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Imagen periódico Palacio de Justicia
País

Los periódicos clandestinos del M-19 que anunciaban la toma del Palacio de Justicia

Llegaban doblados en sobres anónimos, escritos en papel barato y con olor a humedad. Eran los periódicos del M-19. Antes de ese 6 y 7 de noviembre de 1985, ya circulaban las palabras del grupo guerrillero sobre justicia, patria y traición. Eran editoriales inflamados que confundían épica con destino. ¿Podía el país haber leído esas señales antes de que ardiera la Corte Suprema?

Por: Álvaro García Jiménez

Llegaban doblados en cuatro, dentro de sobres sin remitente. Paquetes que pasaban tan desapercibidos en el tumulto del correo que, paradójicamente, podían llamar la atención de alguien con cierta suspicacia. A veces llegaban con sellos de correo, a veces traídos por un mensajero que aparecía justamente cuando no había mucha gente en la oficina y el portero estaba desprevenido, distraído o medio dormido. 

Eran hojas de periódico baratas, ásperas, que de vez en cuando dejaban tinta en los dedos y que siempre venían con un tenue olor a humedad, a bodega. Los periódicos clandestinos del M-19 llegaban en diferentes formatos; unos de esténcil y otros, más elaborados, como un pequeño impreso, tipo minitabloide. Casi siempre traían fotografías de hombres y mujeres del ‘eme’ sonriendo en la manigua: fusiles terciados, comandantes guerrilleros atentos a los movimientos y los reportes del  combate, anunciando alianzas y señalando enemigos. Siempre tratando de explicar la violencia que atravesaba al país de lado a lado y de la cual ellos mismos eran protagonistas permanentes. Todos convencidos de estar escribiendo una historia sin final a la vista y hablando de un mundo de muertos y héroes derrotados, rescatados del olvido solamente por esos textos.

Yo tenía poco más de veinte años, trabajaba como reportero de la revista Cromos y claramente no podía entender entonces que esas palabras impresas y repartidas por los guerrilleros  de manera personalizada  —urgentísimas, militantes, grandilocuentes— anunciaban una tragedia que el país tampoco pudo o quiso leer a tiempo. Era la guerra y la muerte presentándose, hablándole al país en voz baja, por debajo de las puertas.

En septiembre del 85 (dos meses antes de la toma al Palacio de Justicia), circuló la edición 101 del periódico del M-19, siempre encabezado por su logo y la consigna: “Con el pueblo, con las armas, al Poder”. En la portada, como homenaje, estaba Iván Marino Ospina (muerto en combate un mes antes) con un gesto recio, mirando al frente, empuñando su fusil y con un texto que no daba lugar a interpretaciones: “Guerra a la Oligarquía, Paz a la Nación”.

Un artículo firmado por Pina, relata con detalle la versión guerrillera de cómo murió Ospina. Cuenta la crónica lo que sucedió antes de que empezaran los disparos: “Todos sabemos lo que hay que hacer en momentos como ese: es la vigilancia sobre los movimientos del enemigo, la quema de documentos (no cayó uno solo) y la preparación para el combate, alistando armas e improvisando barricadas”. Después, la confrontación:  “El enfrentamiento se inició a las cinco y media de la mañana y duró casi tres horas. La intensidad del fuego hacía creer que había más gente en la casa… Iván y Alonso combatían y gritaban que el M-19 ni se calla ni se rinde… Al caer Iván, Alonso se quedó defendiendo a su comandante y dejando muy en alto el valor de su gente, la del Caquetá…”.

Collage registro Palacio de Justicia

El editorial de ese número del periódico, firmado por el entonces comandante general del eme, Alvaro Fayad  -a quien le quedaban seis meses de vida porque iba a morir en un operativo de la policía en Bogotá- señalaba en su periódico una traición del presidente de la República, secundada por “la ira” del ministro de Gobierno, la acción de los militares “torturadores” y de una “oligarquía sorda al clamor popular del pueblo colombiano”. Y recuerda que, antes que ellos, fueron traicionados Guadalupe Salcedo, José Antonio Galán y “los Jose Arcadios de Cien años 6 _soledad_”.  Una comparación que el presidente Petro parece haber tomado de los viejos guerrilleros.  

Fayad llama entonces a la “guerra a la oligarquía”. Detrás de la declaración era evidente que la furia guerrillera apuntaba contra el presidente Belisario Betancur, a quien quisieron enjuiciar semanas después en la toma al Palacio de Justicia.

En la misma publicación fechada el 17 de septiembre del 85, aparece un memorando de Fayad, comandante general del M-19, dirigido a “Fuerzas regulares, milicias, fuerzas especiales, comandos. A todos los patriotas por la paz y la democracia”. Asunto: “Orden general de Combate”. Bautiza la campaña como “De Pie Colombia”. En esa declaración escrita el M-19 parece quemar las naves y decidir por el camino de la guerra como única opción. “Ningún miembro del M-19 puede sustraerse hoy al combate…. Sólo combatiendo tendremos la democracia y la paz”.

