Ir al contenido principal
David Colmenares
Puntos de vista

Mi Colombia bella: el estándar que dejamos caer

Esta es la primera de una serie de columnas de aquí a la primera vuelta.

No para hablar de nombres. Ni de partidos.

Para hablar de lo que sí importa:

de la Colombia que vale la pena cuidar… y de lo que no podemos seguir dejando pasar.

Porque hay países que se explican… y otros que se sienten. Colombia es de los segundos.

Y cuando un país se siente… también se deja de cuestionar.

Y ahí es donde empieza el riesgo de verdad.

No es solo que nos acostumbramos.

Es que volvimos cotidiano lo que nunca debió serlo.

Recuerdo una crónica de un periodista estadounidense en el Valle del Cauca en los noventa.

Una joven lo abordó. Le molestaba la imagen que sus artículos proyectaban del país.

Tiempo después, le contó algo.

Que esquiaba.

Y que, cuando los cuerpos bajaban por el río, había aprendido a esquivarlos.

Lo decía sin rabia.

Como quien describe una técnica.  

Ahí no está la historia de la violencia.

Esa ya la conocemos.

Ahí está el problema.  

Nos duele la imagen que proyectamos…

pero aprendimos a convivir con la realidad que la produce.

Crecimos en un país que parece escrito por Gabriel Garcia Marquez… pero que a veces se vive como si lo hubiera imaginado Franz Kafka.

Aquí convive todo.

Lo extraordinario… y lo inaceptable.

Lo admirable… y lo abominable.

Y con el tiempo, deja de sorprender.

Lo increíble se vuelve normal.

Y lo absurdo… también.

Porque un país no se pierde de un día para otro.

Se va perdiendo cuando dejamos de exigir.

Colombia no es solo eso.

Pero tampoco es menos que eso.

Hay países que construyen riqueza.

Nosotros ya la tenemos.

En la gente.

En los recursos.

En la capacidad de levantarnos.

En la forma —casi absurda— de seguir intentando.

Pero tenerlo no es suficiente.

La riqueza no alcanza.

La belleza tampoco.

Sin instituciones, se diluyen y se deterioran.

Sin reglas, se distorsionan y se pierden.

Sin exigencia, se concentran… o se vuelven paisaje.

Por eso esta columna no es sobre política.

Es sobre responsabilidad.

Porque cada vez que el país vota, no solo elige a alguien.

Define qué estamos dispuestos a tolerar.

Define si la honestidad es negociable.

Si las instituciones se respetan… o se acomodan.

Si hacer bien las cosas es la regla… o la excepción que aplaudimos como si fuera heroica.

Pero hay algo más incómodo.

No solo elegimos mal a veces.

También elegimos mal lo que justificamos.

Justificamos al que “al menos hace”.

Al que “no es tan grave”.

Al que “podría ser peor”.

Al que “no roba tanto”.

Y en ese estándar bajo —disfrazado de realismo— es donde el país se empieza a torcer.

Porque un país no se daña solo por lo que hacen unos pocos.

Se daña por lo que decidimos dejar pasar.

Nos hemos vuelto expertos en adaptarnos.

En explicar lo inexplicable.

En justificar lo que antes no habríamos tolerado.

Y lo más peligroso es que ya ni siquiera nos sorprende.

Ahí es donde perdemos.

No cuando las cosas pasan.

Sino cuando dejan de indignarnos.

Por eso, de aquí a la primera vuelta:

No voy a hablar de nombres.

Ni de partidos.

Ni desde la rabia.

Voy a hablar de lo que sí importa.

De lo que vale la pena cuidar.

Y de lo que ya no deberíamos estar dispuestos a tolerar.

Porque participar también es cuidar.

No para entregar un cheque en blanco.

Sino para recordar —desde el primer día— que este país merece más verdad, más respeto y más seriedad.

Más que escoger un nombre, tenemos que escoger un estándar.

Y tener el carácter de sostenerlo… incluso después de las elecciones.

Porque lo que bajamos una vez… rara vez vuelve a subir.

Finalización del artículo

Lea los comentarios

Artículo exclusivo para suscriptores

Suscriptores

Compartir artículo en redes sociales