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Una oportunidad para América Latina en manos de Colombia
El presidente Abelardo de la Espriella prometió desideologizar las relaciones internacionales y fortalecer los vínculos de Colombia con el mundo. La selección en la ONU es una prueba temprana de esa promesa. | Foto: Colprensa
País

Una oportunidad para América Latina en manos de Colombia

La elección de la próxima Secretaria General de la ONU será una de las primeras pruebas de política exterior para el Gobierno de Abelardo de la Espriella. Colombia deberá definir si mantiene el respaldo a una candidatura latinoamericana y qué posición asumirá frente a los intereses de la región.

Por: Ramón Jimeno

En medio de las revelaciónes sucesivas de tantos dramas derivados del terremoto, ha sido alentador reconocer la solidaridad de los colombianos para rescatar, atender, acompañar y reconstruir tanto daño humano y material. El Gobierno, apenas asumiendo, con su promesa de orden, seguridad, confianza y recuperación del lugar de Colombia en el mundo, se enfrenta con esa gran emergencia. Es una prueba de Estado: coordinar autoridades, movilizar recursos, recibir cooperación calificada, rendir cuentas y reconstruir sin reproducir vulnerabilidades. Es un reto para cualquier gobierno enfrentar y resolver una emergencia de esta magnitud.

Ese reto coincide con otras responsabilidades que le corresponden al nuevo gobierno. Una a la que poco interés se le presta en Colombia, es que al ser miembro del Consejo de Seguridad, en su segundo y último año, Colombia participa con voz y voto en la selección de la persona que conducirá la Secretaría de las Naciones Unidas durante los próximos cinco años.  La nueva secretaria (o secretario general) estará al frente del conjunto de oficinas y departamentos del Secretariado, así como de las agencias, fondos y programas de la ONU, que por mucho que se las critique tienen gran importania global.

La administración Petro hizo público su respaldo a la candidatura de la expresidenta chilena Michelle Bachelet. El nuevo Gobierno tiene por supuesto la legitimidad para revisar o confirmar esa decisión. Muchos esperamos que la mantenga como decisión de Estado que confirmaría que Colombia cumple lo que promete, más allá de sus litigios políticos internos. Lo que de todas formas es importante es que Colombia confirme que el cambio de Gobierno y de posición frente a la seguridad y las relaciones con Estados Unidos, no implique renunciar a la condición de país latinoamericano ni desconocer los preacuerdos para que al frente de la ONU esté una mujer de América Latina y el Caribe.

La rotación regional no es una regla jurídica ni otorga derechos automáticos. Pero sí expresa una expectativa política legítima. América Latina y el Caribe solo han aportado un Secretario General en ocho décadas, Javier Pérez de Cuéllar, y ninguna mujer ha ocupado el cargo. La región no debe reclamar una cuota: debe ofrecer la candidatura más capaz de construir confianza entre potencias enfrentadas, representar a los Estados pequeños y medianos y convertir los mandatos de la ONU en resultados.

El criterio que Colombia debería defender debería ser claro. La región puede todavía unificar su apoyo al rededor de una mujer con experiencia ejecutiva y diplomática, independencia frente a los bloques, capacidad para conversar con gobiernos de orientaciones distintas y disposición para reformar la Organización sin debilitarla. Una Secretaria General capaz de combinar seguridad y paz, soberanía y cooperación, desarrollo y derechos, y de actuar como mediadora honesta cuando las posiciones parezcan irreconciliables, le serviría al reposicionamiento de la región sin que ello implique alejarse de Washington o Pekin.

Para Colombia, esa combinación de virtudes importa. Somos un país andino, caribeño, amazónico y pacífico, cuya seguridad y desarrollo están vinculados a la estabilidad de sus vecinos, a la integración regional y a la capacidad de construir acuerdos. Colombia conoce el costo del conflicto y el valor del diálogo aun en tiempos de confrontación. Esa experiencia da autoridad para defender una ONU que prevenga, acompañe la paz y contribuya a responder al crimen organizado, las economías ilícitas, los desplazamientos, las emergencias y otras amenazas transfronterizas, así como a impulsar el desarrollo.

Una oportunidad como esta que tiene hoy América Latina, solo se volverá a presentar dentro de 40 o 50 años. Es poco probable que, de ocurrir, coincida de nuevo con que el país sea miembro electo del Consejo de Seguridad en ese momento. El presidente Abelardo de la Espriella prometió desideologizar las relaciones internacionales y fortalecer los vínculos de Colombia con el mundo. La selección en la ONU es una prueba temprana de si cumplirá esa promesa. Desideologizar no significa sustituir una afinidad por otra, sino evaluar cada candidatura desde los intereses permanentes del país: seguridad, soberanía, eficacia institucional, cooperación y presencia regional.

Colombia debería tomar la decisión de respaldar a una mujer de América Latina y el Caribe que reúna esa experiencia y pueda ejercer el cargo desde el primer día. En un momento en el que el terremoto recuerda el valor de las instituciones eficaces y de solidaridad, Colombia debe llevar esa misma claridad a Nueva York. El próximo 21 de agosto tendrá lugar la segunda ronda de votaciones informales del Consejo de Seguridad, y la jugada estratégica del país debería consistir en apoyar a quienes estén más cerca de Colombia y de la región y comprendan mejor sus intereses en el escenario global.

Ojalá ese respaldo sea para las mujeres latinoamericanas. Después de todo, Colombia puede votar por todas ellas en igualdad de condiciones; luego se verá cómo se alinean los votos de los miembros permanentes, cuyo acuerdo unánime determinará quién debe ser la próxima Secretaria General de las Naciones Unidas.

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