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Medio ambiente

Manatíes contra las cuerdas: El Niño, la pérdida de hábitat y las especies introducidas amenazan su supervivencia en el Magdalena Medio

En la foto: un manatí Del Gran Caribe (Trichechus manatus). Crédito. Katherine Arévalo - WCS / Cortesía.

En Colombia, el manatí enfrenta un cóctel de amenazas que va mucho más allá de la falta de alimento. CAMBIO habló con expertos y conservacionistas que siguen su rastro en terreno para entender cómo están viviendo estos animales, qué presiones soportan y por qué su supervivencia parece estar, hoy más que nunca, contra las cuerdas.

Por: Lina Cuitiva

Son dóciles, miden entre dos y cuatro metros, pesan unos 600 kilos y pasan inadvertidos entre las especies en peligro (EN, según la lista roja de la UICN) que viven en Colombia. Son mamíferos y buena parte de su vida viven  bajo el agua, alimentándose de plantas acuáticas. Pero el mundo que habitan los manatíes se hace cada vez más pequeño y hostil en el Magdalena Medio.

Su cuerpo, cilíndrico y robusto, contrasta con una cara ingenua y soñolienta. En nuestro país, habita en aguas dulces y ciénagas. Su piel está cubierta por pelos finos y separados, son de color entre gris pálido y café en los adultos, y las crías son más oscuras.

Ese animal silencioso enfrenta ahora una combinación de amenazas que puede ponerlo todavía más contra las cuerdas: la transformación del hábitat donde viven, la contaminación, algunos tipo de pesca, la presencia expansiva de búfalos y, en menor medida, de los hipopótamos descendientes de los de Pablo Escobar, además de un periodo de sequía que, es inminente, se intensificará con el fenómeno de El Niño.

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Crédito: Estefanía Naranjo - CAMBIO.

El problema es que el manatí tiene mucho en contra y poco a su favor, pues su margen para recuperarse en muy escaso Su ciclo reproductivo es lento (las hembras pueden tener una cría cada tres años) y aún persisten vacíos de información sobre su distribución. Los especialistas saben dónde está y cuáles son algunas de sus amenazas, pero no tienen una cifra confiable sobre cuántos individuos quedan en el país.

“No sabemos si la población es de 30 o de 200”, le dijo a CAMBIO Katherine Arévalo, bióloga e investigadora de la especie. En el Magdalena Medio, explica la especialista, se utilizan índices de ocurrencia para los estudios, pero estos no permiten establecer la abundancia absoluta o relativa de la población.

Durante años, la amenaza más evidente de esos animales rechonchos fue la cacería. Hacía parte de la dieta de comunidades pesqueras y esa práctica contribuyó a llevarlo a una situación de vulnerabilidad. Pero James Murillo, director de la ONG Cabildo Verde de Sabana de Torres, señala que ese escenario ha cambiado.

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Crédito: fotografía de Isabel Gómez Camelo - Fundación Omacha (Cortesía).

“Hoy por hoy el manatí ya no tiene ese problema”, dice. Los mismos pescadores que alguna vez lo cazaron son sus protectores y alertan cuando un animal queda en riesgo, como ocurre con la Red de Varamientos del Magdalena Medio, integrada por decenas de lugareños que avisan cuando quedan atrapados.

Para los especialistas consultados por CAMBIO, el principal problema actual está en otro lugar: el hábitat.

La amenaza creciente de búfalos y de hipopótamos

Esa transformación nociva para el ambiente también tiene una cara ganadera. Los búfalos han ganado espacio en zonas de humedales y su relación con estos ecosistemas es más intensa que la del ganado vacuno, según James Murillo, director de la organización conservacionista Cabildo Verde de Sabana Torres.

Murillo explica que estos animales buscan activamente el agua y que su peso contribuye a compactar el suelo. Su permanencia en estos ambientes también puede afectar la calidad del agua por las heces y la orina. A esto se suma la competencia por algunas de las plantas que hacen parte de la dieta del manatí y la expansión de los pastizales.

Por ejemplo, en Puerto Wilches (el municipio de Colombia con más población de búfalos en el país), esa especie convive de cerca con los manatíes en la Ciénaga de Paredes, uno de los cuerpos de agua donde se ha reportado un número importante de manatíes muertos por encallamiento en esta zona del Magdalena Medio.

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Crédito: fotografía de Katherine Arévalo- WCS Colombia / Cortesía.

En 2024 se contabilizaron unas 32.000 cabezas de ese tipo de ganado solo en ese municipio de Santander. En contraste, aunque no hay un censo oficial, se calcula que en esa ciénaga hay apenas entre 30 y 100 ejemplares de manatí.

Murillo recuerda un episodio en el que una estampida de cientos de búfalos desplazó a un grupo de manatíes. Los animales quedaron encallados y tuvieron que ser movilizados con ayuda de pescadores y habitantes de la zona.

Los búfalos no son los únicos animales de gran tamaño que comparten estos espacios con los manatíes.

Con los hipopótamos el escenario es diferente. Su presencia en estos ecosistemas es mucho más reciente y su población se limita a unos 200 ejemplares en todo el país; sin embargo, también existe competencia por alimento y espacio. 

Pero hay una diferencia fundamental: detrás de un búfalo hay un propietario al que se le puede exigir responsabilidad por el animal. Con un hipopótamo establecido en el territorio, esa responsabilidad resulta mucho más difícil de determinar. Arévalo lo resume en una comparación: los búfalos están ligados a una actividad económica y a propietarios identificables; los hipopótamos, en cambio, quedaron en un vacío de responsabilidad después de que los animales fueran introducidos al país.

