
Hay una zarzuela en la que un personaje que posa de médico- veterinario dice: “a juzgar por los síntomas que tiene el animal puede estar hidrópico o puédelo no estar”. Cada vez que escucho a Trump me acuerdo de esta estrofita.
Cada embarrada que suscita Trump “puede estar hidrópica o puédelo no estar”. A cada desatino, una excusa.
La guerra que él decidió contra Irán “puede estar hidrópica o puédelo no estar”. El mundo entero se está dando cuenta de que fue el resultado de una precipitada determinación de Trump. Lo dicen los más circunspectos documentos del Pentágono, los mejores académicos de los Estados Unidos y del mundo entero, la inmensa mayoría de la prensa de los Estados Unidos, y el sentido común de la opinión pública que empieza a comprender lo mismo. Todos coinciden en que una guerra que tenga por apoyo solo la superioridad aérea no tiene posibilidades de resultar exitosa en pocos días; habrá un momento en que tendrán que meter la infantería gringa al terreno, como lo terminaron haciendo en Iraq.
Esa opinión pública que, unida a la academia y a los medios escritos —resulta invencible en Estados Unidos, como lo dirá sin duda en las elecciones de noviembre— está dándose cuenta de que todo fue maquinado por Netanyahu y que Trump picó el anzuelo. La guerra iba a ser un paseo como el de Caracas, después pasó a que duraría dos o tres semanas y ahora, para vergüenza de la Casa Blanca, se sabe que será una guerra “sine die”. Su fin “puede estar hidrópico o puédelo no estar”.
Los bandazos con relación al petróleo no son menos sorprendentes: de una posición firme con sanciones y regaños ha pasado a permitir que cualquier país del mundo puede comprarle combustibles a Rusia.
De los insultos permanentes contra la Unión Europea ha pasado, en el desespero, a cortejarla. Algunos han mordido también el anzuelo. La señora Von der Leyen, que llegó a suscribir las tesis de los halcones norteamericanos al decir que las viejas reglas del derecho internacional habían terminado, tuvo que desdecirse y reafirmar los viejos pero inamovibles principios de respeto a las normas del derecho internacional que permanentemente pisotea Trump.
A la señora de la agencia de lucha contra los inmigrantes tuvo que destituirla cuando, después de haberla defendido a capa y espada, se dio cuenta de que era una bestia. La señora Noem, cuando concurrió a las audiencias del Senado que ratifica los nombramientos de los altos funcionarios estadounidenses, confesó sin sonrojarse “que no sabía qué era el habeas corpus”.
Es un errático payaso del que la comunidad internacional desconfía más. Así empieza a demostrarlo la Unión Europea, quizás con la excepción de Hungría.
¿Y qué decir de nuestra región donde hablamos el “maldito español” que tanto le incomoda? Ahora ha resuelto armar un escudo contra el narcotráfico conformado con los países que le rinden vasallaje incondicional, ignorando a países como México o Colombia que, por diversas razones, son neurálgicos en la lucha contra los narcóticos. A nosotros parece que nos pidió excusas por no habernos invitado. Pero la reunión de Miami no pudo resultar más lánguida, conformada por aquellos que, como Noboa del Ecuador, tienen en su corazoncito la secreta ambición de transformarse en los Trump regionales.
Y mientras tanto, el Rey que rabió sigue impávido de ridículo en ridículo. Al darse cuenta de que estaba siendo devorado por las arenas movedizas de la guerra contra el país persa, que él mismo decretó, tuvo que declarar que ya no aspiraba al premio Nobel de Paz. O como cuando revisando los zapatos de sus colaboradores en la Casa Blanca resolvió que como a él no le gustaban, entonces todos los altos dignatarios debían ajustar la horma de sus pies a una misma marca de zapatos que Trump les distribuyó.
Definitivamente, la política exterior de los Estados Unidos “puede estar hidrópica o puédelo no estar”.
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