
El cierre de Paloma Valencia: maquinarias, negacionismo y la incómoda sombra de Abelardo de la Espriella
El último mitin de la senadora uribista antes de la primera vuelta fue una prueba de poder de convocatoria superada a punta de estructuras partidistas de concejales y ediles de la capital que ayudaron a llenar el Movistar Arena. CAMBIO estuvo dentro del evento en el que mencionar las encuestas resultó una herejía y los nervios están de punta a punta.
Por: Mateo Muñoz
–Yo no estoy firme por la patria –dijo Amapola, con los brazos desgonzados y por obligación ante 12.000 personas.
–¿Con quién estás? –le preguntó su mamá.
Silencio incómodo. Apenas unos segundos que parecieron horas.
–Con Paloma –le susurró la candidata a su hija, esperando la respuesta obvia que terminara en otro gesto igualmente obvio imaginado por algún estratega entusiasta: aplausos, vítores y miradas de ternura por el momento entre madre e hija.
–Y vamos a ganar –insistió Paloma Valencia, esperando que esas cuatro palabras animaran a un público asoleado tras hacer fila bajo el inclemente sol bogotano.
Pero Amapola resolvió hacer la pregunta que estaba atorada en las gargantas de los miles de asistentes al Movistar Arena:
–Pero ¿y si perdemos?

La candidata alejó de inmediato el micrófono, como quien mete la mano sin querer en un chorro de agua hirviendo. “Vamos a ganar”, respondió Valencia, con el optimismo previsible que hoy suena cada vez más forzado y postizo.
El fin de semana fue de terror para la senadora uribista. Por un lado, la seguidilla de encuestas que empezaron a aparecer desde el miércoles pasado confirmaron una tendencia anticipada por algunos analistas: el pulso en la derecha por el tiquete a la segunda vuelta lo está ganando, y de lejos, Abelardo de la Espriella.
Por el otro, el café con Sergio Fajardo fue peor de lo que todos esperaban, a pesar de que en realidad nadie esperara nada. ‘Fue una cagada. No sé a quién se le ocurrió’, dijo off the record un político del Centro Democrático mientras sorbía un tinto con displicencia y esperaba por entrar al evento. "La partida la ganó Fajardo, ¡Fajardo, marica!", remató el militante mientras hacía scroll en su Whatsapp lleno de mensajes lambiscones.
La conversación del sábado entre los candidatos en el Hotel El Prado de Barranquilla fue cordial, como suelen serlo las charlas que no dicen nada. Fajardo criticó a Paloma y ella no cedió terreno. Con el último sorbo de café también se terminó la posibilidad de una alianza, si es que alguna vez existió en la cabeza de alguien.
Contrario a la crudeza del hombre del tinto, en el círculo cercano de Paloma insisten en que quien se equivocó fue el exalcalde de Medellín: "El que quedó mal fue él. Utilizó el espacio para su campaña y para hacer política", dijo el senador electo Andrés Forero, uno de los rockstars del partido, a juzgar por la euforia que generó entre los jóvenes uribistas que se lo cruzaron en la entrada al antiguo Coliseo El Campín y le pidieron fotos y videos.
Para Forero, Paloma Valencia dio un nuevo gesto de amplitud ideológica al querer integrar otra voz de centro como lo hizo meses atrás cuando escogió a Juan Daniel Oviedo como su fórmula. "Eso hay que valorarlo y Fajardo no lo hizo", apuntó el congresista bogotano.
En el equipo político de Valencia han puesto al votante de centro como prioridad en esta recta final; específicamente en aquel que está en la indecisión, el voto en blanco o el abstencionismo. “A estas alturas cada quién tiene sus votos. Hay que buscar a esos que no se han decidido. Ahí hay unos 2 o 3millones, un botín”, explicó otro político uribista con conocimiento de la estrategia de campaña.
De dientes para afuera, la aspiración presidencial de Valencia reniega de las mediciones. "Yo no peleo con las encuestas, pero la verdadera es el 31 de mayo", dijo David Luna, arquitecto de la Gran Consulta que llegó al evento de camiseta y tenis, sin uniforme de político.
Sin embargo, las cifras son imposibles de obviar. El voto de opinión parece estar del lado de De la Espriella mientras que las maquinarias partidistas que se subieron a la ‘Palovieta’ solo han funcionado para llenar eventos como el cierre de campaña pero no para mover la aguja en las mediciones. Justamente, ese es el riesgo de hacer negocios con las estructuras políticas; no todo el que está agitando la bandera está convencido de votar por la candidata uribista.
Así lo confiesa Lady*, quien carga una pila de volantes mientras se protege del sol con una gorra azul que dice 'Paloma' en la corona.
–¿Te puedo entrevistar?– le pregunté.
–Mejor a alguien que sí vaya a votar por ella. A mí me tocó venir –explicó la mujer.
Su respuesta cobró sentido al ver a una gran parte de los asistentes al evento organizados por color y por padrino político. Por un lado, los que puso Samir Abisambra, el concejal liberal. En otro, los que llevó la concejal del Centro Democrático Sandra Diago. Allá en una esquina la gente que trajo el Mira. Y en ese otro rincón un grupo de liberales autodenominado Equipo Gil, de la localidad de Kennedy. Es fácil darse cuenta de que la gran mayoría son contratistas de entidades del distrito. No charlan sobre política sino de los pendientes del trabajo. "Acuérdeme mañana de hacer firmar esto por el doctor para mandarlo a la Secretaría de Salud", le dice una mujer a otra.

