
La ansiedad y el miedo son emociones políticas tan eficaces como conservadoras, y por eso la derecha acude a ellas con frecuencia. Lo ha hecho desde siempre, y quienes defienden el patriarcado, el racismo, el clasismo y la aporofobia acuden a la idea de una autoridad que sea capaz de conducirnos con pragmatismo —así sea aniquilando al antagonista— hacia la ilusión de la victoria militar o empresarial. El miedo es una táctica de élite para gobernar las resistencias del campo social, dice Corey Robin en su libro El miedo: historia de una idea política (FCE). Su lógica es la de oponer de manera bipolar la idea de amigos/enemigos o bien/mal.
Esa es la estrategia que, una vez más, usa la ultraderecha colombiana en estas elecciones tras la violencia desencadenada en plenos comicios por grupos que ya no pertenecen a la vieja idea de insurgencias disidentes sino a bandas articuladas y financiadas por las juntas del narcotráfico globales. La ha repetido siempre cuando se abren horizontes de igualdad y mayor democracia para una república que reclaman como propia. Dice Judith Shklar que el poderoso no usa el terror para mantener la distancia con los demás, sino que usa la desigualdad para infundir el terror; es, sin duda, un instrumento de dominación de los grupos privilegiados sobre los relegados. El poderoso quiere mantener el orden en el campo de batalla o en el mercado. No cree en la igualdad porque le resulta inconveniente para imponer su lógica, según la cual, en el mundo deben prevalecer los más fuertes.
“O nos unimos o morimos. Unirnos entre distintos es necesario porque vamos a perder el país”, ha dicho Tomás Uribe, el hijo del expresidente Álvaro Uribe, quien ya fue anunciado por Paloma Valencia como ministro de Defensa, de resultar elegida presidenta. Uribe hijo ha salido a los medios de comunicación este lunes para azuzar una absurda hecatombe comunista si Iván Cepeda gana las elecciones en primera vuelta este 31 de mayo. El padre ha enviado al hijo para esta misión de manera evidente. Las emisoras más escuchadas del país han acudido a su llamado: ¿por qué de la noche a la mañana, una vez publicada la encuesta de Invamer, que muestra una intención de voto por Cepeda del 44 por ciento, la voz de Uribe hijo aparece en todas ellas para decirle al país una noticia que, según una periodista, “es una de las noticias más esperadas de la última década”?
Desde la semana pasada se ha desencadenado una ola de terror en el Cauca y en el Valle con dos objetivos claros: señalar una amenaza plausible —los grupos armados organizados— de los clanes, mordiscos, disidencias, entre otros, que han aumentado y escalan los niveles de violencia contra la población, asesinando a personas inocentes y bombardeando la vía Panamericana; y la otra, la reorganización de un bloque de élite que Álvaro Uribe había trazado hace unos meses con la frase: “De Abelardo hasta Fajardo”. La frase ha sido vuelta a traer por la voz del hijo que encarna al padre, en una decisión para organizar un nuevo pacto de clase que coquetea con volver a unir lo que parecía imposible.
Uribe hijo ha sugerido, programa tras programa, desde las seis de la mañana hasta el mediodía, en una planeada serie de intervenciones, pactadas quizá desde la noche anterior, que hay que hacer lo imposible para que no siga esta mórbida pesadilla petrista en la cual monstruos indeseables y corruptos irredentos, aliados del narcotráfico, han desnudado su poder y hecho imposible la libertad con la cual dominaban instituciones y el gasto público a su antojo.
La periodista que lo entrevista a mediodía intenta ayudarle ante los evidentes ataques que se regalaron tigres y palomos en las redes sociales durante todo el fin de semana, confesando sus relaciones peligrosas y exabruptos, diciéndole que si no le parece que esto es lo mismo que pasó en Venezuela en 1997, cuando Acción Democrática y Copei se dividieron y le abrieron el camino a Hugo Chávez Frías. “Claro, por eso estoy invitando a una competencia leal, una competencia donde las diferencias se tramiten por encima de la mesa y no se paguen influenciadores. Entonces tenemos que unirnos, tenemos que competir lealmente, tenemos que guardar las emociones, metérnoslas (sic), para que prime la racionalidad”.
