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7,4: la magnitud del horror
País

7,4: la magnitud del horror

Hombre lucha por sostenerse minutos después del terremoto en Cali. Crédito: Daniela López - CAMBIO.

El terremoto del pasado 10 de agosto dejó ciudades heridas, edificios convertidos en escombros, familias rotas y una multitud empeñada en buscar vida debajo del concreto. Esta es una crónica escrita en el lugar de la tragedia.

Por: Carlos Marín Calderín

Saber que el muerto era un hombre se convirtió en una buena noticia.

Los bomberos acababan de sacar un cuerpo de entre los escombros de uno de los edificios de la Urbanización Torres del Limonar, en el barrio Capri, sur de Cali. Lo pusieron en una camilla y delante de ellos cientos de voluntarios se apartaban y volvían a cerrarse, como si entre todos fueran abriendo una calle. Entraron a un patio ubicado en frente. El cuerpo iba cubierto. Detrás de la camilla corrieron tres mujeres.

Una de ellas se adelantó. Las otras dos siguieron detrás, juntas, abrazándose, esperando reconocer un rostro, un anillo, una prenda, cualquier cosa que acabara con la incertidumbre, aunque fuera un rato, aunque fuera para darle paso al sufrimiento o a más incertidumbre. La primera llegó hasta el patio y regresó.

Las dos seguían juntas entre vecinos, rescatistas, personas que iban y venían entre el polvo y los restos, y cuando por fin se encontraron, la mujer que había visto el cuerpo se detuvo frente a la que esperaba, la tomó de los brazos y le dio, en medio de aquel barullo, la única noticia que podía aliviarla:

—Tranquila, es un hombre.

La mujer que recibió la noticia, que no respondió a la pregunta de cuál es su nombre porque sus ojos lloraban, aunque sin lágrimas, tenía debajo de los escombros a una tía y a una sobrina, dijeron quienes la acompañaban.

Es martes 11 de agosto. El terremoto de ayer de magnitud 7,4 hizo ceder la tierra y rompió partes de ciudades y familias completas. Es la primera mañana de las Torres del Limonar sin las Torres del Limonar.

 

Rescatistas buscan sobrevivientes entre los escombros de la Urbanización Torres del Limonar, en el barrio Capri, sur de Cali. Parte de las labores se concentran en el parqueadero. | Foto: Carlos Marín C.
Rescatistas buscan sobrevivientes entre los escombros de la Urbanización Torres del Limonar, en el barrio Capri, sur de Cali. Parte de las labores se concentran en el parqueadero. | Foto: Carlos Marín C.

***

Juan Andrés Pineda, estudiante de ingeniería mecánica, vive aquí en el barrio Capri, donde conoció a muchos residentes de las Torres porque trabajó en tiendas cercanas. Él, arriba de una montaña de escombros, apenas está aprendiendo a llamar las Torres en pasado. “Yo me rompí a llorar al ver el derrumbe y el polvo. Aquí vivía el tío de uno de mis mejores amigos del barrio. Yo escuché que habían rescatado a Diego Patiño, lo escuché, pero cuando la familia fue a la clínica Valle del Lili, no estaba. Seguro se confundieron. No aparece. Los que venimos a ayudar no venimos para que nos devuelvan algo o en el futuro nos ayuden a nosotros, sino a salvar vidas de personas que ayer tenían una familia, una casa, lo que ahora es un lujo”, relata.

Sí. Ahora es un lujo.

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Cada tanto, de los rescatistas venía la orden que se extendía entre los cientos de voluntarios: “¡Silencio! ¡Silencio! ¡Silencio!”. Todos levantaban los brazos con las manos empuñadas. Significa que a través de sensores los rescatistas trataban de captar señales de vida debajo de los escombros. Significa que se necesita el silencio para que los heridos atrapados puedan escuchar el grito de “¡Si me escucha, haga ruido!”. Van quitando capas y capas y lo van repitiendo con la capacidad máxima de pulmones y gargantas, sabiendo que la batalla es contra el tiempo. En medio de esa espera, todos querían oír decir a los rescatistas que habían escuchado el golpeteo de ladrillos allá abajo, o una voz ahogada por el polvo. A veces sí, la mayoría de las veces no.

