por torturar gatos en su infancia, incluso a manera de chiste. Ni Gustavo Freisen se atrevió a tanto.
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