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Maurice Armitage
Puntos de vista

El valor de la decencia

A Leslie Armitage, mi padre, sí que le tocó sufrir en carne propia el horror de la violencia. Él fue un soldado inglés que por cuatro largos años combatió en la Primera Guerra Mundial y luego estuvo convaleciente un año más, recuperándose en un hospital ruso durante un fuerte invierno, porque le hirieron la pierna derecha y tuvieron que implantarle una platina en la rodilla para que volviera a caminar.

Cuando por fin lo dieron de alta, tomó la decisión de buscar nuevos rumbos y viajó a Colombia con el fin de comenzar una nueva vida. Entonces desembarcó en Buenaventura, conoció a mi madre en Palmira y formaron su hogar en Cali. Con los años entendí que no es que él fuera un hombre de pocas palabras sino que tenía depresiones por los rezagos de la guerra. Sin embargo, nada de lo que le tocó vivir le impidió inculcarme el valor más importante: la decencia.

La misma decencia que está escaseando en esta contienda electoral. Los primeros que deberían estar a la altura de las circunstancias son algunos candidatos presidenciales, quienes en vez de atacar a la prensa y a sus contendores, tendrían que comprometerse a no fomentar la rabia, el odio y la mentira, ya que lo que más se necesita es serenidad. Pero prefieren las agresiones a la tolerancia, pues en el fondo no están pensando en el país sino en el poder. Y eso es peligrosísimo.

Colombia ha sufrido la violencia como pocos países en el mundo. A eso hay que sumarle que los colombianos sabemos hacernos daño por culpa de esa herencia. Entonces sería muy triste que se produjera otro enfrentamiento social por nuestra incapacidad de convivir con ideologías contrarias a las que tenemos.

Varios países cercanos han demostrado que se pueden tener elecciones razonablemente civilizadas y en paz. México y Chile son dos ejemplos concretos. En el primero gobierna la izquierda y en el segundo, la derecha. Han tenido transiciones democráticas sanas y sus habitantes no viven enfrentados como lo estamos aquí, al punto que lo que debería ser una lucha de ideas está convirtiéndose en una guerra de clases y extremos, como ya ocurrió en el estallido social.

Colombia necesita tranquilidad tanto en las calles, como en los programas de radio y televisión y las redes sociales. No podemos permitir que se incendie el país de nuevo. Qué bueno sería que algunos líderes de opinión también reflexionaran sobre el papel que tienen ante la opinión pública. Ojalá entendieran que no son jueces y que el país cambió. Y que no hay que promover enfrentamientos entre los que quieren mantener el poder y los que quieren recuperarlo. Porque por encima de lo que representan Petro y Uribe, debemos estar los colombianos que aún creemos en la decencia, el valor más importante que me enseñó mi padre, un soldado inglés que a principios del siglo pasado escogió a Colombia para rehacer su vida.

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