A las 12:26 minutos de la tarde otro corredor humano le hizo espacio a los bomberos que trasladaban un cuerpo en una camilla que metieron a una ambulancia en medio de expresiones de júbilo de “¡Sí se puede!” y “¡Gracias, Dios!”. Gracias porque había sido rescatada Diana Marcela Troncoso Escobar, médica de 32 años que estuvo 30 horas entre escombros. Al ubicarla, los rescatistas, antes de sacarla, la canalizaron. La sirena sonaba como si no hubiera mañana. La ambulancia arrancó. Adentro iba Diana Marcela, quien acababa de arrancarle a la muerte lo que había venido a buscar. Para ella sí había un mañana.

Lo primero que se ve de frente en lo que fue Torres del Limonar es una piscina desbaratada que antes estuvo en la terraza y ahora está en lo que podría decirse un segundo piso. Piscina también es un decir. Es una imagen rara: el azul vivo de las baldosas ilumina el desastre.

Enrique Franco es arquitecto:

—Estoy buscando a una amiga y colega —responde.

—¿Vivía acá?

—Vive acá —corrige—. Ayer logramos rescatar a su esposo y a su bebé de cinco meses. Ella está atrapada con su hermano.

—¿Cómo se llama su amiga?

—Valentina Vanegas. Su hermano es Juan Esteban Vanegas. Cuando el temblor, yo estaba a cinco minutos de aquí y vine cuando supe que su edificio había colapsado. Está muy complicado el rescate, las losas están muy inestables.

—¿Eso qué significa?

—Que no podemos hacer movimientos fuertes, ni con maquinaria, porque harían que en cualquier momento se mueva la estructura y se cause más daño a personas vivas.

—¿Cómo detectan vida debajo?

—Los bomberos tienen unos escáneres que evalúan donde se cree que está la gente, por referencias de personas o por sonidos que hayan escuchado. Bajan el escáner, y en total silencio, detecta hasta el movimiento de una pierna o lo que sea. Ese escáner nos ha dado mucho la mano. También está el equipo canino, que detecta dónde hay respiración.

—¿Por qué colapsaron los edificios?

—Hay una falla tectónica en esta zona. La vetustez de los edificios era muy avanzada y habría que entrar a revisar el método constructivo, quién hizo los diseños, quién construyó. No me atrevo a juzgar, pero hay que hacer unos peritos para determinar quién es el responsable.

—¿Qué cree que pasa en este momento con Valentina?

—Tenemos la esperanza de que está con vida.

***

Guillermo Enrique Muñoz Echeverry dice que le duele Cali. Es un voluntario que se puso guantes y casco porque quiso.

“Esto no es de izquierda ni de derecha, aquí debe haber un solo Cali, una sola Colombia. Estamos defendiendo la vida independientemente de la raza, el sexo o la ideología política o religiosa. Tengo mucha emoción porque acabamos de rescatar a una muchacha, se llama Diana. Dios decidió no llevársela. Ahora se detectó por señales de calor a una persona posiblemente menor de edad. Hemos recibido apoyo, la solidaridad se ha sentido. Nos tocó y estamos unidos. No es momento para llenarnos de soberbia ni de banalidades. No nos podemos dejar llevar por pequeñeces, como lo que pasó ayer con el alcalde de Cali, que uno puede no estar de acuerdo con lo que él plantea, pero no hay necesidad de agredirlo”, afirma Guillermo Enrique.

“¡Si me escucha, haga ruido!”. Tres veces. Cinco. Diez. Y un silencio total queriendo romperse a la voz de “¡Vivo! ¡Vivo!”. Ocho hombres intentan remover sin conseguirlo un pedazo de escombro grande, mitad pared, mitad concreto. Un escombro con forma de mapa, o sea de nada, un algo sólido que hasta hace unas horas fue algo porque hizo parte de otro algo: una casa, unas escaleras, una fachada, un techo.

Recorre el tumulto el rumor de que se escuchó una campana entre los escombros. ¿Estará bocarriba, bocabajo? ¿El polvo le estará permitiendo respirar?

