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Juan Camilo Restrepo
Puntos de vista

Un inquietante dilema fiscal

La llamarada en los precios de los hidrocarburos que ha suscitado la guerra del Medio Oriente plantea un profundo dilema para la política fiscal colombiana: ¿trasladar dichos precios al consumidor o que los asuma como subsidio el fondo de estabilización? En la práctica, lo último llevaría a inflar a niveles impensables el déficit del fondo de sustentación de los hidrocarburos.

La primera opción sería la más lógica. Pero su implementación es difícil en las circunstancias que vive el país y la proximidad de las elecciones, La mayoría de los países —incluido Estados Unidos— utilizan esta vía: con las cautelas técnicas necesarias, el precio externo sube o baja en el surtidor de gasolina al ritmo que marque el mercado internacional de los combustibles. Es el camino que menores costos tiene para el fisco, pero el más delicado desde el punto de vista político.

La otra alternativa es aislar el precio doméstico de los combustibles del mercado internacional. Esto, en el fondo, es lo que hace el fondo de sustentación. En principio debería servir para que el precio también suba o baje a partir de un valor disparador que fijarían las autoridades. Pero en la práctica opera solo para asumir las diferencias cuando la tendencia de los precios internacionales está al alza, convirtiendo así la modulación de dichos precios internacionales en un subsidio que termina asumiendo la política fiscal.

¿Cuál de los dos caminos seguirá el Gobierno colombiano? Un trino del presidente parece dar una indicación de que —aunque toscas— da una pista por dónde irán las cosas.

Ha dicho, en síntesis, que se dejará fluctuar el precio doméstico de la gasolina, el cual seguirá en consecuencia la dirección de la llamarada desencadenada por el señor Trump por su guerra en Irán. Y que, en cuanto al diésel, se le dejaría también fluctuar, pero que seguiría subsidiado para los transportadores.

Del dicho al hecho hay un trecho largo. Y habrá que ver los detalles técnicos como dichos propósitos se instrumentalizan.

El incremento del crudo ha sido bestial desde que comenzó la guerra. El precio de un barril de Brent —que es nuestro punto de referencia— prácticamente se ha duplicado desde que comenzó la guerra. Dejar fluctuar el precio interno de la gasolina al ritmo de los misiles y de las bombas requiere un coraje político inmenso, pero sería una medida que iría en la dirección correcta. Lo contrario tendría un costo fiscal desmesurado para la política fiscal, que bien averiada se encuentra.

Dejar fluctuar el precio del diésel es también una medida prudente pues no hacerlo llevaría a que se amplíe inconvenientemente la brecha entre uno y otro combustible. La única posibilidad de mantener medianamente calmados a los transportadores de carga en esta coyuntura puede ser la de conservar algún tipo de subsidio al transporte de carga en el entre tanto.

Cuando este artículo se escribe, el precio de un barril de Brent excede los 120 dólares. Cuando empezó la guerra estaba en 70 dólares aproximadamente. La gran pregunta es: ¿cuánto va a durar esta guerra que ya lleva un mes? Los desajustes que está acarreando en toda la cadena que determinan los precios de la gasolina, del gas y del diésel son monumentales.

Veremos pues qué orientación le dan a esta emergencia las autoridades energéticas del país. Si aíslan totalmente los precios internos de los del mercado internacional se aminoran las tensiones sociales, pero se hace explosivo el manejo del fondo de estabilización de precios de los combustibles. Lo que haría inmanejable cualquier ajuste fiscal razonable de la situación fiscal global que ya se encuentra cataléptica.

Probablemente lo razonable —y quizás el único camino factible— es ir ajustando gradualmente, pero siempre al alza, el precio doméstico de los combustibles. De tal manera que finalizada la guerra estemos en una situación que nos permita avanzar hacia el esquema ideal (que es el que utilizan la mayoría de los países) que consiste en vincular automáticamente los precios domésticos con los internacionales.

La demagogia no puede primar sobre lo técnico en este desafiante dilema que nos plantea la guerra del Medio Oriente.

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