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País

Viaje a 20 metros bajo tierra: así se buscan esmeraldas en las minas de Muzo

Esmeralda encontrada en las minas de Muzo, Boyacá. Créditos: Rodrigo Borda Daza

CAMBIO bajó 20 metros bajo tierra en las minas de Muzo, Boyacá, para conocer a los mineros que aún persiguen la esmeralda entre túneles artesanales, guaqueros de suerte esquiva y la memoria de una guerra que dejó más de 3.200 muertos.

Por: Juan Francisco García

—La esmeralda tiene su embrujo —me dice Andrés, nuestro guía, mientras nos adentramos hacia las minas de Muzo, en el occidente de Boyacá.

El encuentro fue en la plaza del pueblo a las nueve y media de la mañana. Sobre las piernas, Andrés lleva un sixpack de cerveza que compró para la cuadrilla de mineros que espera por nosotros 20 metros bajo tierra, en el corte Jericó. Así llaman aquí a los túneles que los mineros abren a fuerza de pica, rotomartillo y madera, internándose en las entrañas de estas montañas, el gran vientre de esmeraldas de la Tierra. Un corte es una herida. Un hueco oscuro en cuyo fondo sobrevive la promesa de un tesoro.

Andrés tiene un taller de mecánica en la vereda de Pismal, Cundinamarca, a tres horas de distancia de Muzo. Desde hace un año y medio, cuando abrió su negocio, en el tiempo libre empezó a bajar a las minas para cazar esmeraldas. Primero como lavador de tierra (oficio que consiste en humedecer y tamizar la tierra que sale de los cortes, con manguera en mano, en búsqueda de rezagos de los preciados minerales verdes); después, también como comerciante y joyero, como lo revela el pecho, donde brilla una cruz de plata con seis esmeraldas en miniatura. Sobre los hombros lleva un poncho que usa para exhibir las piedras que tiene a la venta. La joyería la montó con otros dos socios en Chiquinquirá.

Andrés. Mecánico, guaquero y joyero. Créditos: Rodrigo Borda Daza
Mecánico, guaquero, joyero, Andrés montó una joyería en Chiquinquirá. Compra esmeraldas directamente en la mina. 

—Las esmeraldas no son para todo el mundo. Por acá yo he venido con amigos que pasan por el lado y ni siquiera las ven —me dice Andrés cuando, tras media hora de camino destapado, allá abajo, aparece el río Minero. Oscuro, pedregoso, casi seco por el verano.

Mientras Rodrigo, el fotógrafo, captura el río desde arriba, Andrés nos cuenta que antes, "como hace cuarenta años", era normal ver cadáveres flotando por su cauce. "Pero ya no. Ya todo por acá es pacífico y tranquilo”, dice mientras señala el río como quien señala un tesoro.

Es verdad que la energía de la mina es tranquila. Los mineros que nos vamos topando en el camino nos saludan amables. Nos dejan grabarlos y tomarles fotos mientras exhiben sus esmeraldas y enuncian su valor sin miramientos. Se oyen los pájaros y nadie exhibe armas ni nos mira con sospecha. Es verdad que la cotidianidad de la mina no escupe de frente el horror que ocupó estas montañas por casi toda la mitad del siglo XX, cuando el Estado colombiano fue un testigo pusilánime de la explotación desregulada de esmeraldas por parte de privados. 

Señores de apellido Carranza, Rincón, Molina, Murcia, Umbacia, Garavito, Ortiz, Montenegro, que, para zanjar sus diferencias por la tierra, solo en el quinquenio del 86 al 91, fraguaron una orgía de sangre que dejó 3.200 muertos entre Coscuez, San Pablo de Borbur, Santa Bárbara, Otanche, Pauna, Briceño, Maripí y Muzo, y que devino en un pacto de paz que firmaron 54 esmeralderos y tres obispos en julio de 1990, en la Iglesia Nuestra Señora del Rosario en Quípama, Boyacá. 

Esta mina también es un cementerio. 

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El río Minero nace en Cundinamarca, cruza Santander y Boyacá y desemboca en el río Magdalena. Créditos: Rodrigo Borda Daza 

El río Minero no impresiona; el paisaje, sí. Los sonidos de la vegetación que palpita junto al ruido de las picas y los generadores de gasolina. Me impresionan los mineros descamisados que, allá abajo, lavan la tierra. Hombres y mujeres miniatura que trabajan a cielo abierto y que remiten a las fotografías de Sebastião Salgado en la mina de oro de Serra Pelada en Brasil, o en las minas de carbón al noreste de la India, en Jharkhand. 

El cielo está despejado. El calor aprieta. Pienso en pedirle una de las cervezas a Andrés, pero me contengo. Todavía no hemos puesto un pie bajo tierra ni entrado en lo oscuro y las manos siguen limpias; es mucho pedir.