***

En los alrededores de la Plaza de Toros de Cañaveralejo, por la carrera 56 con calle 5 parece que hubiera pasado el fin del mundo, aunque rápido porque no alcanzó a llevárselo todo. Pero para varias familias sí se lo llevó todo en el Conjunto Residencial Guadalupe, en la calle 3 con carrera 55, donde murieron doña Amparo Jaramillo, de 71 años, y su nieta Violeta Guerrero, de 7, entre otras personas.

Sin esfuerzo se ven varillas retorcidas, columnas partidas, techos en el suelo, edificios a medio caer y otros caídos del todo. Por entre los escombros camina el sacerdote Luis Alberto Ríos Sanclemente, párroco de Santa Teresa de Jesús, en este barrio, Cuarto de Legua. El padre se detiene cada veinte o treinta metros a observar este adelanto del Apocalipsis.

Dice: “El Señor nos habló y nos preparó para esto con su mensaje el domingo pasado en la eucaristía. El evangelio narra la escena de cuando Jesús camina sobre el agua y pone a Pedro a caminar también sobre el agua. Pero la marea se hace más violenta, los vientos se hacen más contrarios y Pedro empieza a hundirse y grita: ‘Señor, sálvame’. Y el Señor le dice: ‘Ánimo, aquí estoy yo. No tengas miedo’. Se desestabiliza todo, es cierto, y hay incertidumbre porque somos muy frágiles, pero al mismo tiempo es muy especial ver la solidaridad, la fraternidad, la ayuda, la generosidad de la gente. Estoy aquí cimentando la fe. Mientras tengamos vida, volveremos a construir”.

—¿Y los que murieron, padre?

—Los levantará el Señor en la vida eterna.

—¿Cómo sacar fuerzas en este momento?

—Abrazando a las personas, tendiéndoles la mano. Cuando yo me acerco a una persona y lloro con ella, esa persona siente paz en su corazón. Siempre vamos a salir triunfantes.

Así quedó el interior de la iglesia de La Merced, en Cali, tras el terremoto. El templo hace parte del Complejo Religioso La Merced, Bien de Interés Cultural del ámbito nacional. | Foto: Cortesía Lina María Álvarez.

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Cruzar Cali de un extremo al otro fue recorrer una ciudad en modo emergencia. En la Roosevelt, en la calle quinta, por Guadalupe, en la Autopista Suroriental, en la Pasoancho o calle 13, había algo fuera de lugar para un martes laboral: calles demasiado solas, gente detenida en los andenes, rostros apesadumbrados, ciudadanos que interrumpían lo que estuvieran haciendo para mirar pasar una ambulancia. Nadie decía nada, pero era fácil imaginar lo que pensaban: lleva a alguien vivo. Tal vez solo fuera un deseo, pero el deseo tampoco era poca cosa ese martes 11 de agosto que parecía festivo.

Había policías, militares y agentes de tránsito por todas partes y, aun así, se sentía una especie de anarquía, como lo definió el periodista Juan Andrés Valencia. Motos y carros en contravía, vías cerradas de repente, cruces bloqueados, el transporte público a medias o detenido, conductores buscando por dónde salir y ambulancias, una detrás de otra, pidiendo espacio con la sirena. La ciudad parecía haber olvidado por unas horas las reglas con las que normalmente se organiza. Ya no importaba tanto quién tenía la vía, por dónde se debía doblar. Había que abrir campo. Algo más urgente estaba ocurriendo en alguna parte. El orden cotidiano estaba roto, y aunque la ciudad seguía siendo Cali, ya no funcionaba como Cali.

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Por la calle cuarta con carrera 57 el terremoto, cuando no destruyó por completo, desprendió paredes, y entonces surge la idea, o solo se recuerda, de que las paredes guardan la dignidad de una casa, separan lo de afuera de lo de adentro, esconden la cama deshecha, los cuadros escogidos para una sala, el comedor donde una familia se sienta, el colchón, la silla rota, las fotografías, las cosas que solo ve quien ha subido unas escaleras, ha tomado un ascensor, ha tocado una puerta y ha sido invitado a pasar. Esos retazos de vida cotidiana ahora estaban a la vista de todos. Entrar a una casa supone una confianza que permite mirar su adentro, sus objetos. El terremoto acabó con esa reserva en decenas de edificios. Desde la calle ahora pueden verse camas, colchones, comedores, clósets con habitaciones inconclusas, cuadros torcidos, techos rajados, pedazos de muebles, la intimidad de cuartos que hasta hace unas horas no existían para nadie más que para quienes dormían, comían, discutían o se querían allí. Lo íntimo se volvió paisaje, y para entrar en esas casas ya no hace falta que nadie abra la puerta. Tampoco nadie puede abrirla, aunque quisieran, porque los edificios están en riesgo de colapso.

