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Luis Alberto Arango
Puntos de vista

De la chatarra a la carreta presidencial

En medio del dolor ciudadano, el patrón presidencial se vuelve habitual: confundir, evadir, culpar y hablar carreta. La dignidad presidencial otra vez fue inferior a las circunstancias.

Por: Luis Alberto Arango

Gustavo Petro tiene varias palabras favoritas. Hay una que usa con especial frecuencia y convicción. Con ese tono de quien lleva la verdad en el bolsillo: carreta. Con ella descalifica a sus críticos, a la prensa, a la oposición, a quien se atreva a cuestionarlo. "Eso es pura carreta", dice, y se sacude las manos como quien zanja un debate.

La paradoja es que nunca en su mandato esa palabra le ha calzado tan bien a él mismo como el lunes 23 de marzo de 2026, cuando un Hércules C-130 de la Fuerza Aeroespacial Colombiana se precipitó sobre la selva del Putumayo segundos después de despegar. El país entero contuvo el aliento.

Murieron 69 servidores públicos del Estado colombiano: seis miembros de la Fuerza Aeroespacial —un teniente coronel, dos mayores, un subteniente, un técnico primero y un técnico segundo—; dos del Gaula de la Policía Nacional —un subintendente y un patrullero—; y 61 del Ejército Nacional —un sargento segundo, un cabo primero, dos cabos terceros y 57 soldados profesionales—. 

A sus familias, el abrazo solidario de una ciudadanía que los llora y los honra. 

“Esa sola enumeración debería haber obligado al presidente a hablar con la gravedad de un jefe de Estado”.

Esa sola enumeración debería haber obligado al presidente a hablar con la gravedad de un jefe de Estado. Pero Gustavo Petro, una vez más, no estuvo a la altura del accidente más letal en la historia de la aviación militar colombiana.

Que el avión era chatarra. Que la culpa era de Duque. Y que él, el presidente Petro, como siempre, no tenía nada que ver.

Ahí estaba. La carreta presidencial, puntual como nunca.

Seamos claros, Petro no es ingeniero aeronáutico. No es piloto. No es técnico en mantenimiento de aeronaves militares. Es un presidente que leyó que el avión tenía 43 años de fabricación y saltó a la conclusión con la velocidad de un mensaje en X, sin esperar investigación, sin pruebas, sin rigor. Insistió —sin evidencia alguna, con las investigaciones aún en curso— en que "la vejez del avión" era la causa más probable del accidente.

Los expertos, en cambio, sí saben del tema. Y lo contradijeron de frente. El ministro de Defensa señaló que la aeronave tenía más de mil horas de vuelo tras su mantenimiento de 2023, y fue enfático: no son los años los que determinan si una aeronave puede volar, sino las horas de uso y el rigor en su mantenimiento. El comandante de la Fuerza Aeroespacial fue aún más directo: ese Hércules tenía capacidad para volar cuarenta años más.

Sus propios funcionarios. Su propio Gobierno. Contradiciéndolo en público. Con valor a pesar de las posibles consecuencias. Fueron leales con la verdad, con la rigurosidad, con la ciudadanía, con el uniforme, pero sobre todo con las víctimas. Eso se llama integridad.

“Fueron leales con la verdad, con la rigurosidad, con la ciudadanía, con el uniforme, pero sobre todo con las víctimas”.

Hay flotas de C-130 activas en el mundo con décadas más de operación, mantenidas con disciplina técnica y volando sin incidentes. La edad de un avión militar no es una sentencia para no volar. Un mantenimiento descuidado sí. Y eso —el descuido o no— es exactamente lo que la investigación debe determinar. Nadie, y menos un presidente actuando de perito improvisado y oportunista en redes sociales, tiene derecho a emitir veredicto antes del proceso.

Y por si hiciera falta un argumento más elocuente que cualquier informe técnico: el mayor Jaime Alexander Fernández Camargo, quien piloteaba el Hércules accidentado, había regresado hacía apenas semanas de la Antártida. Piloteó el mismo tipo de aeronave —un C-130 Hércules de aproximadamente 45 años de antigüedad, dos años más viejo que el que el presidente llama chatarra— más de 7.500 kilómetros hasta el continente más inhóspito del planeta, en condiciones meteorológicas extremas, con 19 años de experiencia y aterrizaje exitoso. Semanas después murió en un vuelo de rutina de 50 minutos.

El mismo piloto. El mismo tipo de avión. La misma chatarra.

Lo que sobrepasa la magnitud de la tragedia no es el error técnico: es la indignidad del momento.

Mientras los cuerpos aún eran recuperados de la selva amazónica, Petro estaba en X acusando al Gobierno de Duque de haber recibido "chatarra" de parte del Gobierno de Estados Unidos que donó tres aviones, entre ellos el que se accidentó, y preguntando quién era el contratista responsable. Las familias esperaban saber si sus hijos estaban vivos. El presidente calculaba cómo aprovechar la tragedia para golpear a la oposición.

Eso no es estadismo. Eso es exactamente lo que él llama carreta: hablar por hablar, sin fundamento, usando las palabras como arma en lugar de como puente.

Las familias de esos 69 uniformados merecen una disculpa. No por el error técnico —eso es lo de menos— sino porque su dolor fue convertido en combustible político antes de que terminara el día de la tragedia.

Y este, como ya es costumbre en este Gobierno, no es un caso aislado.

“Cuando algo sale mal, el presidente tiene lista una explicación que apunta a otro lado”.

Cuando el pasado febrero murió Kevin Acosta, el niño de siete años con hemofilia severa que llevaba dos meses sin recibir su medicamento porque la Nueva EPS —intervenida por su propio Gobierno— no se lo entregaba, Petro tampoco habló de la falla del sistema. Habló de una bicicleta. El niño había sufrido una caída montando en bicicleta que le provocó un trauma craneoencefálico severo con hemorragia interna que, sin el medicamento, no pudo controlar. 

En lugar de señalar la negligencia de la EPS, el presidente dijo que el niño no debería haberse subido a la bicicleta. Sugirió que la madre, según él de “niveles educativos deficitarios”, no sabía cuidar a su hijo. La evidencia médica fue contundente: Kevin no murió por caerse, sino por no haber recibido su medicamento. La Procuraduría lo confirmó: negligencia. Una EPS intervenida por su propio gobierno le falló a un niño de siete años. Y el presidente culpó a la madre.

El patrón presidencial es siempre el mismo. Cuando algo sale mal, el presidente tiene lista una explicación que apunta a otro lado. Al Gobierno anterior. A la familia. A la burocracia. A los conspiradores. A todos, menos a su mismo Gobierno o la búsqueda de la verdad.

Al final de su mandato, es posible que Gustavo Petro sea recordado menos por la grandeza de sus decisiones que por la pequeñez de sus salidas en falso. Las mismas que no honran la dignidad presidencial. Por esa incapacidad reiterada de estar a la altura del sufrimiento nacional. Por haber confundido la investidura con la tribuna, el duelo con la polémica y la responsabilidad con la excusa. Un presidente está para alumbrar el país en sus horas oscuras y dolorosas. Petro, en numerosas ocasiones, ha hecho lo contrario: ha usado la oscuridad para alumbrarse a sí mismo a punta de carreta.

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Mi e-mail es: columnaluisarango@gmail.com.

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