
La escena es inolvidable. Ocurrió en mayo de 1994 cuando, en pleno debate en directo entre los dos candidatos de la política tradicional de Colombia, Ernesto Samper y Andrés Pastrana, se coló, muy sonriente, Antonio Navarro Wolff. Los organizadores estaban indignados por lo que consideraron un acto de mala educación o un sabotaje, auspiciado por el sindicato de Inravisión, pues fueron los técnicos quienes le abrieron las puertas al intruso. Los periodistas-directivos de QAP y CM& habían decidido excluir a Navarro porque, según ellos, no era un candidato viable, y eso que estaba por encima del 10 por ciento en las encuestas; preferían un cara a cara entre los dos verdaderos contendores.
El argumento era inaceptable. Colombia pretendía dejar atrás el cerrado bipartidismo y, en plena apertura democrática, la izquierda aspiraba a presentar sus ideas en igualdad de condiciones. Además, eran las primeras elecciones con segunda vuelta, lo que ampliaba el espectro de opciones en la primera. Con el tiempo, la proliferación de candidaturas hizo imposible invitar a todos y se impusieron criterios de selección.
Aquella anécdota gravita en mi memoria como evidencia de lo difícil que resulta poner en práctica un valor fundamental de la Constitución de 1991: el pluralismo.
Los debates se ritualizaron en la política desde que la televisión entró a los hogares para quedarse. En Estados Unidos, el formato lo inauguraron Kennedy y Nixon, en un duelo que marcó el inicio de la política de la imagen. Y es que quienes lo escucharon por radio dieron por ganador a Nixon, mientras los televidentes se inclinaron por el demócrata con su pinta relajada y glamorosa. Como sabemos, ganó Kennedy.
En su libro El honor del guerrero, Michael Ignatieff dice que a la televisión no hay que pedirle profundidad. Que es un medio emocional por antonomasia, donde la empatía o el asco moral afloran de manera casi instintiva. No importa si se trata de la política. Asistimos a un debate como a cualquier show de entretenimiento: sedientos de goles como si fuera fútbol, del nocaut de una pelea de boxeo, o del ganador de un concurso de talento.
Aunque no sean sesudas, ni necesariamente cambien la decisión del votante, esas discusiones sí amplían nuestro universo de comprensión. Nos brindan matices. Especialmente porque lo que entra en juego en ese teatro es el carácter de los líderes y su capacidad para enfrentarse a encrucijadas. Allí afloran tanto la tolerancia como la intransigencia; la serenidad o la neurosis; la empatía y el cinismo; y, sobre todo, se revelan contradicciones y grietas.
Algunos de los debates más memorables en nuestra historia así lo demuestran. Por ejemplo, aquel en el que Antanas Mockus le lanzó un vaso de agua a la cara a Horacio Serpa en 1997; un acto que él consideraba simbólico, pero que lo que suscitó fue solidaridad con el agredido. El mismo Mockus, en 2010, mordió el polvo en un debate donde Juan Manuel Santos lo trató todo el tiempo como “profesor” y no como rival. En el cara a cara definitivo para la segunda vuelta, el candidato de la Ola Verde, que venía disparado, se desinfló sin remedio.
Hay que reconocer que son escenarios riesgosos. Por eso los candidatos punteros tratan de controlar las condiciones de tiempo, modo y lugar. Virgilio Barco, por ejemplo, se negó a participar en el primer debate de la televisión colombiana en 1986, al que solo asistieron Luis Carlos Galán y Álvaro Gómez. En 2002, Álvaro Uribe estuvo reticente a participar, aunque al final lo hizo, y en 2006 definitivamente no quiso enfrentarse a Carlos Gaviria, con el argumento de que su debate era con el pueblo. Lo mismo dijo Rodolfo Hernández hace cuatro años.
En esa lógica se inscribe la posición de Iván Cepeda, al decir primero que no iba a debates, y luego, al condicionarlos a que se concierten los temas y moderadores. Eso no es escandaloso, sino más bien un típico cálculo electoral del que va adelante. Máxime si siente que la cancha que le ponen los periodistas no es suficientemente plana, y que podría convertirse en una rendición de cuentas del Gobierno Petro.
Lo que sí me resulta problemático es que se pretenda excluir a Claudia López y a Sergio Fajardo, incluso si no tienen opciones reales de triunfo. La conversación con los adversarios, si es honrada, aclara diferencias, al tiempo que crea puentes. Un buen debate puede ser antídoto contra el miedo al otro, que se usa como arma política, al tiempo que modula las creencias. Eso en un país tan polarizado es oro puro. No se trata solo de dos horas frente a la pantalla, sino de la conversación que se desata en la sociedad, de cara a las elecciones, entre diferentes.
Que participen todos los candidatos es un gesto de confianza en la democracia, de respeto a las minorías… de grandeza. Un debate abierto es una apuesta por el pluralismo que no tiene pierde, como nos lo enseñó Navarro Wolff en aquel plató de Inravisión, con su gesto disruptivo, incómodo e inolvidable.
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