Uno de esos edificios está en Cuarto de Legua, en la calle 3. Quedó tan torcido, tan descarchado, tan vencido hacia un costado, que no se entiende cómo sigue ahí, parado, si a eso todavía se le puede llamar estar de pie; parece la obra de un dios en minúscula, uno falso, uno burlón, perezoso, que empezó a levantarlo, o a destruirlo, y se cansó a mitad del trabajo y lo dejó así, inclinado, maltrecho, como si quisiera ver cuánto podía resistir su imperfección.

Las paredes rajadas, el concreto desnudo, las ventanas fuera de sitio, todo en él parece anunciar el derrumbe y, sin embargo, no cae; permanece herido y absurdo, con su primer piso ahora en el sótano, desobedeciéndole al terremoto y también a la gravedad.

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Andrés Cobo tiene 20 años y salió de la cárcel el pasado 3 de agosto. Vive en el Distrito de Aguablanca, donde delinquió desde los 10 años. En prisión se convirtió a una religión y en el barrio Capri, como integrante de la Fundación Soldados de Dios, repartió alimentos a los rescatistas. Hoy, miércoles 12 de agosto, viaja a Pereira, donde ahora vivirá para evitar represalias contra su vida en su antiguo sector. Es amable, conversador y lleva una Biblia en sus piernas. Dice que cambió de vida y se esfuerza en demostrarlo, aunque su mirada conserva la dureza del pasado.

Andrés viaja en uno de los dos puestos de adelante de un vehículo de Expreso Palmira. Habla con el conductor. Ellos consideran que el terremoto es culpa de los seres humanos.

—No sé por qué Dios nos hizo sabiendo que íbamos a ser tan malos —dijo Johnnier de J. Ocampo, el conductor.

—Nos dieron la posibilidad del libre albedrío —respondió Andrés.

—Nunca voy a entender eso.

—¿Qué?

—Somos una plaga.

En el barrio Cuarto de Legua de Cali, el terremoto arrancó paredes y dejó la intimidad a la vista: el comedor, las cortinas, los cuadros, aquello que hasta el lunes solo podía verse después de cruzar una puerta. Martes 11 de agosto de 2026, un día después del terremoto. | Foto: Carlos Marín C.

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Claudia Morales, periodista y directora de la Feria Internacional del Libro de Pereira, no estaba en Pereira cuando la tierra empezó a moverse, sino en Circasia, Quindío, en una casa donde los temblores no son una rareza y donde, precisamente por eso, supo desde el primer instante que aquello no era un temblor más.

“En esta región tiembla mucho —explica—. De alguna manera, nos habituamos a ese comportamiento de la tierra, pero lo del lunes fue distinto porque donde yo vivo se oye el crujir, el grito de la tierra cuando empieza a moverse; uno lo empieza a oír desde lejos”.

Lo primero, entonces, fue el sonido. Después vino el golpe, la fuerza, la imposibilidad de mantenerse en pie.

Y continúa: “Este ruido de la tierra fue distinto, llegó con una fuerza que nunca había sentido, desde el primer golpe se sintió diferente. Mi hija estaba durmiendo, yo estaba en la cocina. Todo es tan habitual en términos de temblores que siempre que tiembla ella sigue durmiendo, pero esta vez yo le grité que bajara. Salimos a un jardín y nos agarramos la una de la otra y la tierra se movía de tal manera que no nos podíamos sostener en pie. Cuando pasó entramos corriendo a buscar nuestro gatico que es viejito y pensamos que se nos había muerto del susto. Vimos que todo en la casa se había caído, destruido: muebles, cajones, libros, adornos, ropa de los clósets, vajillas, todo quedó en el piso. Pero nuestra preocupación era el gatico, lo encontramos muy asustado y tratamos de consentirlo. Dimos gracias por estar vivos en este momento de tragedia y convertir el miedo, la angustia, la incertidumbre en fuerza. Yo le enseño a mi hija, y esa es mi manera de entender el mundo, que la razón que explica por qué estamos vivos, y qué le da sentido a la vida, es poder servir a los demás. Entonces buscamos ayudas para gente de Circasia, Armenia y Pereira”.

