Ir al contenido principal
Juan David Correa

Periodicazo de aye

“Quien al poder se acoja de un malvado, será, en vez de feliz, un desdichado“
Samaniego

La atención de los últimos días se ha centrado en la entrevista que la dupla Paloma Valencia, candidata presidencial por el Centro Democrático, y Juan Daniel Oviedo, candidato a vicepresidente, le concedieron a Federico Gómez Lara, director de la revista CAMBIO, en la que publico esta columna. Una entrevista política se puede leer de múltiples formas: las más generales, desde los afectos morales; las más puntuales, desde las ideas. Muchos se han enfocado en los afectos morales como ideas políticas. Me interesa pensar que las ideas que expresan tanto Valencia como Oviedo pertenecen a un horizonte político neoliberal que ha reinado en el mundo en los últimos cuarenta y cinco años. Como lo escribí en una columna de hace unos meses, esta idea logró prevalecer a partir de convertir a la sociedad en un modelo de regulación a través de la acumulación gracias a la desposesión de otros: un campo transaccional donde la financiarización de las relaciones, y de la vida misma, nos ha conducido a pensar que los individuos solo pueden construir vínculos a través del capital. Al convertir la existencia en una negociación que arrastra a miles de millones a la precariedad y que, debido al avance de la tecnología y su cooptación por siete magnates que reinan como señores feudales, ha convertido a la humanidad en una mercancía. Por eso, lo primero que uno advertiría en los planteamientos de Valencia y Oviedo es que ambos son conspicuos representantes del decálogo neoliberal.

Oviedo repite constantemente aquello que se ha vuelto credo entre algunos de los representantes más afamados de esta teoría en nuestro país desde que sucediera su desembarco como ‘Apertura económica’, política pública del Gobierno de César Gaviria, como Rudolf Hommes, Mauricio Cárdenas, José Manuel Restrepo o Alberto Carrasquilla.

En primer lugar, la gestión eficiente como óbice de desembarazarnos de las discusiones ideológicas, y considerar al Estado como una empresa. En ese sentido, lo que interesa es mostrar resultados, así estos, en muchos de los casos, estén sustentados en políticas asistencialistas que demuestran eficiencias cortas, pero que no atienden procesos de largo aliento. Cada periodo de sus gobiernos está signado por el cumplimiento de unas metas econométricas, o indicadores de gestión, que muestran, según su particular visión del mundo, una manera de ocultar las dinámicas sociales, pues el empeño está sobre todo puesto en el crecimiento de las grandes empresas privadas y corporaciones, en detrimento de la mayoría de pequeñas y medianas y de los habitantes asalariados de nuestro país.

Este diálogo entre iguales que han querido convertir en antagonistas por la evidente homofobia de la candidata presidencial, y la orientación sexual del vicepresidente, es una hábil manipulación para centrarnos en lo superficial de un acuerdo profundo que no desbaratará ninguna sensibilidad, por opuesta que sea, pues lo que ambos defienden es una idea de progreso que considera un desarrollismo sin límites que convierte al consumo en un derecho, para ocultar derechos sociales que ha defendido este Gobierno como el de la salud, el salario mínimo, el trabajo, la tierra o la vivienda.

Esta manera de banalizar lo político ha sido una de las estrategias culturales más efectivas que se puso en marcha a través de los medios de comunicación que, desde mediados de la década de los noventa, en el caso colombiano, y de la globalización y las redes sociales, han convertido el escenario público en un espectáculo propicio para vender identidades contrapuestas, que pueden llegar a acuerdos haciéndonos creer que hay en juego algo más allá de lo anecdótico.

Es por ello que cuando se ve la entrevista sin reparar en esas supuestas diferencias irreconciliables, nos encontramos con el verdadero sentido de una alianza que para muchos desanimará a los representantes de la neutralidad liberal, pero que, al contrario, es la verdadera noticia: no salió mal, como piensa la mayoría, sino que nos muestra la manera de operar del sentido neoliberal en toda su expresión; lo importante no es que allí haya ideas en disputa, sino un arreglo formal, con una idea democrática basada en lo electoral. 

Idea que omite lo que ambos defenderán desde su experiencia de clase y privilegio, más allá de sus trayectorias diversas: el mercado sobre el Estado; la familia como un espacio privado indiscutible; la libertad sexual como un asunto zanjado en lo constitucional pero turbio en lo moral y entonces vulnerable de nuevo; el individuo sobre el sentido comunitario; la privatización como garantía de un Estado pequeño; la cultura del norte global como paradigma, entre otras.

