
Hace unos días escuché a un gobernador estadounidense hablarle a su gente en medio de una crisis profunda. Reconoció la rabia de su comunidad y denunció lo que considera políticas crueles.
Pero dijo algo que me quedó dando vueltas: si van a protestar, háganlo sin violencia. Cuídense unos a otros. No permitan que la rabia se convierta en crueldad.
La frase es simple.
Y justamente por eso hoy resulta incómoda.
Porque hoy demasiada política se alimenta de lo contrario: de la rabia convertida en espectáculo y del enemigo convertido en bandera, y a veces también en combustible.
Mientras lo escuchaba pensé en Gabriel García Márquez y en aquel texto extraordinario que escribió hace más de treinta años: Por un país al alcance de los niños.
Allí no hablaba de ideologías.
Hablaba de país.
De la posibilidad de imaginar una Colombia donde la creatividad, la dignidad y la convivencia no fueran excepciones, sino parte de la vida. Un país que pudiera estar al alcance de los niños porque los adultos habrían aprendido algo esencial: vivir juntos sin destruirse.
Treinta años después seguimos tratando de responder la misma pregunta: qué clase de país queremos ser y qué estamos dispuestos a hacer para merecerlo.
El pasado fin de semana, los colombianos empezamos a escoger quién quiere gobernarnos. Vendrán meses de discursos, encuestas, críticas, ataques y promesas. Eso es normal en democracia. La política siempre ha sido una conversación intensa sobre el rumbo de una sociedad.
Pero por debajo de cualquier elección hay algo más profundo.
Si todavía somos capaces de cuidarnos unos a otros.
Las democracias no se rompen primero en las urnas.
Se rompen cuando la crueldad se vuelve política.
Cuando el desprecio se convierte en lenguaje.
Cuando la humillación empieza a dejarnos de escandalizar.
Y en estos días basta abrir cualquier red social o escuchar algunos discursos para entender lo cerca que podemos estar de esa frontera.
La rabia puede ser legítima en democracia.
Y a veces incluso necesaria.
Los ciudadanos tienen derecho a indignarse, a protestar y a exigir cambios cuando sienten que algo es injusto. La historia de las sociedades libres está llena de momentos en los que la indignación abrió el camino a transformaciones necesarias.
Pero hay una frontera que ninguna democracia puede cruzar sin dañarse.
La frontera de la crueldad.
Cuando el adversario deja de ser alguien con quien se discute y se convierte en alguien al que hay que destruir, la política deja de ser una conversación sobre el futuro y se convierte en una batalla permanente.
La rabia no tiene por qué convertirse en odio ni en desprecio.
Puede convertirse en responsabilidad.
Puede convertirse en participación.
Puede convertirse en el compromiso de cuidar la democracia incluso cuando estamos furiosos con ella.
García Márquez imaginaba un país donde la convivencia fuera una forma de cultura. Un país donde la educación enseñara no solo a competir, sino también a comprender al otro.
Ese sueño sigue siendo una tarea pendiente.
Colombia vivirá en los próximos meses una conversación intensa sobre su futuro. Habrá desacuerdos profundos, críticas duras y debates necesarios. Todo eso es parte de la democracia.
Pero hay algo que ningún candidato puede decidir por nosotros.
La forma en que nos tratamos.
Podemos elegir el camino fácil del insulto permanente.
O podemos recordar algo mucho más simple.
Que este país no pertenece a quienes gritan más fuerte.
Pertenece a quienes todavía creen que vivir juntos exige una cosa elemental.
Cuidarnos unos a otros.
Porque al final la democracia no se juega solo en las elecciones.
Se juega en algo mucho más simple.
En si seguimos viendo ciudadanos
o empezamos a ver enemigos.
En si la rabia nos gobierna o si todavía somos capaces de cuidarnos.
Un país puede acostumbrarse a la guerra.
Lo verdaderamente peligroso es cuando deja de escandalizarse por ella y vuelve a hablar el lenguaje de la guerra.
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