La mina del ratón

Don José es de Ubaté, pero desde hace 48 años llegó Muzo a buscar fortuna como minero. Enfrenta la jornada sin camiseta, con la mirada apagada y la barriga desbordada. Nos deja entrar al túnel que ha venido expandiendo, junto a un ayudante, por los últimos dos meses. Debemos agachar la cabeza para no golpearnos contra el techo del corte. Prohibido erguirse del todo. 

Adentro, de inmediato, el cuerpo registra el bochorno, la estrechez y la oscuridad. Avanzamos a tientas siguiendo el chorro de luz que sale de la linterna del minero. Después de 60 metros, cuando nos topamos con el límite del corte, le pido a don José que nos muestre cómo rompen la montaña, cómo le ganan espacio. Don José acepta y levanta del suelo el rotomartillo, conectado a través de un cable de alta resistencia a un generador a gasolina ubicado a las afueras del corte, y se pone en posición. Pero el rotomartillo no prende. Y no prende. Y no prende.

—Se totió, pailas, quedamos varados —le dice el ayudante.
—Si no es una cosa, es la otra —se queja don José.

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En los últimos dos meses –y treinta metros de expansión del túnel– don José y su ayudante no han sacado nada. Créditos: Rodrigo Borda Daza 

Luego nos cuenta que en los dos meses de trabajo en este túnel, en los treinta metros de expansión, no han sacado nada. Y, resignado, se sienta junto a su ayudante en el umbral de la bocamina. Esa postal, los dos mineros derrotados, llenos de tierra, sudorosos, me hace pensar en la descripción que da Sancho Panza de su amo. Hombres de triste figura. Quijotes que persiguen la quimera. 

Y al fondo, en el límite del hueco: la sospecha del tesoro verde que todavía no se ve.

Al frente del corte en el que trabajan don José con su ayudante, este sí con camiseta (y con una cachucha de Firmes por la Patria), vemos lavar tierra a Ángel María. Nació en Victoria, Boyacá, pero desde hace cuarenta años vive en la mina. En su grupo de trabajo hay tres personas más. Él, que lava la tierra con una manguera; un minero que mueve con una pala la tierra mojada, y en el final de la cadena, una mujer que busca si alguna de los minerales verdes se asoma entre la tierra húmeda.

—¿Usted cree en el embrujo de la esmeralda, Ángel María?
—¿El embrujo? —me responde sorprendido, y se ríe.
—¿Sacar una esmeralda es cuestión de suerte?
—Sí... pero la minería está muy dura. La esmeralda está muy agotada. Hay mucha cacería de la pobre esmeralda y casi no la hay.
—¿Cuándo fue la última vez que se enguacó, Ángel María?
—Hace como dos años. Una guaquita como de 58 millones. Pero ahorita nada. Acá en el ratón vamos dos semanas sin sacar es nada. Estamos buscando a la esmeralda ratonera, y nada –dice, y se ataca de risa–. Dios no nos ha dado riquezas pero sí el sustento para la familia. Y uno se amaña. Ya no siente la mella del calor y, si le da hambre, uno no le para bolas a eso. A veces uno no consigue ni pa' la gaseosa. Hay que saber aguantar. Acá se vive cómo Dios disponga.

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Angel María y su equipo de guaqueros –lavaderos de tierra– en las minas de Muzo, Boyacá. Créditos: Rodrigo Borda Daza 

Cuando Ángel María termina de hablar, su ayudante, el que mueve la tierra con la pala y cuyo ojo izquierdo no puede abrir, se dirige hacia Andrés y le ofrece una esmeralda. Andrés la sostiene en la mano y la mira con paciencia. Sé, por lo que nos explicó en el carro, que además del color, se fija en las fisuras y en las imperfecciones de la piedra.

—¿Cuánto pide? —le pregunta al minero que solo puede abrir un ojo.
—Millón y medio —responde.
—Está bonita… Pero no, gracias. Ahora de bajada la vuelvo a ver.

Nos despedimos y salimos del sector del Ratón. Son las diez y media de la mañana. Hace calor. Vuelvo a pensar en la cerveza. O en la gaseosa que, a veces, Dios les niega a los mineros que le encomiendan su jornada. Como Ángel María y don José.

A 20 metros bajo tierra en el corte Jericó

Al salir de la zona de El Ratón, el camino se inclina y hay que ir cuesta arriba. Conforme avanzamos aparece, de a pocos, la infraestructura artesanal de estas montañas. La primera parada es en un parqueadero lleno de camionetas Toyota que suben y bajan mineros, alimentos, cerveza, esmeraldas. Veo un perro demasiado flaco que duerme desgonzado sobre la tierra, demasiado quieto. Me pregunto si estará muerto. 

