
El liberalismo económico gobernó ideológicamente parte del mundo durante buena parte del siglo XX. Salvo los bloques comunistas, el sentido común de sus tesis se impuso de manera parcial desde 1945, y de manera casi global desde 1989. La caída del muro de Berlín supuso una especie de triunfo en esas mentes liberales que llegaron al éxtasis con bromas como “¿hacia dónde corrió la gente cuando cayó el muro?”. Y después, con tesis como las promovidas, en 1992, por intelectuales como Francis Fukuyama, un politólogo nacido en Chicago, de padre japonés, educado en Cornell y Harvard, dos universidades de élite de Estados Unidos. Fukuyama fue usado por toda suerte de líderes mundiales o locales —desde Bill Clinton hasta César Gaviria— para decretar el fin de la historia: es decir, si hasta entonces aceptábamos que la historia era un proceso dialéctico que hacía avanzar a la humanidad gracias a la superación de contradicciones, con la caída del bloque soviético la contradicción desaparecía y ahora, en el mundo de entonces, no las había, lo que debía avanzar era la libertad individual que sería regulada por el mercado.
Desde mucho antes del supuesto fin de la historia, Estados Unidos, al resultar como uno de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, había creado un sistema de gobernanza global mediante el cual se creó la ONU, pero, aún más importante, una serie de instituciones para controlar la economía global. Así, en diciembre de 1945 apareció el Fondo Monetario Internacional (FMI), una institución que apoyaron inicialmente 29 países. Además, se creó el Banco Mundial. Y poco a poco, un sistema financiero que impuso al dólar sobre el patrón oro, común hasta los años setenta, y poco a poco, la ‘financiarización’ de nuestras vidas, y el sometimiento a los países colonizados y del sur global, con préstamos, deudas y bloqueos, debido a los cuales han muerto 38 millones de personas en los últimos cuarenta años.
Nuestro país no ha sido ajeno a dicha forma de sometimiento y cuando los ciudadanos de a pie pensamos en la desigualdad, la crisis de la salud, o en la imposibilidad de discutir un nuevo modelo de energía que no vuelva a crear otro capitalismo esta vez de color verde, una y otra vez encontramos la opacidad de teorías económicas que parecen ultra sofisticadas, pero que son eso, teorías, ideas, formas que se impusieron por intereses concretos y que, debido a que la historia no terminó, como era su esperanza, hoy tienen una nueva posibilidad sobre la Tierra.
Desde el sábado hasta el lunes pasado, el Centro de Pensamiento Vida realizó en Bogotá un foro con economistas heterodoxos —no alineados a la teoría del neoliberalismo— que proponen poner en el centro de la economía la palabra vida, para que desde allí podamos iniciar y recuperar una serie de planteamientos serios y heterodoxos que parecen querer evitar a toda costa quienes siguen defendiendo dicho modelo, desde el centro y la derecha colombiana.
La tarea que se han propuesto los creadores de este centro de pensamiento dirigido por Simón Gómez-Azza, aprovechando el movimiento que ha significado esta segunda deriva progresista en América Latina, en la cual Colombia, México, Brasil, y Chile, hasta hace unos meses, han abierto la conversación y el debate sobre dichas ideas que parecían religiosas e indiscutibles, es contestar ese modelo dominante, sabiendo que el principal territorio conceptual es el económico.
Después de Fukuyama, los neoliberales iniciaron el siglo mostrando una serie de resultados que exponían el triunfo del modelo a través de indicadores generales que producían comparaciones exitosas, así la realidad fuera tozuda con las crisis alimentarias, los bloqueos criminales, las intervenciones militares, las privatizaciones de lo público, el crecimiento de la pobreza y el tecno-feudalismo que se impuso en el mundo, ese mundo que parecía dispuesto a todo por creer en la promesa del sueño americano. Diseñadores industriales como el brasileño Diego Ruzzarin explican que estas gráficas encerraban un gran bulo: incluían en sus indicadores a China, un país que sacó de la pobreza a 800 millones de personas en cuarenta años. País que por supuesto era blanco de las críticas por su modelo político, hasta que crearon la idea de que todo aquello era producto, también, del libre mercado.
