
La vida me dio la oportunidad de educarme en un ambiente donde todo era muy medido. Mis cuatro hermanos y yo tuvimos una infancia feliz pero sin estridencias, porque la situación económica de mis padres no nos permitía tener lujos. Aunque vivíamos en casa propia, la ropa para ir al colegio la manejábamos comunitariamente, ya que los cinco hijos teníamos tallas similares. De manera que el que se levantaba primero siempre escogía la vestimenta más nueva, y el último en despertarse le tocaba ponerse la que quedaba, que generalmente era la más vieja. Así aprendí a compartir, un hábito que hace parte de mis convicciones más profundas.
Esta rutina tan particular de la infancia también me sirvió para salir de la burbuja, que es ese estado mental de indiferencia que nos puede envolver y alejar de la realidad sin darnos cuenta. Le ocurre a quienes tienen la fortuna de criarse con ciertas comodidades y sin angustias económicas, lo cual no tiene nada de malo. El problema es que crecen desconociendo las realidades que viven la gran mayoría de los colombianos. Por consiguiente, no desarrollan su sensibilidad social, ni su empatía, ni su sentido de la solidaridad, ni la virtud de la generosidad. Entonces, ¿cómo nos damos cuenta si estamos dentro de esa burbuja?
Yo tuve la fortuna de descubrirlo muy temprano compartiendo la ropa con mis hermanos. Pero años después lo confirmé cuando viví, como emprendedor, lo que significa trabajar mucho y recibir poco. Sin embargo, otros han necesitado hechos más contundentes. El ‘estallido social’, por ejemplo, se encargó de reventar la burbuja en la que vivían otros buenos empresarios. Y aunque eso sirvió para que asumieran una actitud generosa dentro de la sociedad, no podemos seguir creyendo que lo estamos haciendo todo bien.
Uno de los mayores pecados que cometen los gerentes a nivel empresarial es que, en su afán por volver las compañías rentables, tratan de sacarle provecho a la mano de obra, cuando lo que deberían hacer es valorar la mano de obra para sacarle el éxito. Mi experiencia personal es la mejor evidencia que tengo para demostrarlo: en la medida en que la fábrica ha crecido, también lo ha hecho su gente y, por último, yo.
Don Manuel Carvajal estaba convencido de que no puede haber empresas sanas en medios socialmente enfermos. Yo complementaría que quienes hemos trabajado duro para recibir cosas buenas de la vida también tenemos la obligación moral de ser generosos con los menos favorecidos y más responsables con la sociedad.
Por esa razón, la gente pudiente tiene que esforzarse en reconocer que afuera de su burbuja hay otra Colombia llena de angustias sociales. Que nuestro país es mucho más grande y sus necesidades son enormes. Que, en medio de esa desigualdad tan inmensa, la opulencia es una afrenta. Que a uno no lo respetan por lo que tiene sino por el trato que da. Que siempre será más edificante inspirar grandeza que inspirar riqueza. Y que definitivamente rico no es el que tiene mucho, sino el que necesita poco.
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