
Asina ría, Gudmanin: un saludo fraterno desde nuestras lenguas palenquera y creole.
Como lo dije en el Foro Celac-África, celebrado en Bogotá, hace poco más de cinco siglos el pueblo africano llegó a estas tierras por el puerto de Cartagena de Indias. Llegó en contra de su voluntad. Llegó enfrentando todas las violencias posibles. Quienes violentaron creyeron que traían una fuerza de trabajo oprimida, pero no tuvieron en cuenta que, cuando a un pueblo no lo dejan hablar, empieza a cantar; que, cuando a un pueblo no lo dejan respirar, empieza a bailar.
Eso es lo que ha hecho nuestro pueblo negro, afro, raizal y palenquero. Todas nuestras afrodiasporidades, todas nuestras afrocolombianidades, durante siglos, han bailado, han cantado y también han trabajado, pero, ante todo, han creado formas de resistencia, dignidad y memoria.
Esa es la matriz espiritual que nos une: una voluntad de resistencia y de profunda creación. Y conviene insistir en la creación. Porque resistimos, sí, pero, ante todo, creamos. Ya lo decía Ngũgĩ wa Thiong'o, junto a otros pensadores y escritores afros, negros, raizales y palenqueros: los pueblos deben tener la posibilidad de narrarse a sí mismos, de contarse desde sus propias formas y no quedar atrapados en la historia oficial escrita por otros.
La cultura es justamente ese espacio donde los pueblos se entienden, se cuentan, se identifican y se presentan ante el mundo. No solo como fuerza oprimida, no solo como fuerza colonial, no solo como fuerza esclavizada, sino como potencia de sistemas medicinales ancestrales, de bebidas tradicionales, de cantos fúnebres y cantos alegres, de percusiones que encarnan la dignidad de un pueblo.
Eso es, en buena medida, lo que ha buscado el Gobierno de Colombia, con la voluntad del presidente Gustavo Petro y con la decisión firme de la vicepresidenta Francia Márquez: impulsar una política integral que recupere nuestras memorias y nuestra matriz espiritual compartida, una matriz que no entiende de fronteras. El sur-sur deja entonces de ser apenas una designación geográfica y empieza a convertirse en una apuesta epistemológica, en una circulación de saberes.
Durante estos tres años, esa política cultural integral ha tomado forma en distintas acciones del Ministerio de las Culturas. Por eso se ha trabajado con los cuatro departamentos del litoral Pacífico —Chocó, Cauca, Valle del Cauca y Nariño— para reconocer las bebidas ancestrales del viche y avanzar en la entrega de los primeros mil certificados para su comercialización. Por eso se han articulado esfuerzos con la Unesco para reconocer las rutas de la esclavización y proyectar a San Basilio de Palenque, San José de Uré y Quibdó como centros de memoria global. Por eso también se ha impulsado una política artística y cultural en todo nuestro Caribe afrodiaspórico, desde el archipiélago de San Andrés hasta La Guajira.
Cuando hablamos de todo esto, entonces, no solo contamos políticas públicas: también reivindicamos modos de vida, maneras de habitar el mundo y sistemas de conocimiento construidos por nuestras comunidades afrodiaspóricas.
Hay, además, una razón profunda para agradecerle a África. Mientras la vicepresidenta recorría ese continente, asumía algo esencial, que los encuentros no deben darse solo entre jefes de Estado, sino entre pueblos. Y eso es justamente lo que ha venido haciendo el pueblo afrodiaspórico, nada distinto a encontrarse, reconocerse, presentar su voz y construir formas de relación compartida. Como ha dicho el presidente, no gobiernan solo los jefes de Estado, gobiernan los pueblos. Y hoy esa conversación con África también pasa por nuestra afrodiasporidad viva y actuante.
Por eso, la compañía Sankofa Danza encarna también una certeza. Durante años ha construido una matriz corporal y espiritual para nuestros pueblos afrodescendientes y ha recordado, como dice su director, Rafael Palacios, que bailamos no para ser vistos, sino para ser escuchados. La historia y la memoria no solo se escriben en documentos ni reposan únicamente en los archivos de los países. La historia también está en el cuerpo. La herencia también está en la danza.
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