Esa edición del periódico del M-19 estaba llena de noticias que hoy toman un significado especial. En la misma publicación se reporta una unión de fuerzas entre el M-19 y el Frente Ricardo Franco de las Farc (suscrito el 16 de septiembre de 1985). En la foto del pacto aparecen Carlos Pizarro, Fayad y Marcos Chalita por el M-19; y por el Ricardo Franco, Hernando Pizarro (hermano de Carlos) y Javier Delgado. Estos dos últimos, en un delirio de paranoia, dos meses después mataron a garrote y machete a 125 guerrilleros y campesinos (algunos dicen que fueron 200), acusándolos de ser infiltrados del Ejército. Esa fue la macabra Masacre de Tacueyó, uno de los episodios de degradación más aterradores de la guerra en Colombia. La firma fue el abrebocas de episodios de violencia que marcaron al país para siempre: el M-19 llegaría pocos días después al Palacio de Justicia y el Ricardo Franco a los campos del Cauca: la muerte en el centro de esa nueva alianza de guerrilleros.

1985 el año de la ira

Los periódicos del ‘eme’, para ser editados por guerrilleros en la clandestinidad, no eran piezas ordinarias, hechas con lo que hubiera a la mano. Papel periódico de gramaje bajo, bien cortado, con márgenes alineados y una tipografía organizada. Eso sí, las fotografías parecían arrancadas de una cámara fatigada pero con intención y sensibilidad: rostros jóvenes, miradas alegres, serenas o desafiantes; manos que sostenían un arma con más orgullo que convicción, grupos de amigos. La idea era mostrar un ejército con una fortaleza: el afecto y la solidaridad. Casi nada en esos boletines parecía profesional, pero en el fondo no había casualidades ni azar. Era la estética de la guerra hecha a pulso y difundida con estrategia.

En medio de esas páginas había siempre consignas que se repetían, a veces como una brújula para darle sentido a lo que pasaba, o simplemente como advertencia: por ejemplo, “Guerra a la oligarquía, paz a la nación”, un titular perturbador presentado pocas semanas antes de entrar a sangre y fuego al Palacio de Justicia. Era una frase sencilla, casi rítmica, diseñada para ser recordada, repetida, para meterla fácilmente en el cerebro de la gente. Perfecta para ser compartida en voz baja en los cafetines de barrio, en los bares de salsa, en los pasillos de las universidades, en los teatros de Chapinero y en las cantinas donde se juntaban emboladores, guerrilleros, estudiantes, actores , pintores, cantantes y periodistas. Ese era el corazón del relato del M-19 en sus publicaciones: la idea de que el país estaba dividido en dos partes irreconciliables —unos pocos que lo dominaban y una nación traicionada que debía reivindicarse a sí misma por la fuerza, a las malas. Otra vez un argumento familiar.  En esos boletines, la revolución se ofrecía como una restauración moral. La guerra no era presentada como destrucción, sino como un acto necesario de justicia. La violencia adquiría entonces un tono pedagógico: se disparaban los fusiles para enseñar, porque el argumento era simple:  no había otra manera de hacerse escuchar.

Archivo Palacio de Justicia m-19

Yo los leía en Bogotá, entre el ruido de los buses, la salida de la universidad y el murmullo denso de la redacción de Cromos. A veces los abría en el camino, apretado entre desconocidos, con el vidrio empañado por la lluvia y el humo de gasolina subiendo desde la Séptima; otras veces, sobre el escritorio donde se acumulaban cables de noticias, ceniceros con colillas viejas, tazas de café frío y fotografías todavía húmedas del laboratorio. Esos boletines no eran secretos ni jeroglíficos: eran advertencias. No estaban ocultando lo que iba a pasar; lo estaban anunciando. Y, sin embargo, la ciudad  seguía su curso. Era como si el país estuviera tratando de convencerse de que la guerra era una ficción distante, a pesar de que  ya la llevábamos doblada en el bolsillo la advertencia.

En Octubre del 85 llega otro sobre con un especial de la campaña “De Pie Colombia”, la que había anunciado Fayad en la edición anterior. De nuevo el comandante guerrillero escribe el editorial, poniendo el dedo acusador sobre el presidente Belisario Betancur, de quien dice, “se desbarrancó en el camino de la paz, traicionando el acuerdo de cese al fuego para el Diálogo Nacional”…. A él (al presidente) le corresponde también recibir, no el parte de victoria de sus generales, sino la realidad inocultable del vigor, la dignidad y el heroísmo de un pueblo que se levanta para la conquista del gobierno…”. Probablemente mientras Fayad escribía esto, ya el comando del M-19 se preparaba para tomarse el Palacio, enfrentarse al ejército y matar a decenas de personas, incluidos varios de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia.

