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David Colmenares
Puntos de vista

Mi Colombia bella: la seriedad también es esperanza

Hay una palabra que usamos poco porque suena aburrida.

Seriedad.

No la seriedad de la cara larga.
No la solemnidad vacía.
No la del discurso lleno de cifras que nadie recuerda.
No la que se usa para marcar distancia.

La seriedad de cumplir.

De hacer lo que se promete.
De medir lo que se hace.
De respetar las reglas incluso cuando incomodan.
De no confundir entusiasmo con capacidad.

En estos días de campaña, todo suena grande.

Cambio.
Seguridad.
Salud.
Pensiones.
Prosperidad.
Justicia.
Futuro.

Y todas esas palabras importan.

Pero un país no se arregla con palabras grandes.

Se arregla cuando quien aspira a gobernarlo entiende que el poder no es un escenario, sino una responsabilidad diaria.

Y cuando quienes votamos no celebramos menos que eso.

La primera columna de esta serie hablaba del estándar que dejamos caer.

Esta trata de lo que pasa después.

Porque cuando bajamos el estándar, no solo se deteriora la conversación pública.

Se deteriora algo más grave.

La confianza.

Y sin confianza, nada funciona.

No funciona una relación.
No funciona una familia.
No funciona una empresa.
No funciona una institución.
No funciona un país.

Colombia no tiene un problema de falta de potencial.

Tiene demasiado potencial.

Ese es, justamente, parte del drama.

Porque llevamos años hablando de lo que podríamos ser.

Del talento que tenemos.
De la riqueza que nos rodea.
De la creatividad de nuestra gente.
De la belleza de nuestros territorios.
De la capacidad —casi absurda— de levantarnos después de cada golpe.

Todo eso es cierto.

Pero no basta.

El potencial no educa a un niño.

No resuelve una cita médica.
No entrega agua potable.
No protege al tendero.
No formaliza un empleo.
No baja la inflación.
No hace justicia a tiempo.

El potencial, sin seriedad, se vuelve consuelo.

Y Colombia merece más que consolarse con lo que podría ser.

Hay diagnósticos de sobra.

Nos falta convertirlos en decisiones.

No nos falta saber qué duele.
Nos falta hacer algo sostenido con eso.

Y ahí está una de nuestras grandes trampas: creemos que entender un problema es casi resolverlo.

Pero no.

Saber no es ejecutar.

Y prometer no es gobernar.

Gobernar es decidir.

Es priorizar.
Es decir que no, muchas más veces de las que se dice que sí.
Es poner fechas.
Es cuidar los recursos.
Es respetar las instituciones que no aplauden.
Es sostener una decisión cuando deja de ser popular.

Gobernar no es ganar una discusión.

No es repartir favores.
No es administrar aplausos.
No es convertir cada diferencia en una guerra.

Es responder por los resultados.

Por eso la seriedad también es esperanza.

Porque la esperanza sin seriedad se vuelve consigna.

Y las consignas emocionan.

Pero no construyen.

La seriedad no le quita alegría a un país.

Le quita improvisación.

Un país serio es un país donde la gente puede confiar.

Confiar en que las reglas no cambian según el ánimo del día.
Confiar en que lo que debe hacerse se hace, incluso cuando las encuestas no ayudan.
Confiar en que el esfuerzo vale.
Confiar en que una institución no depende del temperamento de quien la ocupa.
Confiar en que el Estado no improvisa con la vida de la gente.

Eso es profundamente humano.

A veces hablamos de productividad como si fuera una palabra fría.

Pero en el fondo estamos hablando de tiempo.

El tiempo de una persona que no puede trabajar porque no tiene quién cuide a sus hijos.
El tiempo de un joven que estudia, pero no encuentra una oportunidad real.
El tiempo de una empresaria que quiere crecer, pero se enreda en trámites imposibles.
El tiempo de un país que siempre está a punto de ser… pero no termina de ser.

Funcionar bien no es correr más rápido.

Es dejar de tropezarnos con nuestras propias excusas.

Y aquí aparece otra incomodidad.

No todo se resuelve con buenas intenciones.

Muchas veces las buenas intenciones mal ejecutadas terminan haciendo daño.

Una política pública sin evidencia puede sonar compasiva y terminar siendo injusta.
Una promesa sin financiación puede sonar generosa y terminar golpeando a los más vulnerables.
Una reforma sin capacidad de ejecución puede sonar transformadora y terminar aumentando el desorden.
Una decisión excepcional, tomada sin suficiente deliberación, puede venderse como urgencia… y terminar debilitando las reglas que protegen a todos.

Por eso la seriedad importa.

Porque pone límites.

Y los límites también cuidan.

Cuidar un país no es usarlo como laboratorio de vanidades.

No es tratar sus instituciones como botín.
No es destruir lo que funciona solo para demostrar poder.
No es cambiar certezas por incertidumbres innecesarias.
No es usar mecanismos excepcionales como reemplazo de la conversación democrática.
No es confundir mandato con desquite.
No es prometer lo que no se puede cumplir solo para ganar aplausos.

Eso no es moderación tibia.

Es responsabilidad.

A pocas semanas de votar, tal vez deberíamos hacer preguntas menos teatrales y más difíciles.

No solo quién habla más duro.
No solo quién emociona más.
No solo quién confirma mejor nuestras rabias.

Sino quién parece capaz de cumplir.

Quién entiende los límites.
Quién respeta las instituciones.
Quién sabe rodearse.
Quién puede ejecutar sin atropellar.
Quién tiene el carácter de decir verdades incómodas antes de vender soluciones fáciles.

Porque la próxima Presidencia no va a recibir un país simple.

Va a recibir un país cansado.
Un país desconfiado.
Un país con belleza inmensa y problemas urgentes.
Un país que necesita menos espectáculo y más oficio.

Y el oficio no se improvisa.

Se demuestra.

En la forma de decidir.
En la forma de escuchar.
En la forma de corregir.
En la forma de cumplir.

En el fondo, esto es respeto.

Respeto por el tiempo de la gente.
Por los recursos públicos.
Por la verdad.
Por las instituciones.
Por quienes no pueden esperar otros cuatro años a que el país siga aprendiendo tarde lo que ya debería hacer bien.

La seriedad también es una forma de amor.

Tal vez una de las más difíciles.

Porque no siempre emociona.
No siempre grita.
No siempre gana titulares.

Pero sostiene.

Y Colombia necesita eso.

Que la sostengamos.

De aquí a la primera vuelta, no deberíamos celebrar que los candidatos nos prometan un país perfecto.

Deberíamos pedirles algo más difícil.

Un país que cumpla.

Que cuide lo que funciona.
Que corrija lo que está roto.
Que no confunda velocidad con improvisación.
Que no confunda firmeza con abuso.
Que no confunda empatía con desorden.
Que no confunda esperanza con excusa.

Mi Colombia bella no necesita más discursos sobre su potencial.

Necesita que la tomemos en serio.

Porque un país no avanza solo por lo que sueña.

Avanza por lo que es capaz de cumplir.

Esta vez, más que dejarnos impresionar por una promesa, tenemos que exigir una forma de gobernar.

Seria.
Honesta.
Medible.
Respetuosa de las instituciones.

Porque la esperanza no puede seguir siendo una excusa para bajar el estándar.

La esperanza también tiene que cumplir.

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