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“¡Si me escucha, haga ruido!”, se oye ahora en el Parque La Libertad, en la calle 13 con carrera 7, en Pereira. En una de sus esquinas colapsó un edificio de apartamentos en el que funcionaba una cafetería y pastelería en el primer piso.

Aquí, en el centro, pero también en el sector Cuba y en los barrios La Lorena, Providencia, Los Bloques y Villa Santana se escuchan los sonidos del rescate: vidrios quebrados, palas raspando concreto, el crujido del concreto roto por el cucharón de las retroexcavadoras, el ronquido de las plantas eléctricas, el traqueteo de las perforadoras, los escombros cayendo sobre otros escombros. También sonaban las monas contra las columnas que ahora tenían que ceder ante los rescatistas, órdenes cortas entre bomberos y radios que chisporroteaban. De pronto: “¡Silencio! ¡Silencio! ¡Silencio!” por si una voz venía de abajo.

Kevin Marín era vecino del edificio colapsado en el Parque La Libertad. “El dueño de la panadería alcanzó a salir del edificio durante el terremoto, y estando en la calle dijo: ‘La plata’. Se devolvió a la caja y se le vino el edificio encima”, recuerda Kevin.

Gonzalo Gutiérrez Restrepo es artesano y trabaja en el centro de Pereira desde hace 40 años. “El terremoto me dejó mareado para toda la vida. Pensé que iba a morir y me encomendé al universo. Debemos evacuar la cuadra porque los edificios están averiados. Somos veintitrés familias las que vivimos de las artesanías y hasta ahora no tenemos ninguna comunicación con la Alcaldía de Pereira, no tenemos un mediador, no tenemos a alguien que nos haya asistido en estas cosas y por eso queremos saber qué va a pasar con los artesanos”, reclama.

En la calle 13 con carrera 8 de Pereira, entre polvo, concreto roto y la urgencia de las horas, rescatistas y voluntarios se abren paso entre los escombros que dejó el terremoto. Miércoles 12 de agosto. | Foto: Carlos Marín C.
En la calle 13 con carrera 8 de Pereira, entre polvo, concreto roto y la urgencia de las horas, rescatistas y voluntarios se abren paso entre los escombros que dejó el terremoto. Miércoles 12 de agosto. | Foto: Carlos Marín C.

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Imágenes diversas se repetían en las zonas de los desastres. Ciudadanos que llegaban con sus propios cascos, sus guantes, sus palas, sus linternas, a ofrecer sus manos donde hicieran falta; comerciantes parados frente a los almacenes destruidos, mirando lo que hasta dos días antes era su patrimonio, cuidando, quién sabe por qué, lo que ya no necesitaba ser cuidado; voluntarios exhaustos, tomando sin mañana bebidas energizantes; policías repitiendo “por ahí no se puede pasar” a personas que los miraban, asentían y pasaban; hombres y mujeres jóvenes haciéndose selfies sonrientes, blancos diseños de sonrisa entre el polvo y los escombros. También estaban los que habían ido solo a mirar. “Turismo de terremoto”, lo llamó al aire un locutor de una emisora de Pereira. “A novelear”, corrigió o completó la compañera de ese locutor. Y allí estaban todos, los que ayudaban, los que habían perdido, los que cuidaban lo perdido, los que trabajaban hasta el cansancio y los que simplemente querían ver de cerca cómo luce una desgracia cuando le ocurre a otro.

