
Señor presidente:
Le escribo antes de que llegue.
No como advertencia —que sería inútil—, sino como recordatorio: el poder no cambia a nadie, solo lo deja ver con más claridad.
Y como todavía no sé si quien llegue será un hombre o una mujer, me aferro a una certeza más útil que cualquier nombre: si es mujer, no necesita parecerse a los peores hombres que han ocupado ese cargo para demostrar autoridad; y si es hombre, ya es hora de que deje de parecerse a ellos. Le escribo ahora porque después casi todo encuentra excusa, y casi todo termina repitiéndose.
El poder revela. Y una de las primeras cosas que deja al descubierto es cómo habla alguien cuando se siente desafiado. No en los discursos, sino en ese instante en el que decide si responde o si embiste, si se contiene o si se rebaja.
Lo van a provocar. Y ahí aparece la tentación más antigua del poder: contestar en el mismo tono, confundir reflejo con carácter. A quien está por llegar arriba rara vez le dicen esto: no toda pelea merece darse. Y desde la Presidencia, ninguna debería librarse perdiendo la altura.
Porque desde arriba, presidente, una pelea deja de ser un episodio. Se vuelve ejemplo.
Hay una línea que no es ideológica ni táctica. Es una línea ética.
Y se rompe —sin excepción— cuando, en política o en cualquier espacio de poder, una mujer deja de ser tratada como interlocutora y pasa a ser reducida, ridiculizada, convertida en caricatura.
Ahí ya no hay política.
Hay degradación.
El poder que necesita humillar ya no es poder. Es otra cosa.
Lo inquietante es que ese deterioro casi siempre viene acompañado de razones. Que lo provocaron. Que no había otra forma. Que esta vez era distinto. Se parece demasiado a ese lugar donde uno se convence de que tenía motivos suficientes, de que tocaba responder así, de que no había alternativa. Casi nunca era cierto.
El problema no es equivocarse. Es cuando la equivocación deja de incomodar. Cuando la rabia se vuelve estilo. Cuando la humillación se vuelve lenguaje.
Y casi siempre hay aplausos. Habrá quienes celebren el exceso, quienes llamen franqueza a lo que no es más que descontrol con micrófono. No les crea demasiado, Presidente. El aplauso también enferma. Y cuando confirma lo peor, lo vuelve costumbre.
Ojalá quien llegue no tenga que repetirse en público para entender que hay formas de hablar que ya son derrota.
Un presidente no gobierna solo con decisiones. Gobierna con aquello que vuelve aceptable.
Si convierte la política en una disputa personal, podrá ganar momentos y perder autoridad. Y si convierte a las mujeres en vehículo del desprecio, no estará reduciendo únicamente a una adversaria: estará estrechando el espacio en el que otras intentan existir.
Porque cuando el poder habla así de una mujer, nunca está hablando solo de ella.
No le escribo para pedirle corrección. Le escribo para exigirle conciencia. Que entienda que hay palabras que, dichas desde donde usted va a estar, dejan de ser palabras.
Se vuelven permiso.
Permiso para atacar.
Permiso para ridiculizar.
Permiso para reducir.
Y después, permiso para llamar a todo eso carácter.
No lo es.
Es la forma más barata del poder.
Todavía está a tiempo de elegir algo distinto. No más suave: más alto. Más firme sin desprecio. Más claro sin humillación. Más fuerte sin necesidad de empequeñecer a nadie.
Porque gobernar no consiste en demostrar que puede aplastar, sino en demostrar que no necesita hacerlo.
Le escribo así porque hay silencios que también son complicidad. Y este país ya ha pagado demasiado por ellos.
No sé si quien llegue será un hombre o una mujer. Pero sí sé lo que Colombia ya no puede darse el lujo de recibir: un presidente convencido de que la fuerza consiste en humillar, de que el poder autoriza la bajeza, de que la Presidencia es una licencia para pelear como cualquier matón con audiencia.
Un país puede sobrevivir a muchos errores. Incluso a la soberbia.
Lo que no sobrevive es a acostumbrarse a la degradación.
Y eso, presidente, también se aprende.
Se aprende mirando hacia arriba.
Y un presidente que rebaja para mandar no gobierna: contagia.
Lea los comentarios