Semanas después de la toma del Palacio me llegó una tarjeta de Navidad. No era solemne ni militante. Mostraba a unos niños sosteniendo un globo con los colores de la bandera guerrillera, y en el globo, discretamente impreso, el logo del M-19. Los niños sonreían. Ya no había armas en la imagen. No había rastro de los muertos, ni del humo, ni de los escombros. Solo una invitación a la esperanza. “Por la conquista de una Colombia del tamaño de nuestros sueños. Movimiento 19 de Abril, M-19”. Recuerdo haberla tenido entre las manos y sentir una sensación difícil de nombrar. Era la estética de la ternura usada para suavizar o justificar la memoria de la violencia que todavía resonaba en nuestras cabezas. Una tarjeta de Navidad enviada por quienes acababan de incendiar la Corte Suprema con la imagen de unos niños elevando el  globo del eme: a veces funciona disfrazar de inocencia. No es una estrategia nueva.

Guardé esos periódicos por mucho tiempo con la certeza de que en algún momento me dirían algo más, de que tenían un propósito que no podía entender claramente. Cuarenta años después, esas hojas frágiles y no tan mal tratadas por el tiempo, ahora sí dicen mucho más de lo que decían entonces. Eran un proyecto de sentido, de comunicación, no solo de combate. El M-19 no buscaba únicamente un triunfo militar: buscaba instalar una narrativa en la cabeza del país. El objetivo principal, difundir la idea de que la violencia podía ser ética si se realizaba en nombre de la justicia. Otra idea familiar. Que la destrucción podía ser presentada como reparación a los despojados. Hoy, con el tiempo en el retrovisor, lo que aparece es la distancia tan grande que hay entre la épica y la tragedia. La comunicación de la insurgencia del M-19 era eficaz no por su factura, sino por su promesa moral. Y esa promesa —hay que decirlo— sedujo a muchos. Cuarenta años después los herederos de ese M-19 tratan de hacerlo de nuevo, sin tanta habilidad ni talento,  pero con mucha persistencia.

No son pocos los retratos de figuras de la actualidad nacional plasmados en la comunicación subversiva; no entrevistados por grandes medios sino por la agencia de prensa guerrillera “¡Oiga Hermano!”, cuyo eslogan era: “Jalémosle a la libertad informativa. Hagamos democracia”. En el número 150 de esa publicación (en abril del 86), hay una entrevista con Otty Patiño, actual comisionado de Paz, y a quien presentan como uno de los comandantes encargados de la consolidación de un “ejército” que respaldara la convocatoria de una Asamblea Nacional Popular, un órgano superior de toda la guerrilla colombiana. Esta era su visión de entonces sobre la facilidad de instalar violencia en los territorios: “ Aquí tu llegas con un arma, y la pones al servicio del campesinado en cualquier parte del país e inmediatamente vas a encontrar, independientemente ya de la denominación que tengas, un apoyo y una simpatía”. Y hace referencia a lo sucedido en el Palacio de Justicia: “Con el Palacio de Justicia se cierra definitivamente la posibilidad de un diálogo con la oligarquía, y lo que se ha venido presentando es una guerra entre nación y oligarquía. Existe la necesidad de que la nación empiece a hacer formas de gobierno y esa es la razón de la convocatoria de la Asamblea Nacional Popular”. Eso decía Otty Patiño cuando todavía ardían las cenizas del Palacio tomado por el M-19.

Archivo Palacio de Justicia mujer

Otra de las figuras que aparece en los reportes de los medios del M-19 es Vera Grabe –hoy jefe negociadora con el ELN-, quien es citada en una entrevista concedida a un medio internacional. En ese momento, Vera veía así el papel de su grupo: “La guerrilla como fuerza militar no nos sirve para crear una alternativa de poder; puede servirnos para presionar, para hostigar o para _propagandizar_”.

Sigo guardando esos papeles. Los sostengo con cuidado, como si al tocarlos demasiado se fueran a disolver y sé que representan una alerta que viajó por el tiempo y que hoy se quita la máscara. Pienso en los que murieron aquel noviembre del 85 y en las palabras que entonces sirvieron de advertencia y justificación anticipada de la barbarie. Nadie lo entendió en su momento, pero ahora todo es muy  claro: el lenguaje es el preludio del incendio.

La historia de la violencia en Colombia  está hecha de batallas y de muertes, sí. Pero también, y a veces sobre todo, de los discursos que las preceden y las motivan. Para que venga la muerte, muchas veces basta con invocarla.

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