Como quien no quiere la cosa, la entrevista le abre camino a la noticia: “Otra de las críticas que ha tenido la campaña de Paloma Valencia, incluso de los abelardistas, y de muchos que son de derecha, tiene qué ver con su fórmula vicepresidencial Juan Daniel Oviedo, y en ese sentido quiero preguntarle por qué usted ha hecho una férrea defensa a esa presencia, y habla incluso de sumar petristas que vayan a votar por ella. ¿Cómo es que terminan ustedes abriéndose a petristas, e incluso santistas?”. Y responde Uribe hijo: “No, santistas hay en todos lados, la campaña de De la Espriella está llena de santistas, pero eso no importa, esas ya son divisiones del pasado, lo que importa acá es petrismo contra oposición”.
El mensaje ha sido entregado. El hijo, como otros hijos de seres éticos y dignos que se opusieron al narcotráfico y su poder corruptor de la política, como el de Rodrigo Lara Bonilla y los de Luis Carlos Galán, han claudicado: hoy saben que todo se trata de un viejo pacto de clases. Y que ya no importa seguir pensando en el pasado, así les toque asumir que, en efecto, han quedado del lado de quienes han sido profundamente cuestionados, condenados en primera instancia, vinculados por investigaciones periodísticas a ser parte de una cultura que nos subsumió en una decadencia moral cuando se aceptó que plata era plata, y lo demás, como dicen los funcionarios tecnócratas que abrazan el neoliberalismo, “retórica y carreta”. Por ese camino, los hijos de mi generación, desde el duque en sus dominios hasta Paloma Valencia, vuelven a intentar el tablero que varias veces ha sido organizado en Colombia a través de repartir poder entre iguales: los demás, por supuesto, no lo somos. “En esa oposición tenemos que sumar a todas las voces que estén preocupadas por un gobierno abiertamente comunista que es lo que viene con Iván Cepeda, abiertamente ‘pronarcotráfico’, que abandonó la seguridad, que acabó con el sistema de salud, que está quebrando al Estado colombiano; eso nos tiene que unir, y que los agravios del pasado nos los guardemos y construyamos juntos, unidos como oposición”.
“Pero usted acaba de decir que esas son cosas del pasado. ¿Puede haber la posibilidad de que su papá, el expresidente Álvaro Uribe, se siente a hablar con el expresidente Juan Manuel Santos que es la principal división que hemos tenido y que inició la gran polarización que estamos viviendo y que es la gran foto que se ha querido ver desde hace mucho tiempo: dándose la mano su papá con el expresidente Santos?”, pregunta la periodista, con alborozo. “No —dice Tomás Uribe— y yo sería el primero en pensar que no lo hiciera y en querer que no lo vaya a hacer; Santos le causó demasiado daño al país, pero no me quiero meter en eso. Santos ya fue presidente hace ocho años, y ahora las decisiones que nos importan son oposición versus continuismo: tenemos que sumar todos los que podamos”.
Esa es la claridad que deberían tener quienes aún parecen tener dudas sobre qué representan los dos modelos de país que se enfrentan en estas elecciones, quienes defendimos y seguimos defendiendo el Acuerdo de 2016 —como lo hace Iván Cepeda, quien se ha comprometido públicamente a implementarlo por completo—. Uno, que es capaz de sobreponerse a sus guerras fratricidas entre facciones políticas —la Violencia, por solo nombrar una de ellas— por seguir prevaleciendo sobre los demás, que considera que todo es negociable entre pares e iguales de clase, hasta renunciar a su enemistad por haber firmado un pacto de paz con quien llamaron FarcSantos para imponer, a punta de miedo y ansiedad, el enemigo interno como mecanismo de dominación.
Y el otro que insiste en el diálogo, en un acuerdo nacional, en la distribución justa de las riquezas, ante la ominosa desigualdad que vivimos, en la reforma agraria; en la lucha contra el hambre, en la educación pública y gratuita, en la salud como bien común y no como negocio: en superar la crisis de la salud, en hacer pedagogía sobre el cambio climático, entre muchas otras ideas. Esa voz encarnada en Cepeda, y muchas que estamos dispuestas y dispuestos a responder por ella, que dice sin ambages que su lucha es contra la corrupción, el neoliberalismo y el estado calamitoso de un mundo que nos promete aquello que el sociólogo italiano Giuliano da Empoli ha llamado “la era de los depredadores” —tigres o palomas, qué más da—, que ya no tienen ganas de “hacer una gestión competente de lo que existe, sino de cargárselo todo”, será frontal y sin concesiones. El miedo devora el alma, como el padre devora al hijo cuando el hijo abraza su legado, como el de la pérdida.
Lea los comentarios