Al ocultar estos temas de fondo, la estrategia parece clara. Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, más allá de representar al oprimido que se concede a su verdugo, son hijos de un ‘periodicazo’ de ayer que ya leímos en Colombia durante los últimos treinta y dos años, y que nos mostró la ruina de la salud privatizada en el año 93, a través de la Ley 100, la desindustrialización del país, el extractivismo y las materias primas como motor de la economía nacional, el ataque frontal a la organización laboral –hoy de nuevo discutida por Valencia tras el decreto 234–, la privatización de las empresas públicas –como ocurre actualmente en Bogotá con la ETB y ya pasó con tantas–, la militarización del Estado para ejercer control a través de estrategias como el paramilitarismo, el desplazamiento, las masacres y todo ese horror surgido de una conveniente alianza entre narcotraficantes y sectores políticos que usufructuaron poder y dinero mientras fingían condolerse con la calamitosa situación de un país que, siguen repitiendo, es pobre, y donde la plata no alcanza para la mayoría, sino para esa inmensa minoría que se ha lucrado, a partir de este sentido común nacido en los años treinta del siglo pasado y que, al preconizarse en los años setenta, eligió como enemigo cualquier forma de modelo distinto, por ser “intrínsecamente ineficiente”, siempre pensando en los socialismos y regímenes comunistas que cayeron tras el muro de Berlín y la Perestroika, a finales de los años ochenta.

Bajo estas ideas, Paloma Valencia no tuvo inconveniente en declarar, junto a su compañero de fórmula, que ninguno de los problemas aquí planteados eran definitivos, y más bien ambos se dedicaron a otra estrategia de la eficiencia neoliberal: convencer, a través de sus formas, y demostrar que el agua y el aceite podían estar juntas, que no había por qué pensar en “problemas que por ahora no tenemos”, porque ya no importa el tema del plebiscito o de la paz, ni de estar o no de acuerdo con la adopción de niños y niñas por parejas del mismo sexo, o de la dosis mínima, o de la ejecución extrajudicial por parte del Estado de miles de jóvenes, porque en el fondo “todo es hablable entre iguales”.

Ellos son iguales, y así, la supuesta neutralidad de quienes están con Oviedo queda solventada: lo importante es recuperar la senda del ganador, del emprendedor: volver a ser los que fuimos, evidentemente, entre clases privilegiadas. El pacto ha ocurrido muchas veces en la historia del capitalismo. 

El 20 de febrero de 1933, veinticuatro empresarios liberales —los mismos trajes, las mismas corbatas, hoy devenidas en atuendos cool informales— como Gustav Krupp, Albert Vögler, Günther Quandt, Friederich Flick, Ernest Tengelmann, Fritz Springorum, August Rosterg, Ernst Brandi, Karl Büren, George von Schnitzler, Hugo Stinnes Jr., Eduard Schulte, Ludwig von Winterfeld, Wolf Dietrich von Witzelben, Wolfgang Reuter, August Diehn, Erich Ficlker, Hans von Loewenstein, Lurwig Gauert, Kurt Schmitt, August von Finck y el doctor Stein, dueños de marcas que han perdurado como reyes del libre mercado como Opel, Varta, Thyssen, BMW o Siemens, entraron al palacio del Parlamento alemán, y en uno de aquellos salones, que tiempo después ya no albergarían a parlamentarios, pues esa idea era inconveniente para el totalitarismo, fueron recibidos por el presidente del Reichstag, Hermann Göring. Tras una charla cordial sobre las elecciones del 5 de marzo, apareció el nuevo canciller, Adolf Hitler, a quienes todos le concedieron una sonrisa: si alcanzaban la mayoría, les dijo que había que acabar con un régimen débil, alejar la amenaza comunista, suprimir los sindicatos y permitir a cada patrono ser un führer en su empresa. Ya sabemos qué pasó a continuación. Y que ha pasado tantas veces en nuestra historia.

“Nunca se cae dos veces en el mismo abismo. Pero siempre se cae de la misma manera, con una mezcla de ridículo y de pavor”, dice Eric Vuillard, en El orden del día, novela que cuenta esa historia donde los empresarios, al comienzo de aquella reunión en la que se pactaba con el tirano entendían, como lo entienden Valencia y Oviedo, que en el mundo de los negocios las luchas partidistas son poca cosa. Políticos e industriales están habituados a codearse. Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo no solo lo saben: lo representan y piensan que la moral y las ideas no tienen nada qué ver, son la esperanza de ese periodicazo de ayer que ya leímos los colombianos.         

Y que muchos no queremos ya leer.

Finalización del artículo

Lea los comentarios

Artículo exclusivo para suscriptores

Suscriptores

Compartir en redes sociales