Durante buena parte de nuestras vidas hemos estado, muchas y muchos de nosotros, alelados ante fórmulas que no nos dicen nada, pero que hacen parecer que las cosas no están tan mal como pensamos. Una de ellas fue expresada por Germán Ávila, hoy ministro de Hacienda de Colombia, quien afirmó que seguimos repitiendo que el país crece, aunque no disminuye —o disminuía hasta este Gobierno— la pobreza. La otra es que cuando se anuncia el crecimiento del producto interno bruto deberíamos preguntarnos por qué no beneficia a todos por igual.
Si escribo esta columna en tono pedagógico, lo hago para explicarme por qué hemos estado conformes con los diagnósticos que siguen haciendo ideólogos neoliberales, que nos explican, con arrogancia, que no entendemos nada y que somos estúpidos, como lo dijo el expresidente Bill Clinton.
Desde hace décadas ha habido en el mundo un pensamiento alternativo que ha sido tomado por radical, y nostálgico de modelos que no persiguen quienes así piensan. Sin embargo, nadie dentro de las y los economistas que escuché estos dos días persigue un modelo ‘estatizador’, ‘prosoviético’, o un regreso al pasado, como proclaman quienes predican pánico sobre el destino de nuestro país. Si el empleo crece, no es suficiente porque producirá crisis colaterales; si el salario es vital, no sirve porque se perderán empleos; si el sistema de salud fracasa, es porque se quiere regresar a los días del Seguro Social.
En este momento de inflexión es necesario entonces cambiar las preguntas para seguir encontrando un camino de crecimiento que represente mayor cantidad de bienestar, para la mayor cantidad de gente. Eso, por supuesto, no se logra diciendo que se dejará de pagar el SOAT, o que los más tienen deben pagar menos impuestos, maquillando la idea de que la baja de impuestos es para las pequeñas y medianas empresas que han sufrido en este Gobierno. Se logra preguntándonos no cuánto, sino cómo y para quiénes. Una economía para la vida, señalaron expertos de India, Brasil, Estados Unidos, Colombia, Chile, Argentina y Japón, debe lidiar con contradicciones tan profundas como las que existen entre el sistema capitalista y la extinción de la naturaleza; una soberanía económica en un mundo globalizado; un modelo que piense que, como ya se ha venido implementando estos cuatro años en el país, deje de creer —la palabra es _creer_— que la justicia social se consigue repartiendo miseria.
¿Es posible todo esto dentro de los límites del capitalismo?, se preguntó el filósofo Kohei Saito, autor de El capital en la era del Antropoceno, quien afirma que, si no nos planteamos en serio la forma de poner el decrecimiento como idea principal en las discusiones económicas, las crisis aumentaran considerablemente. Esta idea, que ha sido burlada por los ortodoxos colombianos cuando la planteó la hoy ministra de Medio Ambiente, Irene Vélez, en su primer mandato como ministra de Minas y Energía, hace parte de esas otras que están planteadas en esta noche que no termina aún, y el día que no acaba de llegar.
Esta noche en la que han aparecido todos los monstruos y el mal se hace presente no sólo en el genocidio perpetrado por Israel en Palestina, sino en nuestro propio país, en el cual seguimos creyendo que somos excepcionales para lo peor y merecemos ser destripados: seguir extrayendo todo del subsuelo porque nuestro destino es seguir siendo colonia, y no merecemos soñar con producir conocimiento, ciencia, alimentos, turismo e industria, como en algún momento de nuestras vidas lo hicimos.
Hay una comunidad global que poco a poco se organiza y entiende que la economía debe ser solidaria, que la democracia liberal no es el camino a imaginar, así haya tenido ideas interesantes y supusiera la superación de un sistema esclavista como el feudal, pues una crisis existencial, civilizatoria, climática y temporal, atrapada en un ethos narcoliberalista digital y autoritario, según la definición del exministro ecuatoriano René Ramírez, no se soluciona con seguir en la ley de la selva o del mercado desregulado, una ley según el lugar común del norte global y sus relatos. Una ley en la que impera el más fuerte e impone sus reglas en contra de todos los acuerdos, como lo hace el Gobierno de Estados Unidos. Una ley que nos llama estúpidos porque osamos preguntar: “¿Es solo esa economía, señor Fukuyama?”.
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