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Luis Alberto Arango
Puntos de vista

El costo de encerrarse

Un documental de Netflix, un psicólogo británico y un sociólogo estadounidense llegan a la misma conclusión: encerrarse socialmente reduce las oportunidades y acorta la vida.

Por: Luis Alberto Arango

Un documental de Netflix, un psicólogo británico y un sociólogo estadounidense llegan a la misma conclusión: encerrarse socialmente reduce las oportunidades y acorta la vida.

Alguien me recomendó una serie de Netflix que lleva semanas rondándome la cabeza. Se llama Vivir 100 años: Los secretos de las zonas azules, en inglés Live to 100: Secrets of the blue zones. Para quienes no tengan suscripción, está disponible en fragmentos en YouTube con acceso libre. La premisa es simple: el escritor e investigador Dan Buettner recorre cinco lugares del mundo donde la gente vive más tiempo —Okinawa, Japón; la región de Barbagia en Cerdeña, Italia; la isla Ikaria en Grecia; la península de Nicoya en Costa Rica; y Loma Linda en California, Estados Unidos— buscando qué tienen en común. 

Encuentra nueve factores: mantener actividad física natural, tener sentido de propósito, manejar el estrés, comer con moderación, dieta basada en plantas, beber con mesura, pertenecer a una comunidad de fe, poner la familia primero y —el que más me llamó la atención—: los círculos sociales. Buettner lo llama la tribu correcta.

Ese último factor explica que las personas que viven más tiempo eligen activamente con quién se rodean y buscan conexiones sociales que los motiven a vivir. Y la ciencia respalda por qué importa tanto: la soledad, dice Buettner, equivale a siete años menos de expectativa de vida. 

En todas las zonas azules hay un denominador: la vida comunitaria activa es como una medicina que mantiene la vitalidad presente. En Okinawa, Japón, los ancianos viven integrados a sus comunidades, no apartados de ellas. En Cerdeña, Italia, y en Ikaria, Grecia, el encuentro cotidiano —la plaza, la mesa compartida, la conversación— es parte de la rutina de salud tanto como la dieta. En Nicoya, Costa Rica, el tejido comunitario sostiene a las personas en los momentos de mayor vulnerabilidad.

“La soledad…equivale a siete años menos de expectativa de vida”.

Mientras procesaba todo esto, me encontré con un texto que citaba a Richard Wiseman, psicólogo de la Universidad de Hertfordshire en el Reino Unido, quien durante años estudió la diferencia entre personas que se describían como “afortunadas” y las que se describían como “sin suerte”. Su conclusión principal es que el 90 por ciento de lo que nos ocurre depende de nuestra forma de pensar y ver el mundo. La suerte no es externa. Es una actitud. Quien se abre al cambio, quien no le teme a lo nuevo, quien convierte el fracaso en punto de partida, ese termina encontrando oportunidades que el pesimista cerrado simplemente no ve, aunque estén frente a sus ojos.

Hay otro hallazgo, este del campo de la sociología, que complementa esa idea y la lleva un paso más lejos. El sociólogo estadounidense Mark Granovetter postuló, en un artículo llamado ‘La fuerza de los vínculos débiles’ publicado en 1973 en la prestigiosa revista American Journal of Sociology, un argumento contraintuitivo: las oportunidades más importantes de la vida —el trabajo, el negocio, la idea que cambia todo— rara vez llegan por los amigos cercanos. Llegan por los conocidos lejanos, por los contactos nuevos, por las personas que habitan redes distintas a la nuestra. Los círculos cerrados, por más afectuosos que sean, reciclan las mismas informaciones y las mismas puertas. Por lo tanto, una red que no se expande no genera oportunidades nuevas. Solo repite las que ya existen.

“Su conclusión principal es que el 90 por ciento de lo que nos ocurre depende de nuestra forma de pensar y ver el mundo”.

Aquí es donde, para mí, Wiseman y Granovetter convergen con Buettner en algo que me motivó a escribir esta columna: encerrarse socialmente tiene costos que no siempre vemos, pero que la ciencia lleva décadas documentando. A corto plazo, una red estrecha y una mente aversa a la apertura social reducen las oportunidades. A largo plazo, el aislamiento social acorta la vida. No son fenómenos distintos: son el mismo proceso actuando en dos escalas de tiempo.

El problema es que ambas dimensiones se erosionan con los mismos hábitos: la rutina que nos vuelve predecibles, la pantalla que reemplaza el contacto físico, la comodidad que nos hace rehuir lo desconocido. Nos encerramos en el caparazón y llamamos a eso estabilidad.

Colombia tiene una tradición rica de redes comunitarias: la cuadra, el barrio, la familia extensa, la minga, las juntas de acción comunal. Son parte de nuestras costumbres. Y algunos de nosotros podemos estar desmantelándolas exactamente cuando más evidencia tenemos de que funcionaban para abrir oportunidades, y de paso, vivir más años.

“Abrirse, con disciplina, a nuevas personas, nuevas ideas, nuevas formas de pensar, nuevas experiencias”.

El mensaje es simple: hay que estimular y mantener vivas las conexiones sociales y, en lo posible, ampliarlas. No encerrarse. No mirarse el ombligo. Abrirse, con disciplina, a nuevas personas, nuevas ideas, nuevas formas de pensar, nuevas experiencias. No porque eso traiga suerte —aunque en cierta medida la trae— sino porque eso, literalmente, alarga la fortuna de una larga vida.

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