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David Colmenares
Puntos de vista

Eremisión

A la Real Academia Española:

hay palabras que llegan tarde al diccionario.

Eremisión es una de ellas.

Hay palabras que no son oficiales, pero existen.

No porque las haya aprobado una academia, sino porque las aprobó la vida.

Eremisión nombra algo real: ese retiro silencioso de lugares, códigos, vínculos o versiones de uno mismo de los que uno ya no puede participar sin traicionarse.

No es huida.

No es desprecio.

No siempre es ruptura.

A veces es, simplemente, supervivencia.

Hace unos días viví una situación incómoda. Una persona se comportaba de una manera que hoy, para mí, resulta objetable. Cuando advirtió mi molestia, me lanzó una pregunta que me desacomodó más de lo que quisiera admitir:

“¿Y ahora le molestan estas cosas?”

No recuerdo si fueron exactamente esas palabras. Pero fueron lo bastante parecidas como para abrir una puerta que conozco muy bien. Una de esas que en recuperación uno aprende a cerrar todos los días.

Porque no hablaban solo de ese momento.

Hablaban de quién fui.

De golpe me vinieron memorias de comportamientos que en el pasado no solo toleré, sino que incluso celebré. Gestos. Chistes. Formas de relacionarse que en ciertos ambientes se naturalizan hasta parecer normales. No hablo de grandes atrocidades ni de inflar una confesión para quedar bien. Hablo de esas pequeñas deformaciones del carácter que uno aprende a aplaudir cuando todavía no se ha hecho ciertas preguntas de fondo.

Y entonces apareció el látigo.

Ese que los adictos en recuperación conocemos bien: la culpa y el resentimiento. 

Esta vez, ambos contra mí.

Cómo hice eso.

Cómo me reí de eso.

Cómo pude haber sido esa persona.

Con el tiempo he entendido algo que antes confundía: la culpa no transforma. La culpa inmoviliza. La responsabilidad, en cambio, sí. La responsabilidad no castiga. Orienta.

Por eso guardé el látigo.

No porque no hubiera responsabilidad. Sí la hay.

No porque el pasado no importe. Importa mucho.

Pero no para quedarme ahí.

El pasado importa para entender de dónde vengo…

y para no volver.

Tal vez por eso la oración de la serenidad no habla de borrar el pasado.

Habla de aceptarlo.

No para absolverlo,

sino para no seguir viviendo ahí.

Porque al final, esto no se resuelve en teoría.

Se resuelve así:

solo por hoy.

Hay una violencia silenciosa en descubrir que cosas que antes celebré, toleré o dejé hacer —y otras que permití que me hicieran— hoy me duelen. Porque esa revelación no solo me enfrenta con lo que fui.
También me muestra algo más incómodo.

Que hubo un tiempo en el que no supe cuidarme.

Y eso duele distinto.

Duele porque no se puede corregir hacia atrás.

Duele porque no se puede explicar del todo.

Duele porque obliga a aceptar que no siempre estuve donde creía estar.

A veces no dejé hacer por bondad.

Dejé hacer por culpa.

Y la culpa, cuando no se trabaja, no solo pesa.

Desordena.

Confunde.

Y termina alejándolo a uno de sí mismo.

Creo que ahí vive la eremisión.

En ese territorio incierto en el que uno ya sabe que no puede seguir perteneciendo del todo a ciertas formas de estar, a ciertas versiones de sí mismo, pero todavía no encuentra del todo el lugar al que pertenece ahora.

Lo incómodo de todo esto es que no habla de otros.

Habla de mí.

De las versiones de mí que existieron ahí. De las versiones de mí que, por no incomodar, por no ver, o simplemente por no saber, participaron de cosas que hoy ya no puedo sostener.

No necesito negar que esas versiones fueron mías.

Pero tampoco puedo seguir viviéndolas.

Eso, para mí, es la eremisión.

No el acto de borrar el pasado.

Ni de declararme inocente.

Ni de romper con rabia.

El acto —mucho más difícil— de aceptar que hubo una versión de mí que fue real, que incluso pudo haber sido funcional en su momento, pero de la que hoy me tengo que retirar para no perderme.

Tal vez madurar sea eso.

No convertirse en alguien puro.

Sino dejar de defender versiones de uno mismo en las que ya no se puede vivir.

Sé que ya no soy eso.

Sé que me tengo que ir de ahí.

Sé que mi vida está aquí.

Pero todavía no siempre sé dónde es aquí.

Ni exactamente hacia dónde voy.

Y eso también duele.

Pero es un dolor distinto.

Más limpio.

Más honesto.

Solo por hoy,

no saber todavía quién soy

es la única forma en la que puedo dejar de ser quien ya no soy.

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