Cuando la ciénaga se queda sin agua

El segundo periodo de lluvias del año debería contribuir a recargar los ecosistemas del Magdalena Medio. Pero si las precipitaciones disminuyen, como se prevé para lo que queda del año por el fenómeno de El Niño, esa recuperación hídrica no ocurrirá y, en cambio, se agravará hacia final de este año.

Para los manatíes –ya amenazados–, eso significa perder acceso a lugares donde encuentran alimento y refugio. Es un herbívoro y consume vegetación que encuentra principalmente en las orillas y cuerpos de agua. “Quedan encallados”, explica Murillo.

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Manatí antillano o Del Caribe (Trichechus manatus manatus). Fotografía de Yenyfer Mona -Fundación Omacha /Cortesía.

Eso quiere decir que el mamífero regordete queda atrapado en zonas de poca profundidad dentro de una ciénaga o un caño. Desde lejos puede parecer que todavía hay suficiente agua, pero la profundidad no alcanza para que el manatí se desplace por sus propios medios.

En esa zona del país los encallamientos se han presentado, mayoritariamente, en Santander –con el 52,5 por ciento de los casos– en especial en la Ciénaga de Paredes (entre Puerto Wilches y Sabana de Torres), así como en Barrancabermeja, Cimitarra y Puerto Parra.

Para enfrentar momentos de alerta por sequía, entre otras afectaciones, nació la Red de Varamientos de Manatíes del Magdalena Medio (RVM), una red colaborativa entre pescadores, expertos, corporaciones autónomas y autoridades ambientales. De esa manera, si se presenta un caso de encallamiento, puede responderse rápidamente ante la emergencia. Toda una red humana a favor de la conservación de los pocos ejemplares que hay en la zona.

Leonor Valenzuela, bióloga y coordinadora de Análisis y Síntesis de WCS Colombia, explica que los pescadores han aprendido a detectar alertas y también ayudan a monitorear la especie con registros sencillos como fecha de avistamiento, hora, duración de la faena, qué parte del manatí se observó, qué estaba haciendo y cuál era la condición del agua.

Es una forma de convertir el conocimiento de quienes viven en el territorio en información para la conservación.

Y puede ser especialmente importante durante el periodo seco. Valenzuela cuenta que en la ciénaga San Silvestre llegaron a encontrarse 36 manatíes empozados, todos vivos, que pudieron ser salvados gracias al reporte oportuno de pescadores locales. 

El monitoreo continuo permite detectar algo que una visita puntual de investigadores por sí solos no alcanzarían a notar: el momento en que las aguas empiezan a bajar y los animales dejan de utilizar determinados cuerpos de agua.

El riesgo aumenta cuando el descenso ocurre demasiado rápido. En esos casos, el manatí puede no alcanzar a salir por sus propios medios y quedar atrapado.

"Esa es una de las preocupaciones que tenemos ahora. El Niño apenas está iniciando, pero ya tenemos ciénagas con aguas muy bajas y el cambio para ellos puede ser muy rápido. Las emergencias pueden ocurrir y quedan atrapados", bióloga de WCS Colombia, Leonor Valenzuela.

Una especie que necesita más que rescates

Cuando un manatí queda empozado o encallado, la intervención humana puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Pero rescatar animales uno por uno no resuelve el problema que los llevó hasta allí.

Arévalo explica que, durante un verano normal, el manatí tiene cierta capacidad para soportar la reducción del alimento y del agua. Puede disminuir su metabolismo y pasar un periodo prolongado comiendo poco. El problema aparece cuando las condiciones extremas se prolongan o se intensifican, como es posible que pase en los últimos meses de 2026.

“Una cosa es que el manatí pueda durar sin comer dos meses, pero otra cosa es que el agua le llegue a la espalda y ya no pueda protegerse del sol o moverse”, explica la investigadora.

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En el Magdalena Medio pescadores, lugareños y conservacionistas se unieron en la Red de Varamientos de Manatíes. Crédito: Yelsin Salgado - WCS Colombia/ Cortesía.

En ese escenario, la ayuda humana deja de ser una excepción para convertirse en una necesidad de emergencia. Por ejemplo, en la ciénaga de Paredes, Daniel Cano, pescador miembro de la Red de Varamientos, cuenta que él y otros compañeros están llevando pasto a los manatíes. Han observado que a los animales les cuesta cada vez más llegar hasta las orillas para alimentarse, así que decidieron acercarles el alimento.

Pero la respuesta no puede quedarse ahí. Las redes de monitoreo del Magdalena Medio están intentando justamente construir una respuesta antes de que llegue la emergencia: comunidades que alertan, organizaciones que conocen cómo actuar y autoridades ambientales que deben facilitar permisos y recursos.

Valenzuela explica que también han empezado a identificar lugares que podrían funcionar como refugios para los manatíes durante periodos de aguas bajas. La ciénaga de Paredes es uno de ellos: pese a la reducción del nivel del agua, conserva sectores con profundidad suficiente para que algunos animales puedan permanecer allí.

A partir de esa información, comunidades y organizaciones han construido lineamientos para proteger ese complejo de humedales, con medidas relacionadas con restauración, cuidado del territorio, prácticas de pesca más responsables y manejo de las condiciones del agua.

Y quizás ahí está una de las principales paradojas de la situación del manatí en Colombia. Aunque la especie necesita ayuda urgente en determinadas emergencias, su supervivencia no solo depende de cuántos animales puedan ser rescatados. Depende de que sigan existiendo las ciénagas donde puedan vivir.

Arévalo considera que el manatí no ha recibido la prioridad suficiente en las políticas de conservación, aunque reconoce que en los últimos años ha aumentado la atención sobre la especie. En buena parte, dice, el impulso también ha venido de las comunidades locales.

Y ahora son también parte de la primera línea de defensa de un animal que durante mucho tiempo fue cazado por quienes hoy intentan protegerlo.

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