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Alguien que parecía mandar, o al menos hablaba como si mandara, subido en una montaña de escombros y pidiendo silencio para que lo escucharan mejor, gritó a voz en cuello en el Parque La Libertad: “¡Vayan a San Nicolás, se acaba de caer un edificio, hay diez personas atrapadas!”. Sacudía en lo alto sus brazos como remando el aire y apuntando hacia el barrio con nombre de santo. Eran las 5:45 de la tarde del miércoles 12 cuando unas cien personas echaron a correr por la calle 13, hombres y mujeres con cascos, guantes, palas, algunos sin nada en las manos, todos con prisa siguiendo a un hombre alto de casco y camisa blanca que iba adelante diciendo por dónde doblar. Varias prostitutas del Parque animaban a sumarse al grupo a quienes preguntaban desde carros y motos. Iban hacia una tragedia, pero con algo de festividad en su andar. Una sirena policial pedía vía entre ellos, acelerando y frenando cada dos o tres metros para no atropellar. A varios se les veía la emoción de poder ayudar, la alegría del propósito, la de pertenecer de repente a algo, una euforia que por momentos parecía violenta y empujaba sus piernas. “¿Dónde fue?”. “¿San Nicolás?”. “¡Por aquí!”. “¡Sigan!”. Unos no sabían dónde era, pero seguían porque San Nicolás quedaba para allá, porque para allá va la gente. Nadie se detenía.

En la carrera 11, un hombre desde un andén preguntó por qué corrían. “Se cayó un edificio en San Nicolás, hay dieciséis atrapados”, le respondió alguien sin bajar el paso. Diez ya eran dieciséis. En las esquinas la gente miraba pasar el tumulto, preguntaba, recibía una respuesta y la repetía. Dos rescatistas voluntarios descansaban en el Parque Olaya Herrera. “¿Qué pasó?”. “Veinte atrapados en San Nicolás”. Se pusieron de pie, recogieron sus cosas y se sumaron a la carrera. Diez, dieciséis, veinte. Cascos que rebotaban, palas al hombro, gente adelantando gente, voces que daban direcciones distintas, alguien gritaba que era más adelante, otro aseguraba que ya estaban cerca. Treinta minutos después llegaron a San Nicolás: no había un nuevo edificio caído, no había atrapados. Enardecidos, sudados, sin tiempo siquiera para entender qué había pasado, volvieron a correr, ahora hacia La Lorena, donde desde el lunes sí había labores de rescate. Allí agarraron baldes y empezaron a sacar escombros. La noticia no estaba en San Nicolás, pero el desastre sí seguía en todas partes.

Un voluntario descansa entre los escombros mientras continúan las labores de búsqueda y rescate en los alrededores del Parque La Libertad, en Pereira. Miércoles 12 de agosto de 2026. | Foto: Carlos Marín C.
Un voluntario descansa entre los escombros mientras continúan las labores de búsqueda y rescate en los alrededores del Parque La Libertad, en Pereira. Miércoles 12 de agosto de 2026. | Foto: Carlos Marín C.

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Después del terremoto quedó una pregunta que se repetía frente a muchos edificios: ¿por qué este cayó y el de al lado no? Rodrigo Zamorano Sanclemente, asesor experto en Gestión del Riesgo de Desastres de la Gobernación del Valle del Cauca, dice que puede haber por lo menos diez respuestas. El suelo puede cambiar en pocos metros; también el diseño, la distribución de columnas, vigas y muros, la cimentación, la calidad del concreto y del acero. Una estructura puede estar mejor preparada para deformarse sin perder su resistencia; otra pudo haber sido modificada con los años: un muro que quitaron, un local que abrieron, un piso o un peso que agregaron. También cuentan la edad y las normas con las que fue construida. Dos edificios de la misma altura, uno al lado del otro, pueden recibir el mismo sacudón y contar historias distintas.

Las explicaciones coinciden en que importa lo construido, pero también importa lo que hay debajo. Un mes antes de este terremoto, Alberto Areiza, presidente de la Asociación Colombiana de Ingeniería Sísmica, explicaba en una entrevista con CW+ Noticias que el oeste de Cali tiene suelos más duros y, por esa condición, una mayor resistencia frente a los sismos, mientras otros sectores de suelos más blandos, como en algunas partes del sur, pueden comportarse de otra manera. Hay además una frontera en la historia de las construcciones colombianas: en 1984, un año después del terremoto de Popayán, entró en vigencia el Código Colombiano de Construcciones Sismo Resistentes, antecedente de las normas actuales. La razón de por qué un edificio queda en pie y otro termina en el suelo a veces está escondida dentro del concreto o debajo de las estructuras.