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Panorámica de las minas de esmeraldas en Muzo, Boyacá. Créditos: Rodrigo Borda Daza 

Luego a un minero que atraviesa la montaña con una canasta llena de cervezas. Suben y bajan motos. Veo hombres llenos de tierra que ya entraron y salieron de los cortes. Y más hombres viejos que, como Ángel María y don José, han de llevar décadas buscando esmeraldas en estas minas. No puedo diferenciar si en sus miradas hay tristeza o costumbre. Se parecen a las miradas que llenan los buses en la hora pico de un trancón. 

Seguimos cuesta arriba. Pasamos por tiendas con tejas de zinc o polisombra. La montaña herida es también un gran campamento. Nadie sabe el número exacto de cortes, pero nos dicen que hay más de 200. Sudamos. Rodrigo, el fotógrafo, jadea. “Estoy vuelto mierda –se queja–, eso es por no hacer ejercicio”. Ya casi llegamos, dice Andrés, y nos muestra el punto exacto en Google Maps. 

Todo lo que grabamos y registramos en estas montañas es anodino y a la vez extraordinario: huecos y más huecos, generadores de gasolina, mangueras de aire, mineros embadurnados de tierra, canastos de cerveza, árboles enormes, perros tirados a su suerte … y ese mineral (mezcla de silicato de berilio y aluminio) que lleva formándose por cientos de millones de años en las entrañas de estas montañas y que se paga tan caro en  Bogotá, Nueva York, Hong Kong, Londres, Nueva Delhi.

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El corte Jericó: uno de los 200 cortes artesanales en las montañas de Muzo. Créditos: Rodrigo Borda Daza 

El minero que nos invitó a cruzar el corte Jericó se llama Bereín. Tan lleno de tierra como se puede estar, nos saluda risueño, sin el cansancio en los ojos de José y de Ángel María. Bereín tiene afán: el calor sigue apretando y la cuadrilla va a dejar de trabajar en una hora.

—Jericó es un nombre bíblico —nos dice antes de contarnos que allá adentro, para entregarles las cervezas a los mineros que le ganan espacio a la montaña, tendremos que bajar 20 metros. 

Y otra vez la oscuridad. El olor a tierra fresca, a camino subterráneo. Aparecen las vetas blancas, en las paredes de roca, que anuncian la presencia de esmeraldas. (¿Pero cuándo?) El bochorno se hace peor tras bajar las primeras escaleras de hierro incrustadas a la roca. Por default, la mente hace predicciones, hipótesis catastróficas. ¿Qué pasa si la tierra tiembla? ¿Qué pasa si la montaña se viene abajo? ¿Cuántos mineros se habrán muerto en estos túneles? ¿Estaremos caminando sobre cadáveres? 

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A 20 metros bajo tierra en el corte Jericó. Créditos: Rodrigo Borda Daza 

Avanzamos. Otra escalera más. Los pensamientos catastróficos cesan y, quizá porque cuanto más bajamos el silencio se va profundizando, aparece el sosiego. Se siente bien caminar sin erguirse, la estrechez entre las paredes de roca, el olor a tierra nueva. Sudo a chorros y, ahora sí, estoy lleno de tierra (hasta en los ojos, porque me dio por mirar hacia arriba mientras bajaba la segunda escalera). 

Llegamos al límite del corte, en donde trabaja la cuadrilla: Olarte, Varón, Fabián, Triana, Cabrera, Camilo, 'Cochinillo'. Están instalando una de las puertas de madera de eucalipto que incrustan entre las rocas para que la montaña no se les venga abajo. Trabajan en cadena: unos alcanzan los materiales mientras otros rompen la roca a punta de pica y rotomartillo. 

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El tramo en el que trabajan está inestable. Un golpe de pica de Bereín desprende un bloque entero de tierra que este esquiva con audacia. "Échense para atrás", nos pide, mientras hiere la roca con el rotomartillo para seguir ganándole espacio. Vemos cómo instalan la puerta, cómo incrustan las cuñas de eucalipto, cómo miden que el marco esté recto. Y se acaba la función. Otro día que se suma a los 18 meses de exploración en este túnel del que todavía no han extraído el tesoro. Dieciocho meses como animales subterráneos que olfatean esa piedra color verde limón que se mineralizó en Boyacá hace 33 millones de años. 

Andrés saca las cervezas de la bolsa y las reparte entre la cuadrilla. Como pasa cuando se acaban los partidos de domingo entre amigos. Solo que este se juega a 20 metros bajo tierra, a la merced de las montañas, en este suelo que sigue albergando tesoros, muertos y brindis subterráneos. 

El tramo en el que trabajan está inestable. Un golpe de pica de Bereín desprende un bloque entero de tierra que este esquiva con audacia.
Brindis a 20 metros bajo tierra. Créditos: Rodrigo Borda Daza 
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