
Yo nunca he sido rezandero ni voy a misa los domingos. Supongo que por eso es que tanta gente me pregunta si soy creyente. Incluso Wikipedia me clasifica como ateo. Pero eso no es verdad. Lo que pasa es que yo tengo una concepción muy distinta de la religión. Para mí, Dios no es fanatismo; Dios es el comportamiento de uno. Dios es actuar. Justamente lo que Cristo vino a enseñarnos: a ser buenas personas.
Y ser buena persona tiene mucha relevancia en un país como el nuestro, donde la desigualdad es rampante y hay pocas oportunidades de salir adelante. Por eso el primer paso para serlo es entender que uno viene a este mundo a ayudar al otro. Desde el punto de vista empresarial esto significa trabajar duro para que a los empleados les vaya bien, dándoles todas las oportunidades que necesitan para progresar. El día en que todos los empresarios —sean pequeños, medianos o grandes— pensemos así, Colombia cambia porque cambia.
En los procesos de selección, por ejemplo, yo siempre insisto en que la prioridad debe ser contratar personas con calidad humana por encima de aquellas que solamente tienen buenas capacidades técnicas. Esto se debe a que el mundo está plagado de gente que sabe mucho pero que le falta un ingrediente fundamental: la humanidad. La diferencia es que mientras las habilidades se pueden aprender, los buenos seres humanos son bien difíciles de conseguir. Pero si uno se rodea de buenas personas, le saca más provecho a la vida y le va mejor. Y a la vuelta de unos años, cuando su empresa esté creciendo, no solo disfrutará el éxito económico; le garantizo que disfrutará mucho más, desde el punto de vista humano, al ver que con usted, la gente también puede progresar.
El segundo paso es tratar a la gente con respeto y amabilidad. Nunca sabremos cómo se sienten realmente las personas con las que nos relacionamos todos los días: si están pasando por un mal momento anímico o tienen afugias económicas. Pero el solo hecho de tratarlas con dignidad, escucharlas con atención, mirarlas a los ojos y darles una voz de aliento, puede que no solucione sus problemas, pero se llenarán de una confianza total para afrontar su situación de una mejor manera. Y si puede ayudar, hágalo. Le aseguro que será feliz.
Y el tercer paso que considero importantísimo para intentar ser buena persona es tener la capacidad de ponerse en los zapatos del otro. Eso es algo que incomoda y mucho, porque no hay nada que talle más que entender y sentir la realidad de otra persona. Pero también esa es la mejor manera que conozco para tomar decisiones justas. Éstas, por lo general, no son las más fáciles, pero siempre serán las más correctas. Lo que en últimas demuestra que ser bueno es fácil, pero ser justo es de lo más difícil que hay. Tal y como le sucedió a Cristo, que vino a enseñarnos a ayudar al prójimo, a tratarnos bien y a amarnos los unos a los otros, y terminó siendo crucificado.
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