Informes técnicos explican que buena parte del Chocó, Manizales, Pereira y Cali están en una de las zonas sísmicas más activas del país. Bajo el Pacífico, la placa de Nazca se hunde bajo la Suramericana; tierra adentro están sistemas de fallas como Romeral, Cauca y Cali-Patía. La tierra, allí, lleva millones de años acomodándose.

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Después de recorrer los principales lugares de mayor afectación de Cali y Pereira, una reflexión queda fija y clara: en las zonas de rescate el caos también pareciera dar órdenes. Al menos en los primeros días después de la tragedia, nadie sabía muy bien quién gritó que había que despejar, quién pidió una linterna, quién mandó apagar una máquina, quién levantó la mano para exigir silencio. Un voluntario que minutos antes ayudó a sacar a alguien con vida puede ser retirado de repente; también la familia que llegó con un sancocho en el platón de una camioneta, el ingeniero estructural que apareció ofreciendo sus servicios, el vecino con casco y guantes. Hay que escuchar. Sobre todo escuchar porque alguien podría estar vivo debajo de todo eso que fue un edificio y ahora es una pila de concreto con forma de nada.

En Cali y en Pereira, estremecidas, mecidas, jamaqueadas, si algo ha funcionado bien, y han funcionado bien muchas cosas en medio de semejante desorden, ha sido por la solidaridad, por el coraje, por el empuje, por el denuedo, por las ganas de salvar a alguien, aunque no se sepa su nombre, no importa el nombre; en una sola palabra que lo resume: por el brío, una palabra antigua para una fuerza todavía humana.

Algunas autoridades también parecen haber sufrido su propio derrumbe. Quizás una tragedia de estas proporciones desborda cualquier organización. Pero Colombia vive sobre una tierra que se mueve y no debería tener que aprender de nuevo, después de cada terremoto, cómo responder a un terremoto. Hay policías y militares haciendo su trabajo, mirando también la devastación, tratando de distinguir quién pertenece a un organismo de socorro, quién es un ingeniero que llegó por su cuenta, quién es un vecino con aspecto de rescatista, por qué consiguió un casco y unos guantes. A veces miraban escenas que sabían que no podrían controlar; pero tal vez el verde del uniforme, una cinta atravesada en una calle, la palabra Policía escrita en una espalda, impedían que todo fuera peor.

También están los protocolos. Mientras debajo de una placa de concreto el tiempo se cuenta de otra manera, en oficinas en Bogotá se habla de autorizaciones y solicitudes formales para recibir ayuda de grupos internacionales. El orden también salva vidas, sí, pero un terremoto no conoce de trámites, y una persona atrapada solo tiene dos opciones: respirar o dejar de respirar.

Por eso en Pereira y Cali siguen entrando una y otra vez y una vez más los mismos rescatistas, ya reventados, cubiertos de polvo, con los ojos rojos, la ropa endurecida por el sudor, después de horas de levantar concreto, arrastrarse por huecos, preguntar si alguien escucha.

Tras un terremoto nunca habrá una imagen peor a la de una persona llorando, pero también quedan otras en la memoria luego de recorrer calles y barrios: zapatos empolvados, peluches sin brazos, libros hinchados por el agua, portarretratos quebrados que parten por la mitad a familias que alguna vez posaron completas, televisores con las pantallas destruidas que ya no pueden mostrar la tragedia porque la tragedia está frente a ellos; camisas, cortinas, sábanas de todos los colores, todas ahora del mismo gris del polvo.

Cuando cesen las sirenas, cuando se apaguen las retroexcavadoras, cuando los rescatistas se quiten los cascos y el polvo se asiente y ya no se escuche más “¡Silencio! ¡Silencio! ¡Silencio!” o “¡Si me escucha, haga ruido!”, quedará una ciudad con el mismo nombre en los mapas, pero que ya no será la misma. Y de eso solo saben las víctimas, para quienes 7,4 ya no será solo una cifra, sino la magnitud del horror.

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