Es esa asociación con la política tradicional y la reciclada forma de hacer política ‘a toda maquinaria’ la que ha puesto a Paloma Valencia como consentida del establecimiento, un lastre imposible de dejar atrás. Mientras su rival directo se jacta de estar con ‘los que nunca’, la senadora se tomó 30 minutos en subir al escenario a todos los políticos que la rodean. Desde Juan Manuel Galán hasta Íngrid Betancourt y Marta Lucía Ramírez. Desde Enrique Peñalosa hasta el expresidente César Gaviria, quien no esperaba el llamado y tuvo hacer un gran esfuerzo para subir las escaleras, pararse en la tarima apoyado de un bastón y sonreír hasta que la candidata diera la instrucción de bajar. “¿Qué campaña tiene una selección como esta?”, preguntó Paloma con orgullo.

Y es cierto, ninguna lo tiene. El problema es que esa respuesta es correcta pero no rentable: es un dream team que no suma. La foto con una decena de políticos que ya gobernaron no parece convencer ni emocionar lo suficiente. Así lo entendió una de las ausentes del evento, Vicky Dávila, experta en peripecias políticas, saltó del periodismo a la política y de allí de nuevo al periodismo. Dávila, que alcanzó a cantar victoria con Paloma en tarima, ahora dispara misiles desde las huestes abelardistas contra su excompañera de consulta.
“No hablemos de la novena (....) aquí estamos los que sí tenemos palabra”, dijo Juan Daniel Oviedo en referencia a Vicky.
Pero no todos los asistentes al evento estaban motivados por mantener su contrato. Fue posible encontrar verdaderos (o circunstanciales) convencidos del programa de Paloma y Oviedo. Como Enrique, un exhabitante de calle que admira cómo Paloma y el ‘doctor Ovidio’ se han hecho a pulso. “Ese gomelo sí me cae bien”, dice, entusiasmado y sonriente, dejando ver las secuelas de sus peores momentos en su escasa dentadura.

Enrique elogia las propuestas de seguridad y la ayuda que, dice él, llegará para los pobres si la senadora llega al poder. No obstante, sorprende al decir que votaría por Cepeda si su candidata no alcanza a pasar a la segunda vuelta.
–¿Y por Abelardo no?–fue la pregunta obvia.
–El doctor Abelardo también es bueno, vamos a ver– dijo Enrique.
Para Luz Marina, madre de una adolescente con síndrome de Down, las propuestas de Paloma para las personas discapacitadas la convencieron, pero mucho más su apuesta por la seguridad. Aun así, no tienen que pasar muchas palabras para que reconozca, en una introspección repentina, que su motivación más grande es el miedo a que gane Iván Cepeda. “No podemos dejar que la guerrilla, los violadores, se tomen el poder”, dice la mujer, escarbando en uno de los ataques favoritos del uribismo hacia el candidato de la izquierda.

Su caso es parecido al de Anuar, un joven chocoano residente de la capital al que es difícil escuchar por la timidez de su voz y su gran estatura. Para él, la situación de orden público en su departamento y el temor a la continuidad del actual Gobierno pesan más que las contradicciones en las que podría entrar al votar por el Centro Democrático.
Cada uno tiene un dolor que parece encontrar refugio momentáneo en la campaña de Paloma. Apuestas por la seguridad y programas sociales que se combinan con el mejor gancho que parece tener la candidata: sería la primera mujer presidenta de Colombia. “A mi me inspira empoderamiento”, dijo Samanta, una joven uribista que no supera los 21 años.

Ahora bien, Valencia es cuidadosa en reivindicar el empoderamiento de la mujer pero sin incomodar a nadie. No le interesa apostarle de frente a una causa feminista y tensar aun más su relación con la línea dura de la derecha. No habla de machismos ni de desigualdades de género. Sabe que eso le quitaría más que aportarle. Se mantiene en su parcela ideológica esperando, otra vez, una salida en falso de Abelardo de la Espriella, machista reincidente.
Desde la tarima, la senadora retrató su concepción de lo que es una campaña presidencial llevada por una mujer; saludó a los hombres y subió a su esposo e hijos a la tarima: “Ser mamá y política no es una tarea fácil (...) ¿Dónde están mis hombres? Cuando tienen un problema, ¿a quién acuden? Pues a la mamá”, arengó la candidata para animar al público masculino. También abrazó a María Claudia Tarazona, la viuda de Miguel Uribe Turbay.
Esa fue una de las pocas partes emotivas de la intervención de Valencia que, a decir verdad, no se destacó en oratoria, show o simbolismos. Fue una presentación poco fluida con interrupciones por los llamados a lista de sus aliados hechos a ritmo de la memoria. Parecía el ensayo del evento. El borrador del cierre de verdad, verdad. Después de una hora de palabreo la gente se empezó a ir habiendo cumplido con el acto de presencia. Ni siquiera hubo entusiasmo por la presentación de Elder Dayan Díaz.
⎯¿Quién?⎯ preguntó una señora cuando el animador anunció la sorpresa musical de la tarde.
⎯Un vallenatero⎯ respondió su acompañante, mientras le halaba el brazo para salir de allí a llenar el estómago.
Tampoco hubo grandes cantos de batalla ni consignas altisonantes, lo único que pegó fue la lánguida y desgastada barra futbolera: “¡Sí se puede!”.
Pero la sensación, por lo menos en los corredores, está una tilde por debajo: si se puede, Paloma Valencia pasará a la segunda vuelta. Volviendo a la imprudente Amapola: ¿Y si no?
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